Héctor Anabitarte

Me dicen algunos amigos que aún están en activo que ellos ligan usando las aplicaciones del móvil. El Grindr o algo que se llama parecido. Y me muestran un catálogo de opciones de todas las edades, medidas, gustos, etc, etc, etc… Un catálogo interminable con gente de lo más variopinta que se ofrece en su mayoría sonriente en la foto.
Uno de estos amigos me dice que así fue como conoció a su última pareja y que está encantado porque esta forma de ligar, además, le evita emborracharse noche a noche en los garitos y le ahorra la decepción de volverse solo a casa.
En situaciones como estas no sé qué decir. Cada época tiene sus ritos, sus cortejos amatorios, sus usos y costumbres. Pienso que esta forma de ligar no es ni mejor ni peor que la utilizada por nosotros, en otro tiempo, en otro siglo. La forma de ligar habrá cambiado, habrá evolucionado, pero la necesidad de buscar el amor, eso que nos impulsa a salir a buscar un semejante, para lo que salga, eso creo que permanece igual.
Cuando era joven pensaba (lo sigo pensando) que el amor debería ser una humedad agradable, como el olor de los perfumes. Extenderse en silencio respirando ese aroma y dejar que esa sensación se apodere de uno, lo penetre, por todos los poros, por todos los agujeros, poco a poco.
La palabra amor ha sido secuestrada por el buen gusto, la mesura, la prudencia, por las categorías del Estado, por las jerarquías de la cultura o del espíritu. Ahora se habla de «hacer el amor» (cosas del desarrollismo industrial), como sinónimo de una, dos, tres eyaculaciones o de uno, dos, tres orgasmos.
Hemos abandonado la pareja monogámica, porquería reaccionaria, en la práctica, claro, en los manifiestos, claro, pero no en las fantasías que es lo que importa, y nos hemos lanzado, heterosexuales y homosexuales de ambos sexos a la «jungla de la carne», a una inauténtica y sustitutiva orgía, cuando la orgía de verdad es palabra mayor.
Si le tememos a un cuerpo, a nuestro propio cuerpo, al cuerpo del amante, del amigo, cómo no temerle a cinco cuerpos. ¿Será porque cinco cuerpos entremezclados no son reconocibles? El bosque que no permite ver el árbol. El árbol que nos oculta, a pesar de todo, todo el bosque.
Está muy bien acostarse con quien se quiera, o se pueda (es sano: curiosidad, deseo, aprendizaje, ocio…) . Se puede andar de cama en cama, de calle oscura en calle oscura, de bar en bar, en las saunas, paraísos orgiásticos de cartón; pero no renunciemos al amor, a esa confusión total ante el otro y todas las dudas agolpadas como caballos salvajes, y todo el vértigo, ¡qué experiencia! Riesgos, riesgos, grandes riesgos, pero el amor sigue siendo la gran aventura. Lo único por lo que vale la pena apostarlo todo… aunque se pierda.

















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