Definida en Psicología patológica como “miedo irracional a la cercanía de las multitudes”, cabría, al referirnos a l@s gerifaltes que la padecen, añadir lo siguiente: “multitudes que se manifiestan contra las políticas que cercenan derechos fundamentales”. Hecha la puntualización, convendrán conmigo en que la actitud de la alcaldesa Martínez durante el final improvisado de su pregón de fiestas fue un caso de manual. Y es que a Mª José le duele la Democracia. Como hija que es del sistema, pretende que la ciudadanía trague con unas políticas que cada vez la empobrecen más. Políticas que, por antidemocráticas, nos desigualan.
Retorciendo un tanto el verso de Neruda, le hubiese gustado que, en vez de “seres pensantes” y disidentes, el 100% del aforo hubiera estado callado y pareciese ausente, y que su persona y su mala política se hubiesen ido de rositas y entre aplausos. Muy al contrario de lo que piensa, la ausencia, la indiferencia -en términos gramscianos- y el silencio de la ciudadanía organizada hubiesen sido el verdadero déficit democrático. Gritarle desde el ágora pública ¡Sí, se puede! ¡Educación pública! ¡La sanidad no se vende, se defiende! o ¡Stop Desahucios! -para cuándo el reconocimiento a estas víctimas- supone, además de un convencimiento y una necesidad, situarle frente a un espejo que refleja imágenes de sumisión, de promesas electorales incumplidas, de abdicación política y, por encima de todas ellas, la de haber ofrecido Aranjuez y sus ciudadan@s como uno de los laboratorios de las políticas más antisociales de la troica madrileña del PP formada por Lasquetty, Figar e Ignacio González.
Gritarle cara a cara es rebelarse contra el austericidio, la deudocracia -no debemos, no pagamos- y la cleptocracia. La fuerza del grito quita el velo de la crisis y desenmascara la estafa. La Democracia es una permanente dinámica que se debate y debate sobre cómo se gestiona el poder y a quién beneficia éste. Ella lo tienes claro: el poder se ejerce sacrificando al 99% en beneficio de ese 1%, que es el eterno receptor de los negociones ad hoc que pretenden la privatización de la sanidad, la desatención de la educación pública en beneficio de la privada o la reducción a la mínima expresión de otras políticas sociales. Ganar o perder estas batallas supone para nosotr@s, l@s de abajo, seguir siendo ciudadan@s con derechos o ser arrastrad@s, incluso, a la desprotección que lleva a traspasar el quicio de la exclusión social.
Persistamos en lo que más aterra al poder sistémico, se cobije éste dónde se cobije: la lucha organizada, convergente o divergente, orientada a su fragmentación y a su destitución. Recuperemos la Política que vuelve a poner a la persona y sus derechos en el centro de su acción. Creemos nuevas instituciones. Gocemos de los poetas de los que la derecha y el sistema en general carecen. Traen una nueva narrativa, una nueva gramática ciudadana. Traen una Democracia aún desconocida, destetada de la sacralizada Transición y de una Constitución incumplida. Una Democracia en la que jamás encajaría alguien que reprende a l@s ciudadan@s discordantes, a los que preferiría ausentes.




















Fernando Cuerva
Aquí se debate, no se «juega». Estoy de acuerdo contigo, si no se tiene nada más que decir se coge el 2 y a otra parada. Gracias por tu 40 comentario. No sabes la ilusión que me hace y lo que ha reforzado mi ego. Me has descubierto: colaboro con el semanario MÁS solo por ver cómo crece día a día mi popularidad y cómo mis columnas son aclamadas por «cienes y cienes» de seguidores que me gritan: ¡Todos somos contingentes, solo tú eres necesario! ¡»Amos anda»!