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Lectura: Certamen literario ‘A la luz de Rusiñol’

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Segundo premio – La bohemia no duerme

El Foro Cívico de Aranjuez ha dado a conocer el acta del fallo del II Certamen Literario «A la luz de Rusiñol», que ha formado parte de las III Jornadas Santiago Rusiñol sobre teatro y literatura.

  • 1º «El verde que quedó ciego», de Emanuel Elías Sánchez.
  • 2º «La Bohemia no duerme», de Esteban Antonio Jiménez.
  • 3º «La lámpara de Cau Ferrat», de José Carlos Vara.
  • Accésits: «Jardines otoñales», de Iván Avila y «Vil·lanel·la de un bohemio anónimo», de Elisabet Huguet.

Hoy, el diario MÁS publica el segundo premio, «La bohemia no duerme», de Esteban Antonio Jiménez. El jurado ha valorado el acertado análisis de la bohemia como un estado del alma creativa, atemporal, ajena a lugares y espacios concretos, irrepetible y, a la vez, irreductible.

  • La bohemia no duerme

Segundo premio – Esteban Antonio Jiménez

La bohemia no duerme: vela.

Vela en mesas manchadas de vino barato, en habitaciones alquiladas por semanas, en cuadernos donde la tinta tiembla porque la mano también tiembla. No es una fiesta: es una forma de estar cansado del mundo sin dejar de amarlo.

Yo llegué a la bohemia como se llega a un puerto secundario, sin mapas y sin promesas. Me dijeron que allí vivían los artistas, pero nadie me avisó de que también vivía el hambre, ni de que la gloria solía llegar tarde y mal vestida. Aun así, me quedé. Porque había algo más fuerte que la prudencia: una necesidad casi obscena de vivir con intensidad, aunque doliera.

En aquel café —que podría haber sido cualquiera y era todos— se reunían los que no encajaban. Pintores que hablaban como si aún vieran colores cuando cerraban los ojos, poetas que pagaban el café con versos que nadie cobraba, músicos que afinaban su instrumento como quien reza. El humo del tabaco formaba nubes bajas, como si el techo hubiera descendido para escucharnos mejor.

Allí aprendí que la bohemia no es pobreza: es elección. Una elección feroz. Renunciar a la comodidad para defender una verdad interior que no sabe negociar. Algunos lo llamaban locura. Otros, arte. Yo lo llamaba respirar.

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Había un hombre mayor que venía algunas noches. No hablaba mucho. Observaba. Tenía la mirada de quien ya ha visto cómo se rompen los sueños, pero sigue soñando igual. Cuando alguien le preguntó por qué seguía pintando, respondió sin levantar la voz:

– Porque es lo único que no me ha traicionado.

No dijo su nombre. No hacía falta. En su silencio había algo de Santiago Rusiñol: esa dignidad del artista que se aparta del camino recto para caminar por el borde, donde la belleza duele más pero es verdadera. Pensé en los jardines que pintó, en su amor por lo decadente, por lo que se marchita con elegancia. La bohemia también es eso: aprender a mirar lo que se cae sin apartar los ojos.

Vivíamos al día. A veces al minuto. El dinero era una anécdota, el arte una urgencia. Dormíamos poco, discutíamos mucho. Hablábamos de literatura como si nos fuera la vida en ello, porque, de algún modo, nos iba. Había noches en las que creíamos estar cambiando el mundo; mañanas en las que no sabíamos cómo pagar el pan.

Recuerdo una discusión interminable sobre si el arte debía ser bello o sincero. Al final, nadie ganó. Nunca gana nadie en la bohemia. Pero salimos a la calle convencidos de que seguir creando —a pesar de todo— era ya una forma de victoria. Como si cada cuadro, cada poema, cada gesto inútil levantara una barricada invisible contra la mediocridad.

Incluso en la miseria había una extraña alegría. Éramos libres. Terriblemente libres. Nadie esperaba nada de nosotros, y eso nos daba una fuerza salvaje. Como Rusiñol, habíamos comprendido que el éxito social y la fidelidad al arte rara vez caminan juntos. Elegimos el camino estrecho, el que no sale en los retratos oficiales.

La bohemia no es romántica. No siempre. Es fría en invierno, cruel cuando el cuerpo pasa factura, injusta con los que no resisten. Muchos se quedaron por el camino. Otros se vendieron. Algunos, los menos, lograron que su voz sobreviviera al ruido. Pero incluso los que fracasaron —sobre todo ellos— dejaron algo valioso: una manera de vivir sin pedir permiso.

Hoy, cuando paso frente a un café antiguo, creo oír todavía nuestras conversaciones. La risa exagerada, la discusión inútil, el silencio cargado de sentido. La bohemia no murió: se escondió. Cambió de nombre, de ciudad, de estética. Pero sigue siendo ese lugar donde alguien decide que el arte importa más que la tranquilidad.

Quizá la bohemia no sea un tiempo ni un lugar, sino una fidelidad. La de quienes, como Rusiñol, supieron que vivir al margen no es huir, sino resistir. Y que, a veces, la única forma honesta de estar en el mundo es no encajar del todo.

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