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Todo está en los libros

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Héctor Anibarte

Héctor Anabitarte

Lo dijo Borges, que se figuraba el mundo como una gran biblioteca: «De los diversos instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro: es una extensión de la memoria y de la imaginación».

Nada más humano que el libro. Primero fue la escritura, la creación de símbolos con los que dejar constancia de diversos asuntos: administrativos, comerciales, sociales, que se pudieran compartir por quienes los  vieran y supieran descifrarlos. Números y Letras compartidos. Alfabetos y Mapas.

Los árabes descubrieron el número cero y los sumerios fueron posiblemente los primeros en dividir cada palabra en sílabas. El soporte de dichos símbolos fueron la piedra, las tablillas de arcilla, los nudos en cordeles, los rollos de pergamino… hasta que Gutenberg inventó la imprenta y, en 1455 imprimió el primer libro, La Biblia, el libro sagrado para judíos, cristianos y musulmanes.

En Europa el invento provocó una verdadera revolución. El texto sagrado dejó de ser monopolizado por la Iglesia Católica de Roma y provocó, entre otras muchas cosas, la aparición del protestantismo, un verdadero cisma.

Otros libros , partiendo de esa primera Biblia de Gutemberg, provocarían también grandes convulsiones sociales, culturales, políticas: «La teoría heliocéntrica», de Copérnico; «El origen de las especies», de Darwin; «El capital», de Marx y el libro más tenebroso del siglo XX : «Mi lucha «, de Adolf Hitler.

Todo está en los libros: lo mejor y lo peor. Pero un libro no es nada sin un lector. El libro comienza a hablar cuando se lo abre, se lo toca, se lo lee. El lector no nace, el lector se hace. Cualquier edad es buena para empezar a leer, pero si el hábito se adquiere en la infancia, muchísimo mejor. Quien lee no está solo jamás. Puede conocer mil mundos y vivir mil vidas.

Borges dice que el libro es «una extensión de la memoria y de la imaginación» y Michel Foucault escribió que «la memoria es el modo de ser de lo que ya no es». La memoria se instala en el libro, guía la pluma o las teclas de quien escribe, del escritor que rescata del olvido, de la muerte, lo inefable, lo importante, lo que no debe perderse, lo que debe compartirse.

Victoria Ocampo dijo que se escribe «para recordar, aliviarse, comprenderse, recobrarse, liberarse, explicarse, para volver a vivir algo o para enterrarlo definitivamente» Memoria e imaginación, apunta Borges. La imaginación se instala en la ficción, en imaginar lo que pudo haber sido o en lo que puede llegar a ser. Pienso en Yourcenar y «Memoria de Adriano», pienso en Verne y «Viaje a la luna». 

El libro es una máquina del tiempo tan poderosa como la que soñó E.G. Wells en su novela. Roy Jenkins escribió respecto a la ficción: «La ficción no solo puede ser con frecuencia más viva que los hechos, sino que a veces también puede captar la misma verdad».   

cepa jose luis sampedro aranjuez

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