Se veía venir de lejos. Desde que las cabezas pensantes que remodelaron la Plaza de Santiago Rusiñol dejaran al busto del catalán absolutamente desamparado y al albur del transeúnte poco le ha pasado. Anteayer, rodeado de motos o bicis. Ayer con latas de cerveza en sus repisas. Hoy un grafiti. Mañana amanecerá hecho añicos con la barba al cielo ante la desvergüenza de aquellos y la dejadez de los ahora responsables. Vendrán las lamentaciones y el «te lo dije». Al tiempo.
Al final vendrán los llantos






















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