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El trato con los muertos

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Héctor Anabitarte

En Nueva York pasean cadáveres en sillas de ruedas por las calles arboladas de un cementerio de alta gama. Los cadáveres, perfectamente momificados, vestidos con sus ropas preferidas y maquillados adecuadamente, parecen disfrutar del paseo… Los deudos, viudos, viudas, hijos y nietos les dan charla y los ponen al tanto de lo ocurrido desde sus óbitos. Los muertos también participan, basta con apretar un botón en su pecho para que se ponga en marcha un dispositivo reproductor de voz donde el muerto ha dejado sus mensajes: «Te extraño», «os quiero» «Cómo estáis» «Visiten a tía Felicity, enviarle saludos míos», etc, etc, etc.

Negar la muerte con toda parafernalia kitsch yanki, en una sociedad en la que más del 60 % cree que convive con ángeles y fantasmas resulta para nuestra mentalidad un tanto exagerado, pero no deberíamos sorprendernos tanto.

Los incas también sacaban a sus emperadores, en ciertas ocasiones ceremoniales a tomar el Sol (al fin y al cabo eran sus hijos). Los colonizadores españoles se escandalizaron y los jesuitas prohibieron tales prácticas (a pesar que ellos estaban muy habituados a desparramar huesos de santos, cráneos, brazos incorruptos y otras reliquias óseas allí por donde pasaran). Dicen que los incas lloraron, pues para ellos sus jefes no estaban del todo muertos y renacían en estas ceremonias.

En Bali, creo que en Bali, cuando un niño pequeño muere, hacen un hueco en el tronco de un árbol y allí lo dejan, el árbol poco a poco va cerrando el hueco en el que la madre ha introducido huevos, frutos.

Los dschaggs, si el muerto era soltero, lo casan con un muerta joven también soltera, ambas familias participan en la ceremonia del enlace post-mortem y así se consuelan pensando que en el otro mundo no estarán solos.

Cuando muere un esquimal su espíritu se transforma en alma protectora de los niños de la familia. Si la muerta fuese la abuela, se encarna en el más pequeño y el niño será llamado abuela y podrá lucir sus ropas.

En Kampala el muerto resucita a los quince días y se encarna en el hijo más pequeño y sus hermanos mayores le llamarán padre.

En un sociedad super desarrollada como la japonesa ciertas empresa han ideado otro sistema para tratar con los muertos: se alquilan actores que vestidos con sus ropas y maquillados adecuadamente asumen en los acontecimientos familiares los roles de  padres, madres, hijos, hijas, abuelas, tíos, tías que ya no están.

A determinada edad uno tiene en la agenda más nombres de muertos que de vivos. Y lo mismo ocurre con los contactos del correo electrónico o el WhatsApp. Se que no soy el único que se niega a borrar dichos contactos. Me parecería una especie de traición. Y, debo confesar, que muchos de estos artículos que escribo también se los envío a ellos.  

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