Cuando llueve, cruzar el umbral del Jardín del Príncipe requiere, si no una pértiga, al menos unas katiuskas o madreñas, al gusto de cada cual. El charco que da la bienvenida al modo de un felpudo de Ikea es sólo el prólogo del barrizal en el que se ha convertido el paseo central hasta la Plaza de Pamplona, oasis asfaltado previo al otro tramo terrizo que nos lleva hasta los Pabellones.
Los bajos de los pantalones y los zapatos son testigos de por qué todo caminante prefiere tomar las sendas laterales, terrosas también pero menos encenagadas.
PD: Sentimos habernos perdido las rodadas que deben dejar ahí el Chiquitrén o los vehículos a los que Patrimonio Nacional franquea el paso.



















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