¿Se imaginan ustedes un grupo de vividores elegidos a dedo por los partidos políticos, tipos que han vivido toda su existencia en la poltrona, encargado de censurar lo que se dice o no en la prensa de Aranjuez? Lo tomaríamos evidentemente como un ataque a la libertad de expresión. Este experimento inquisitorial por supuesto que existe. ¿Dónde? Pues allí donde el nacionalismo exacerbado controla todos los ámbitos de la vida personal, en Cataluña. Lo han bautizado con el nombre de CAC, y tiene por objetivo perseguir a todo aquel que se salga del redil. Los periodistas libres e independientes están en su diana. Los que no comulgan con la religión del camino estrecho, con el etnicismo, con la imposición y con la obsesión liberticida, son el foco de su atención.
La última ocurrencia del CAC, ha sido iniciar una caza de brujas en contra de los periodistas que se oponen a la teoría del pensamiento único catalán. En un dilatado informe de 97 páginas, dedica más de 40 a atacar al presidente del grupo Libertaddigital y locutor de EsRadio, Federico Jiménez Losantos. Su único delito es hablar libremente. Lo único que se le puede imputar a Losantos es su independencia.
Mientras unos, cercanos a la izquierda, como Gabilondo, hicieron de la mentira costumbre (aún esperamos que explique dónde estaban los terroristas suicidas del trágico 11-M); otros, en la derecha, como Marhuenda, se empeñan en poner la alfombra roja a los dirigentes del PP. Lo de Marhuenda con Génova es un pasteleo que roza el ridículo. No sé da cuenta que parece el Sopena del PP. Defiende lo indefendible.
Sin embargo, Losantos habla sin cortapisas, inspirado en sus principios liberales. Por eso no tiene amigos. Porque le importa más bien nada el concepto postmodernista de lo “políticamente correcto”. Resulta insultante que acusen a Losantos de “fomentar el odio, el menosprecio o la discriminación” los mismos que hacen del lema “España nos roba” su leitmotiv. Los mismos que han manipulado la educación fomentando el desprecio a todo lo español. Los mismos que propusieron la figura del coordinador lingüístico en los recreos de las escuelas catalanas, para vigilar quién hablaba español. Los mismos que no acatan la ley e impiden a las familias que sus hijos estudien en castellano. Los mismos que tiene otro tribunal medieval encargado de multar a todos aquellos que osen rotular sus negocios en español. La libertad de expresión es el alma mater de un régimen que se quiere llamar democrático. Por ello es importante alertar de las intenciones persecutorias del CAC.
Porque en ocasiones, como predijo Tocqueville en su Democracia en América, “hay que rebelarse contra la tiranía de la mayoría”. Losantos, admirador del modelo norteamericano, encontraría la respuesta a todo este denigrante espectáculo en la Primera Enmienda, donde se afirma que “el componente más básico de la libertad de expresión es el derecho a la libertad de palabra. Este derecho permite que los individuos se expresen sin intervención ni restricción del gobierno”. Los amantes de la nación y la colectividad obligatoria, obviamente, detestan estos principios. Parece que J.S. Mill dio ya hace unos años con las intenciones del CAC: “trabar y, si se puede lograr, impedir la formación de cualquier individualidad que no guarde armonía con sus formas; y obligar a todas las personalidades a que se ajusten a su mismo modelo”. Sin duda, este es el fin último del CAC. Por ello han empezado por el individuo más libre e independiente que hoy existe en los medios españoles, Federico Jiménez Losantos. Lo intentó el PSOE y no pudo. El PP del enemigo de la independencia judicial, Gallardón, tampoco. Dudo que la tribu nacionalista pueda callar su voz a pesar de las amenazas.




















luis
Cada uno con su tema y de lo mio quéeee, que me van a incendiar el barrio los ocupas de la ciudad de las Artes, a ver cuando hace algo la autoridad de una vez