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Romance a la Churrería Veloso

Angel Morato Veloso
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En la jubilación de Angel Morato y el traspaso de tan emblemático establecimiento
  • Félix Noguera Gilabert 

Dicen que Veloso cierra,
y el corazón se me encoge;
porque no cierra una puerta,
se nos va un trozo de Aranjuez,
de sus costumbres, su historia,
de sus mañanas de gloria,
de ese rincón que sabía
a pueblo, a amistad y alegría.

Allí entrábamos hombro a hombro,
espalda con espalda,
y entre el gentío y el bullicio
nadie se sentía extraño.
No había mal olor alguno,
solo aquel aroma bendito
que desprendían los churros
recién hechos, calentitos.

¡Y qué decir de las porras,
esas porras de Veloso!
«Solo una, que es un pecado»,
nos decíamos con decoro.
Pero después de probarla,
¿quién podía resistirse?
Una llevaba a otra
y el pecado… ¡se repetía!

Y allí estaba Ángel,
con su mirada certera,
conociendo a cada uno
como si llevara una lista entera.

«Ahí va Fulanito,
dejadle sitio a Menganito;
que acaba de llegar aquel,
hacedle hueco un poquito».

Ni pedir hacía falta.
Ángel ya sabía qué tomabas.
Antes de abrir la boca,
tu desayuno te esperaba.

Y junto a él, aquella esposa,
gentil, dulce y entrañable,
que dejó un vacío tan grande
que aún parece palpable.
Todo era amor y dulzura,
todo bondad y cariño;
y alrededor, la familia:
la hermana, el hijo, el sobrino…

Unos iban, otros venían,
y entre todos componían
esa pequeña gran familia
que a Veloso daba vida.

Y Ángel, alma de la casa,
con su esposa compartía
una afición muy castiza:
la ilusión de la lotería.
No sé si el premio les llegó,
si alguna vez la suerte quiso
sentarse junto a su mesa
y regalarles un capricho.

Pero, Ángel, yo sí sé
dónde estuvo tu fortuna:
en levantarte cada día,
en tu trabajo y tu ternura;
en amar aquello que hacías,
en servir con alegría,
en conocer a tu gente
y hacerla sentir querida.

Esa fue tu lotería,
ese fue tu gran premio:
la riqueza de los afectos,
el cariño de tu pueblo.

Y ahora, si Veloso cierra,
¿qué será de aquellas mañanas?
¿Dónde iremos los ribereños
a buscar nuestras porras doradas?
¿Quién sabrá, cuando lleguemos,
sin que tengamos que hablar,
qué es aquello que tomamos
y dónde nos debe colocar?

Qué pena, qué tristeza,
qué tradición se nos marcha.
Y yo, que ando ya ausente
de aquella tierra tan amada,
siento que se me escapa
un pedazo de Aranjuez
cada vez que pienso que acaso
no vuelva a tomar café
ni aquel churro de Veloso
que sabía a gloria y a ayer.

¿Qué estamos haciendo, ribereños?
¿Por qué dejamos perder
aquello que nuestros mayores
supieron tan bien defender?

Quizá los años pesan,
quizá las fuerzas menguaron;
pero mientras quede memoria,
que no se pierda lo amado.

Porque un pueblo no es solamente
sus calles ni sus jardines:
es la gente que los llena,
son sus recuerdos y sus fines,
son sus bares y sus plazas,
sus costumbres y sus nombres,
son quienes dieron su vida
para hacer más grande al hombre.

Y por eso, querido José Luis,
a ti te dejo el testigo.
Tú, que sabes poner las cosas
en su lugar y en su sitio,
cronista de lo nuestro,
voz de esta tierra ribereña,
pon el punto y final, si puedes,
a tanta pena y tanta queja.

Que vuelva a despertar Aranjuez,
que vuelva a quererse a sí mismo,
que defendamos lo nuestro
con orgullo y con cariño.

Y si algún día Veloso
vuelve a encender su fogón,
que se escuche por las calles
el rumor de un viejo corazón:

«¡Ángel, ponme lo de siempre!»,

y que él, con aquella sonrisa,
responda desde el mostrador:

«Ya está preparado, amigo.
Aquí tienes tu ración».

Porque mientras haya memoria,
Veloso no morirá;
vivirá en cada ribereño
que una porra vuelva a recordar.

Y yo, desde donde me encuentre,
aunque me encuentre lejos de allí,
brindaré por aquel Veloso
que tantas mañanas me hizo feliz.

¡Qué pena, qué tradición!
¡Qué tristeza, qué alegría!
Porque hay lugares que se cierran,
pero jamás se cierra su historia.

Restaurante El Almirez Aranjuez Bazar Toledo Aranjuez

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