Con apenas un puñado de películas en su haber, Alfonso Cuarón se ha convertido en uno de los directores más interesantes del cine actual.
En el año 2004 se hizo cargode la tercera entrega de la saga Harry Potter —El prisionero de Azkaban—: su juego espacio-temporal y su renovación estética colocaron esta película muy por encima del resto de la serie; en 2007 dirigió la excelente alegoría futurista Hijos de los hombres, que llevaba hasta el extremo su concepto de puesta en escena en largos planos secuencia. O eso parecía. Porque el arranque de Gravity es un larguísimo plano secuencia —esto es, sin cortes perceptibles— que arranca con una imagen de la Tierra desde el espacio y se mueve libremente “en gravedad cero” entre los astronautas que llevan a cabo tareas en el exterior de la nave hasta que se desencadena la catástrofe. A partir de ese momento, Gravity se convierte en una parábola de la supervivencia en las circunstancias más extremas que se hayan visto hasta el momento en cine. La propuesta es arriesgada: dos personajes enfundados en trajes espaciales llevan en exclusiva el peso de la historia. Solos en el espacio,
sin comunicaciones con el exterior, escasos de combustible para sus propulsores y de oxígeno para respirar.
El reto de Cuarón consiste en contarnos esta historia de soledad, desesperación y lucha por la supervivencia sin que decaiga la tensión en ningún momento, y lo logra gracias a unas imágenesliteralmente impresionantes, al uso medido del punto de vista—que nos implica emocionalmente con los personajes y sus esfuerzos—, sumergiendo al espectador en esa situación límite, mezcla de horror y fascinación, que supone el aislamiento en un espacio indiferentemente hostil. Gravity supone un desafío técnico y narrativo del que resulta difícil salir airoso. Sin embargo, se consigue, y con creces. No se trata de una película “de efectos especiales”
al uso: la opción de Cuarón es la de trasladarnos al espacio y llevarnos a sentir con la mayor sensación posible de continuidad y proximidad lo que sienten los astronautas sin recurrir a trucos fáciles, priorizando la observación de sus personajes frente al alarde tecnológico, que se convierte en el envoltorio imprescindible para desarrollar la historia.




















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