Tercer premio – La lámpara de Cau Ferrat
El Foro Cívico de Aranjuez ha dado a conocer el acta del fallo del II Certamen Literario «A la luz de Rusiñol», que ha formado parte de las III Jornadas Santiago Rusiñol sobre teatro y literatura.
- 1º «El verde que quedó ciego», de Emanuel Elías Sánchez.
- 2º «La Bohemia no duerme», de Esteban Antonio Jiménez.
- 3º «La lámpara de Cau Ferrat», de José Carlos Vara.
- Accésits: «Jardines otoñales», de Iván Avila y «Vil·lanel·la de un bohemio anónimo», de Elisabet Huguet.
Hoy, el diario MÁS publica el tercer premio, «La lámpara de Cau Ferrat», de José Carlos Vara. El jurado ha valorado el espíritu crítico, pero generoso con el pasado, que impregna el relato descriptivo de una extinta bohemia, ya impresa como un tópico en nuestra memoria común.
- La lámpara de Cau Ferrat
Tercer premio – José Carlos Vara
Nadie recuerda cuándo empezó la bohemia, pero todos saben cuándo termina: cuando se enciende la última lámpara y ya no hay nadie para mirarla. Yo llegué a Sitges una tarde de invierno, con el mar hecho de plomo y un cuaderno vacío en el bolsillo interior del abrigo. Había venido persiguiendo un rumor antiguo, esa manera de vivir que no cabe en los horarios ni en los sueldos, y que algunos llamaron arte para poder sobrevivir a ella.
El café estaba casi vacío. Dos mesas ocupadas por hombres que discutían en voz baja, como si temieran despertar a los muertos ilustres que aún paseaban por la calle Mayor. Pedí vino barato. El camarero me miró como se mira a los que llegan tarde a una fiesta que terminó hace un siglo.
– Aquí ya no quedan bohemios -dijo, limpiando un vaso-. Solo recuerdos bien enmarcados.
Sonreí. Los recuerdos también beben, pensé. Y escriben.
Esa noche subí hasta Cau Ferrat. No entré como quien visita un museo, sino como quien llama a la puerta de un amigo al que nunca conoció. Dentro olía a hierro viejo, a salitre y a palabras que se quedaron a medio decir. Las paredes estaban llenas de silencios ilustres: cuadros, forjas, libros. Objetos rescatados del naufragio del mundo burgués, expuestos no para ser vendidos, sino para ser amados.
Encendí una lámpara pequeña que llevaba conmigo. No era eléctrica; la había comprado en un mercadillo, convencido de que la luz moderna no sirve para entender a los muertos. La llama tembló y, por un instante, creí oír risas. No risas felices, sino esas carcajadas cansadas de quienes se ríen para no obedecer.
Me senté en el suelo y abrí el cuaderno. No sabía qué escribir, así que empecé por lo único honesto: la duda. ¿Qué queda de la bohemia cuando la pobreza es romántica solo en los libros y el escándalo se vende como marca registrada? ¿Qué queda de aquellos que eligieron vivir mal para vivir libres?
La respuesta llegó sin palabras. Fue un cansancio dulce, una certeza: la bohemia no era una época ni un estilo, sino una forma de resistencia. Un modo de decir no -no al reloj, no al éxito, no a la obediencia elegante- y pagar el precio sin pedir descuento.
Recordé entonces a aquel pintor que convirtió su casa en refugio y su vida en manifiesto. No quiso ser moderno: quiso ser libre. Y por eso reunió a los suyos, los raros, los pobres de vocación, los que preferían un aplauso sincero a cien silencios respetables. Allí bebieron, discutieron, fracasaron. Allí entendieron que el arte no salva, pero acompaña.
Salí a la terraza. El mar respiraba despacio. Pensé en los jardines que aquel hombre pintó una y otra vez, como si quisiera domesticar la melancolía a fuerza de pinceladas. Jardines sin gente, porque la gente estropea los sueños cuando entra demasiado pronto. Jardines como promesa: la belleza existe, aunque no se quede.
De pronto, sentí vergüenza. Yo había venido buscando inspiración, como quien va a una tienda de antigüedades a comprar un alma de segunda mano. Y la bohemia no se compra. Se pierde. Se paga. Se escribe con frío y se corrige con hambre.
Cerré el cuaderno. Decidí no escribir esa noche. La bohemia, entendí, no se deja atrapar cuando se la persigue. Aparece cuando uno deja de pedirle algo.
Bajé de nuevo al pueblo. En una calle estrecha vi a un muchacho tocando el violín. Tocaba mal, con una fe que solo tienen los que no saben que van a fracasar. Nadie se detenía. Le dejé una moneda. No por la música, sino por la terquedad.
– ¿Por qué tocas aquí? -le pregunté.
– Porque aquí no molesto -respondió.
Ahí estaba todo.
Al volver a la pensión, encendí la lámpara otra vez. Esta vez no para escribir, sino para velar. Pensé en los bohemios auténticos, esos que no salieron en los libros, que murieron jóvenes o viejos sin reconocimiento, que confundieron la dignidad con el orgullo y aun así siguieron adelante. Pensé en aquel pintor que convirtió su casa frente al mar en refugio, y su vida -a fuerza de belleza y desafío- en un manifiesto contra la respetabilidad.
Antes de dormir, escribí una sola frase en el cuaderno: La bohemia no fue una fiesta: fue un juramento. Y supe que con eso bastaba.
A la mañana siguiente, el sol iluminaba Sitges con una alegría que parecía prestada. Los museos abrían. Los turistas llegaban. La bohemia volvía a ser pasado, postal, anécdota domesticada. Sonreí. Me fui sin comprar nada.
Porque algunos lugares no se visitan: se escuchan. Y algunos hombres no se imitan: se recuerdan a la luz justa, esa que no deslumbra, pero tampoco se apaga.




















Deja una respuesta