El título de Amotinado Mayor 2013 ha recaído en las víctimas del terrorismo -se supone que etarra e islamista radical- y será recogido, por decisión manu militari de la alcaldesa Martínez, por la AVT. Su condición de asociación decana y mayoritaria ha sido suficiente para el Gobierno municipal. Sin embargo, no han reparado en que esta asociación no solo no representa a todas las víctimas del terrorismo, sino que está en abierta confrontación con otras muchas asociaciones de la misma naturaleza.
¿Por qué reconocer ahora con este nombramiento a las víctimas del terrorismo? ¿Por qué la elección de la AVT? Muchos, quizás la mayoría, dirán: ‘rendir homenaje a las víctimas del terrorismo no caduca’. Bien, aceptable. Y podrían añadir: ¿dónde se sitúa el “límite temporal” de lo que se debe o no homenajear y reconocer? ¿Quién lo decide? ¿Qué razones hay para apoyarlo o rechazarlo? Igualmente aceptable. ¿Y sobre la AVT, qué? ¿Cuáles son las verdaderas causas –las causas políticas e ideológicas- de su elección? Sabido es que Mª José Martínez y una buena parte de su gobierno pertenecen a la corriente más reaccionaria y ultramontana del PP. Son dignos vástagos políticos de Esperanza Aguirre, de Ignacio González y de lo que ambos representan en su partido. En ese mismo punto del espectro ideológico, dentro del universo de las asociaciones de víctimas del terrorismo, está la asociación elegida.
Pero hay más interrogantes. ¿Se imaginan que alguien osase en estos momentos de inacción terrorista decir que no está de acuerdo con el nombramiento porque ello supondría “reabrir heridas” o que “entorpece la reconciliación entre bandos enfrentados durante tanto tiempo”? Seguro que habría respuestas de todo tipo, pero la más repetida sería la del improperio sumo, con manifestación clara de comerse los hígados del osado. “Reabrir heridas”, “entorpecer la reconciliación”, “bandos”… ¡Qué barbaridades! ¡Traición a las víctimas!
Esas mismas punzadas son las que sentimos quienes estamos hartos de escuchar esos mismos “argumentos” cuando se reclama justicia y reparación para miles de víctimas del terrorismo de estado franquista. Muchas de ellas, aún hoy, no solo no han tenido el reconocimiento merecido, sino que –por una decisión política e ideológica inhumana- siguen condenadas al enterramiento en míseras cunetas. Inimaginable en un régimen auténticamente democrático. ¿Acaso se pueden reabrir heridas que nunca se ha permitido cerrar? ¿Qué diríamos si alguien hablase de “conflicto vasco” y situase en el “mismo plano” al “bando etarra” y al bando de los llamados “demócratas”? Seguramente que lo mismo que decimos quienes históricamente venimos soportando la ignominia de ver equiparados en la categoría de “bandos” al gobierno y a los defensores de un régimen democrático, constitucional, querido por la ciudadanía y salido de las urnas como fue la II República, y al grupo de militares fascistas que acabaron con la primera experiencia democrática española a través del golpe de estado de julio del 36, provocaron la Guerra Civil y nos empujaron al abismo de una dictadura que, en algunos aspectos, aún es reconocible. Una pregunta más, ¿qué diferencia hay, en términos de calidad democrática y cuantificación histórica de la violencia, entre quienes se niegan a condenar el terrorismo de ETA y no reconocen a sus víctimas, y los que se niegan a condenar la barbarie franquista y no reconocen a sus víctimas?
Recientemente hemos asistido, indignados, a la exhibición pública y desafiante por parte de miembros de NNGG y dirigentes del PP de toda clase de simbología franquista y nazi-fascista. Lo que para ellos son “chiquilladas”, para quien esto escribe es la evidencia de la dificultad histórica que la derecha española, sustanciada en el PP, tiene para romper con unos orígenes que se hunden en la larga noche del franquismo.




















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¡Amén! (o mejor, amen)