Héctor Anabitarte

La soledad afecta a millones de personas. Cada vez más, provocando no pocos sufrimientos, diversas enfermedades y muchos suicidios. La paradoja es que este incremento de soledades tiene lugar en un escenario inédito en la historia de la humanidad, en un panorama lleno de signos que deberíamos considerar factores positivos: se vive muchos años más de lo que se vivía hace relativamente pocas décadas. Se vive más y mejor gracias al control de muchísimas enfermedades que hasta hace nada eran letales o de de difícil tratamiento y también gracias la prevención, gracias a la nutrición, gracias a la higiene.
Sin embargo, a pesar de todos esos datos positivos, cada vez estamos más solos. La soledad se ha transformado en una pandemia que se extiende como una mancha de humedad. Cierto es que la soledad no es algo nuevo. En definitiva se nace y se muere solo.
Existen diversos tipos de soledades, la elegida, la «solitude» de la que hablan los franceses, la soledad sonora que cantan los poetas, la soledad entendida como un repliegue sobre sí mismo para entendernos mejor, la soledad impuesta como castigo que conocen muy bien los presos… Y la soledad condicionada por factores ligados a los cambios sociales, culturales, tecnológicos, de convivencia, ligados al fenómeno nuevo de la longevidad.
En España, actualmente, viven más de 10 millones de personas mayores de 60 años, el 19,6 % de la población, y en 2035 se prevé que ese porcentaje se acerque al 30%. La soledad se ceba especialmente en este sector de la población. La gente mayor, los viejos y viejas, ya no tienen el predicamento que antaño tuvieron, ya no funciona aquello de que la veteranía es un grado. Al contrario, en esta sociedad tecnológica y virtual, se han transformado en analfabetos funcionales. Incluso, en muchas ocasiones, se les reprocha no ponerse al día en cuanto al manejo de las nuevas tecnologías. Así fue necesaria una campaña dirigida a los bancos -«Soy mayor, no idiota»- para convencerlos de que debían habilitar personas -de carne y hueso- para facilitar sus trámites.
Cuanto más años se suman, hace su presencia con más fuerza la soledad. Se mueren las parejas, los amigos, los conocidos, los iguales, surgen los problemas de movilidad que van reduciendo el espacio, la dependencia a los fármacos necesarios para controlar la diabetes, el Parkinson, la artritis, los problemas de tensión, etc, etc,,etc y el botiquín crece y crece y las citas médicas se multiplican. La vida familiar se distorsiona, los hijos ya no están, los nietos han crecido y aparecen solo en fechas señaladas, las costumbres cambian drásticamente .
Nadie nos enseña a envejecer. Hay recursos, claro, los centros de día que muchos rehúyen «porque están llenos de viejos», las mascotas que también tienen la costumbre de morirse antes que uno, las plantas que cuidar, la compañía omnipresente de la tele…. Y, finalmente, las residencias, el último guetto para muchos y muchas, el lugar más temido (sobre todo después de lo ocurrido en ellas durante la pandemia) y tantas veces inevitable. La única compañía que no falla nunca termina siendo la soledad. Hay que prepararse para convivir con ella.





















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