Héctor Anabitarte
Dicen que cuando Charles Darwin publicó su famosa teoría de la evolución, que produjo un verdadero escándalo, una señora victoriana comentó a una amiga: «eso que dice Darwin de que descendemos del mono parece que es cierto, pero, por favor, intentemos que no trascienda».
Descender del mono y no de Adán y Eva como sostiene la Biblia resultaba muy perturbador para la buena señora (la idea sigue perturbando y tal es así que en muchos estados en EEUU está prohibida la enseñanza de dicha teoría ya que prefieren la explicación creacionista del libro sagrado).
Lo cierto es que descendemos del mono, de una especie de simios de pésimo carácter y tendencias iracundas, los chimpancés, que practican un patriarcado extremo que se caracteriza por la violencia con que tratan a las hembras de su grupo social al que controlan con mano de hierro. Parece que hemos heredado bastante de ese comportamiento y así nos va.
La verdad es que hubiera sido mejor descender de los bonobos, un mono pariente de los chimpancés, pero totalmente distinto en su comportamiento social. A diferencia de los chimpancés los bonobos viven en un matriarcado y han aprendido a solucionar conflictos y rebajar tensiones utilizando el sexo: practican todo tipo de actividades sexuales como si se hubieran estudiado el kamasutra. Lo hacen de una manera muy similar a la nuestra.
Los científicos que han estudiado su comportamiento afirman que ejercitan el altruismo, la empatía, la amabilidad, la paciencia y poseen una sensibilidad extrema que les lleva a proteger a sus iguales, especialmente a las crías pequeñas. Así como en el mundo-chimpancé son frecuentes los infanticidios, tal práctica es impensable entre los bonobos.
Dicha reputación de simios-jipis ha sido cuestionada ante una noticia que interesó a las revistas científicas, pero no solo a ellas. Javier Salas, en El País (22 de octubre 2025) titulaba:»Las cinco bonobas que mataron a un macho desafían el mito de la especie pacifista: ‘El ataque más violento jamás observado'».
El hecho sucedió el 18 de febrero de 2025, en la selva de Salonga, en el Santuario de Kokolopori, en la República Democrática del Congo. Los científicos que observan y estudian desde hace años a este grupo de bonobos presenciaron y grabaron en video como cinco hembras llamadas Polly, Tao, Ngola, Djulie y Bella atacaban ferozmente a Hugo, un macho de casi veinte años, que permanecía boca abajo en el suelo cubriéndose la cabeza con las manos mientras era golpeado, mordido, arañado, pisoteado a pocos metros del resto del grupo, muchos de ellos familiares suyos, que no intervinieron. El video dura veinte minutos de violencia extrema. Finalmente Hugo logró arrastrarse hacia la espesura y no ha vuelto a ser visto, lo que hace suponer que ha muerto.
Nanoko Tokuyama, experta en bonobas, de la Universidad Central de Tokio, no sale de su asombro: «Aunque a veces se vuelvan violentas, yo creía que las hembras de bonobo no llegarían a herir a un oponente tan seriamente. Creo que Hugo provocó a las hembras de forma particularmente severa. La agresión contra una cría constituye una violación grave de las normas de la sociedad bonoba y casi siempre provoca represalias por parte de las hembras. Es seguro que este caso representa el ataque más violento jamás documentado en bonobos».
S. Pashchevskaya, que documentó este caso para la revista científica Current Biology, opina: «La violencia extrema se explicaría mejor como respuesta a la amenaza extrema: el infanticidio. Las hembras bonobo han logrado revertir esa tendencia infanticida, que los chimpancés sí cumplen, gracias a una cooperación inusual entre ellas. ¿Por qué no se producen infanticidios entre los bonobos? Pues porque esto es lo que sucede si un macho lo intenta.



















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