Diez años han pasado ya desde aquel día que nos congeló las venas. Diez años después, recuerdo con absoluta nitidez los primeros momentos. Salir de la cama disparado, asustado por varias llamadas. Debía estar en Madrid, como muchos otros estudiantes de mi generación, pero aquel trágico 11 de marzo, había huelga en la universidad. La casualidad quiso que no estuviéramos allí. Después de este tiempo, conviene mirar al pasado para no olvidar.
El mayor atentado terrorista de la historia de España se ha querido cerrar en falso. Es más, todos, desde todas las instituciones y desde casi todos los medios, quieren “pasar página”. Terminar con esto, y “vale ya”, como solía decir la famosa fiscal instructora del caso, Olga Sánchez. Estoy seguro, que al término de esta columna, vendrán a la mente de la mayor parte de los lectores las siguientes palabras: “conspiración”, “teoría conspiranoica” o cualquier símil. Lo asumo.
Pero voy a plantear una serie de supuestos y preguntas que aún no tienen respuesta. Y añado: hay un número considerable de víctimas, como Gabriel Moris, que siguen reivindicando su derecho a saber la verdad. Su legítimo interés en conocer quiénes fueron los inspiradores de este acto criminal, cuya consecuencia más trágica, sin duda ninguna, fueron las muertes y el dolor de las víctimas. No fueron las únicas. El 11-M cambió el rumbo de una nación. Las elecciones que se celebraron tres días después tenían un claro ganador: el PP. Nadie dudaba de ello, ni siquiera el que posteriormente fue presidente del Gobierno. Lo que acaeció del 11-M al 14-M fue uno de los episodios más tristes y siniestros de nuestra democracia. Aquellas elecciones jamás debieron celebrarse.
Una sociedad no puede votar con el dolor de 192 inocentes asesinados apenas unas horas antes. Ni tan rápido, ni tan intoxicados. Las maniobras de la izquierda fueron feroces. Las sedes del PP fueron cercadas, señaladas. Aranjuez no fue una excepción. Yo lo viví en primera persona. Por aquel entonces estaba en el PP, cuando era PP. Ahora ni ellos saben lo que son. Se marcó a los militantes, simpatizantes y votantes del PP. “Asesinos”. Ese era el lema. Acompañado de cacerolas. Las personas que representaban a los populares en los colegios, tuvieron que aguantar estoicamente, como más de uno les decía: “esto ha sido por vuestra culpa, por la guerra de Irak”. Quiero creer que fue la tensión del momento y que España, como ciudadanía, ya ha superado eso. Lo que no debería prescribir es la responsabilidad de los políticos. Fue Rubalcaba quien animó entrelíneas a este tipo de comportamientos. Fue Rubalcaba quien no cumplió la legalidad en la jornada de reflexión. Fue él quien sentenció aquello de “España no merece un Gobierno que les mienta”. Lo que no nos merecemos, señor Rubalcaba, es que tipos tan dañinos para la salud democrática como usted, sigan en la vida pública. Además, formando parte de una posición destinada a frenar la investigación del 11-M. Faltan respuestas, por eso queremos saber. Por eso, y por dignidad. ¿Por qué los trenes, la mayor prueba posible, se empezaron a destrozar solo 72 horas después de la masacre?, ¿por qué en lo que ha sido el principal señuelo de la investigación, la mochila de Vallecas, había metralla, mientras que en los cuerpos de las víctimas no?, ¿por qué se inventaron esta prueba?, ¿por qué los medios hacen un vacío a una asociación de víctimas que representa a más de 600, cuando se han querellado en contra de los responsables de la investigación?, ¿dónde están los terroristas suicidas con tres capas de calzoncillos que anunciaba Gabilondo a bombo y platillo?, ¿dónde están?.
Es inmoral tanta ausencia de verdad y tal derroche de mentiras. Falso era el Skoda Fabia, con ADN de los muertos de Leganés, falsos los testigos rumanos. En fin, una mentira. Las víctimas primero, y la sociedad española, en segundo lugar, merecen saber la verdad.
No podemos dar por buena la versión oficial, repleta de falacias y de vacíos. Publicaba un articulista hace unas semanas en The Times que “cuando la autoridad se presenta con la apariencia de organización, muestra un encanto tan fascinador que puede llegar a convertir a las comunidades”.
No dejemos que eso pase. Sigamos diciendo, aunque seamos pocos, dos palabras que encierran un propósito de verdad, dignidad y justicia: “queremos saber”.




















Pasaba por aquí
Perdón, un dedo en mal sitio envió el texto antes de su finalización. Decía que:
Y no me considero tan importante como que por que yo no tenga las respuestas a esas preguntas quiera decir que las que hay, porque creo que las hay, sean mentira.
Sólo reflexiono en voz alta preguntándome qué clase de personas son las que elaboran una teoría en la que el asesinato de 190 personas se justifica con la ambición de ocupar el poder por el grupo político contrario al que ellos se alinean. Eso si que no me cabe en la cabeza y esa es la base de la justificación de su teoría.
No trato de convencerle porque sé que eso es imposible, sólo trato de hacerle ver que existen otras líneas de pensamiento que pueden ser tan legítimas como la suya y puede que con más sentido. Si duda, que lo dudo, pensaré en que este ratito ha tenido su utilidad.