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Los colores de Andrea Bloise en la calle Postas

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Entrar en el Bonavía de la calle Postas es, en estos días, adentrarse inesperadamente en una fábrica de colores que escapan de la paleta de Andrea Bloise para irse a vivir a sus cuadros. Contemplar la obra de esta artista nacida en Buenos Aires y afincada desde hace años en Aranjuez permite soñar con un paraíso recuperado. Un edén del que aún no hemos sido expulsados, algo así como un verano interminable de infancia.

En la pintura de Andrea Bloise algunos críticos han señalado influencias relevantes: Xul Solar, Maruja Mallo, Magritte. Con Xul Solar (aquél extravagante amigo de Borges, constructor de ciudades imaginarias y artefactos voladores) puede emparentarla el gusto por la fantasía juguetona; con Maruja Mallo (la indómita surrealista gallega que terminó sus días en el exilio mexicano), la libertad expresiva fuera de todo corsé académico; y con Magritte, esa particularidad única (que también poseen los niños) de descubrir en lo más cercano, en lo más cotidiano, maravillas insospechadas, costados mágicos.

Pero, más allá de todas estas destacadas influencias, Andrea Bloise, es poseedora de un mundo absolutamente personal en el cual el color se expresa, en sus gamas más puras,  para reivindicar la alegría. Disfrutando de esta exposición de Andrea Bloise recordé unos versos que dejó escritos Rafael Alberti en «A la pintura»: «Hay paletas celestes como alas/ descendidas del blanco de las nubes»


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