Primer premio – El verde que quedó ciego
El Foro Cívico de Aranjuez ha dado a conocer el acta del fallo del II Certamen Literario «A la luz de Rusiñol», que ha formado parte de las III Jornadas Santiago Rusiñol sobre teatro y literatura.
- 1º «El verde que quedó ciego», de Emanuel Elías Sánchez.
- 2º «La Bohemia no duerme», de Esteban Antonio Jiménez.
- 3º «La lámpara de Cau Ferrat», de José Carlos Vara.
- Accésits: «Jardines otoñales», de Iván Avila y «Vil·lanel·la de un bohemio anónimo», de Elisabet Huguet.
Hoy, el diario MÁS publica el primer premio, «El verde que quedó ciego», de Emanuel Elías Sánchez. El jurado ha valorado el cromático diálogo surgido entre la intuición y la erudición, entre la inocencia y la experiencia, entre el alba y el ocaso de dos vidas que se encuentran, de forma circunstancial, con el paisaje de Aranjuez como un fondo común.
- El verde que quedó ciego
Primer premio – Emanuel Elías Sánchez
La servilleta de damasco guardaba el recuerdo de otras cenas, de otros comensales que jamás supieron que aquella tela -blanca como el mármol de las estatuas dormidas en el Jardín de la Isla- iba a convertirse en el último lienzo de Santiago Rusiñol. Era el doce de junio de 1931, y el crepúsculo caía sobre el Restaurante El Rana Verde con la mansedumbre de quien sabe que el espectáculo no volverá a repetirse. El maestro de los jardines estaba sentado junto a la terraza que daba al Tajo, con el rumor de los surtidores del jardín cercano, y contemplaba el verde del río con los ojos de un ciego.
La morfina había hecho su labor silenciosa. Aquella niebla química -azul como los velos de la Virgen en los retablos de El Greco- le había robado primero el dolor, luego el apetito, y finalmente los colores. Uno a uno, los matices se habían desvanecido: primero los ocres, luego los carmines, después los azules profundos. Pero lo que más le dolía, con un sufrimiento que ninguna jeringa podía aplacar, era la desaparición del verde. El de los cipreses lánguidos, aquel del musgo devorando las escalinatas, el espectral de la luz tamizada por las hojas. Todo se había fundido en un gris uniforme, en una penumbra que ya no era ni siquiera tristeza, sino ausencia.
– ¿Qué ve usted ahí afuera, muchacho? – preguntó Rusiñol al camarero que le servía el vino con una reverencia que delataba su condición humilde.
El joven camarero miró hacia el estanque con extrañeza. Nadie le había preguntado nunca qué veía. Los clientes pedían ancas de rana, vino de la Mancha, y silencio. Pero aquel hombre de barba canosa y mirada febril quería otra cosa.
– Veo el río, señor. Y los árboles.
– No- interrumpió Rusiñol con la voz quebrada-. Dígame qué verde ve. Porque yo ya no puedo verlo.
El camarero titubeó. Sus ojos -sorprendidos, casi infantiles- se posaron en el paisaje como si lo descubrieran por primera vez. Y entonces, con esa poesía involuntaria que nace de la necesidad, comenzó a hablar.
– Hay un verde hambriento, señor, en el musgo de las piedras del puente. Es un verde que come, que se arrastra. Como si tuviera ganas de más.
Rusiñol cerró los ojos. Anotó en la servilleta con tinta violeta: «Verde hambriento».
– Y luego está el verde de las once, don Santiago. Es el que se ve cuando el sol está justo arriba del ciprés grande. Ese verde no dura nada, porque el árbol se mueve con el aire y se lo lleva.
El pintor añadió otra línea. Sus dedos temblaban. No por la debilidad del cuerpo, sino por la urgencia de quien sabe que el tiempo es ya un lujo aristocrático que no puede permitirse.
– Está también el verde que araña, señor. Ese de las hiedras que trepan por la tapia vieja del jardín. Lo llamo así porque cuando paso junto a ellas, me rozan la chaqueta como si quisieran agarrarme.
Rusiñol sintió que algo se quebraba dentro de él. Aquel muchacho analfabeto, que jamás había entrado en el Cau Ferrat ni conocía la diferencia entre Velázquez y una cromolitografía de almacén, estaba pintando con palabras lo que él ya no podía pintar con pinceles. La Religión de la Belleza, pensó, no exigía títulos universitarios. Solo exigía ojos puros y la valentía de nombrar lo invisible.
– Siga, por favor- murmuró.
– Hay un verde dormido, don Santiago, en el agua que no se mueve. Ese que está bajo las hojas caídas, en las pozas donde las ranas esperan. Y hay un verde de fiebre, el que vi una vez en el reflejo del agua cuando tuve calentura y mi madre me llevó al río a refrescarme. Era un verde enfermo, como si el jardín estuviera enfermo conmigo.
La servilleta se iba llenando de nombres imposibles. Una taxonomía mística que ninguna academia reconocería jamás. Rusiñol escribía rápido, como si temiera que el alba -que ya comenzaba a diluir las sombras sobre el Tajo- le arrebatara también las palabras.
– ¿Y qué más? – insistió el pintor.
El camarero miró hacia el horizonte. Y entonces dijo algo que ni él mismo comprendió:
– Está el verde que no vuelve, señor. Ese que usted pintó hace muchos años y que ya no existe. Lo vi una vez en un cuadro suyo. Era un verde que dolía de tan hermoso. Pero cuando salí a buscarlo al jardín, ya no estaba.
Rusiñol dejó caer la pluma. La servilleta estaba cubierta de tinta violeta. Miró al camarero con una gratitud que no podría expresarse en ninguna lengua.
– Guarde esto- le dijo, entregándole la servilleta—. Es lo último que pintaré.
El joven tomó la tela con cuidado. Aquella noche, cuando cerró el restaurante, la dobló y la guardó en el bolsillo de su chaqueta raída. No sabía que estaba salvando el testamento cromático de un hombre que había dedicado su vida a perseguir la luz.
Al día siguiente, trece de junio, Santiago Rusiñol murió en su habitación. Dicen que pidió que le acercaran a la ventana para ver una vez más los cipreses del Jardín de la Isla. Pero la morfina ya había cerrado todas las puertas, incluso la del verde.
Lo que nadie supo nunca es que, en aquella servilleta de damasco blanco, había quedado escrita la última paleta del maestro: un inventario de verdes imposibles que solo un camarero humilde y un pintor ciego pudieron imaginar juntos, en el crepúsculo final de la bohemia.



















Deja una respuesta