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Rusiñol, Gardel, La Fuente de la Boticaria y el otoño de Aranjuez en la primavera bonaerense

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30 de septiembre de 2016. Primeros días de primavera en Buenos Aires. Hoy amaneció frío y ventoso, como si estuviéramos en el otoño europeo, como si estuviéramos en Aranjuez. Camino por la Avenida del Libertador, me dirijo al Museo Nacional de Bellas Artes. Todos los años visito el Museo, es una rutina que nació en la adolescencia y que sólo he abandonado forzosamente durante el tiempo que duró la dictadura militar (1976-1982) y me exilié en España. Al cruzar la Avenida veo a aquél muchacho que fui entrar en el “mágico galpón” que albergaba (y alberga) pocas pero escogidas obras de El  Greco (‘Jesús en el huerto de los olivos’), Zurbarán (‘Monje meditando’), Rubens (‘La sagrada familia’),  Goya (‘Escenas de guerra’, ‘Incendio de un hospital’, ‘Escena de disciplinantes’)… y junto a Goya, Zuloaga, Gutiérrez Solanas, Pissarro, Cézanne, Monet, Renoir, Gauguin, Toulousse-Lautrec, Kandinsky, Picasso, Klee, Chagall, de Chirico, Modigliani y los modernistas catalanes, con Ramón Casas y Santiago Rusiñol, como siempre, unidos en la amistad y en el arte.
Muchos años después entro en el Museo con la misma emoción de entonces pero con nuevos ojos (gafas + años) que buscan ahora lo que antes no buscaban. El tiempo desapacible invita a regodearse en la melancolía tanguera y en una nostalgia de ida y vuelta. El paciente amigo que me acompaña se sorprende cuando lo llevo directamente, sin preámbulos, ante ‘Otoñal’, el óleo sobre tela (105 x 121, 5 cm), de Santiago Rusiñol, adquirido en 1910 (‘Año del centenario’) por la Comisión Nacional de Bellas Artes. Hay otro cuadro de Rusiñol en el museo: ‘Jardín de Aranjuez’, que me transforma, ante la mirada compasiva y divertida de mi amigo, en apasionado guía turístico trabajando ad honorem para Patrimonio Nacional. Los cuadros fueron comprados en 1910. Ese año, en el buque ‘La Argentina’, llegó Santiago Rusiñol a Buenos Aires: ‘La ciudad de los sueños’, la bautizó Rubén Darío omitiendo que también puede ser ‘La ciudad de las pesadillas’: “No nos une el amor/ sino el espanto/ ¿Será por eso que la quiero tanto?”, se preguntaba Borges y nos seguimos preguntando muchos.
Rusiñol llega como invitado especial a la gran fiesta con que la pujante, riquísima, Argentina festejaba su primer centenario como país independiente. Rusiñol llegó en 1910, pero su obra ya lo había hecho: en 1897, en la casa de fotografías de Alejandro Whitcomb (la primera galería de arte que hubo en el país, en la calle Florida), se expusieron y vendieron todas las pinturas importadas desde Barcelona (en la portada del catálogo se reproducía un “Paisaje de Aranjuez”). Rusiñol hablará de aquél viaje en un delicioso libro: ‘Del Born al Plata’.
Rusiñol llegó y lo revolucionó todo. No sólo era conocido como pintor, sino que en Buenos Aires se estrenaban sus obras de teatro protagonizadas por el actor catalán Enric Borrás, su gran amigo, futuro galán de Margarita Xirgu, cómplice en sus sonadas aventuras porteñas, testigo de episodios desopilantes protagonizados por el señor del Cau Ferrat.
Aunque en su viaje visitará también las ciudades de Córdoba y Rosario, Buenos Aires atrapa a don Santiago, que se multiplica en sus apariciones públicas y no sólo entre la colectividad catalana: rápidamente se transforma en un productor de anécdotas y en un curioso insaciable que lo pregunta todo, que indaga sobre todo y devuelve a sus interrogados, en un feed back juguetón, divertido pin-pong dialéctico, su propia visión sobre los más diversos temas. Y sus opiniones lejos de molestar (es proverbial la susceptibilidad patriótica argentina) son aceptadas entre risas.
La más sonada de sus declaraciones políticamente incorrectas es cuando comenta la ‘Himnolatría’ que padecen sus anfitriones (Rusiñol alucina al ver como todo el mundo canta el himno nacional a todas horas y en cualquier oportunidad: actos solemnes o fin de fiesta teatral) sin que a nadie se le ocurra lincharlo. Pero no sólo cantan el Himno Nacional los porteños: Rusiñol se enamora de la música que suena también a todas horas y lo inunda todo con su ritmo canyengue de 2×4: el tango. Esa pasión no lo abandonará y se hace amigo de quien representará la cumbre del género: Carlos Gardel.
Lo comento con mi amigo y le cuento que Rusiñol mantuvo la amistad con “El mudo” (así llaman los porteños al “zorzal criollo” y aseguran que “cada día canta mejor”) cuando el cantante visitaba España en sus giras. Se vieron en Barcelona, se vieron en Madrid ¿se habrán visto también en Aranjuez?. Podría ser.
El 23 de marzo de 1926 (nueve años antes de que “El morocho del Abasto” muriera en un accidente aéreo en Medellín) el diario ‘Critica’, de Buenos Aires, publica una entrevista a Gardel que vuelve a Argentina después de una triunfal presentación en Barcelona. El periodista pregunta: “¿Conoció a algunos artistas catalanes? Carlos Gardel contesta: Encontré allá a Santiago Rusiñol, el gran escritor y pintor. Siempre que nos juntábamos, Rusiñol recordaba nuestro país y me preguntaba por gente de letras y periodistas y cantaba tangos”. ¿Rusiñol?, se sorprende el periodista. “El mismo (dice Gardel). Tiene una gran predilección por nuestra música criolla”.
Hablo de Gardel y Rusiñol frente a ‘Otoñal’ y la fuente de la Boticaria, pintada por Rusiñol en dos oportunidades y leo en el catálogo del MNBA la entrada que le dedican: “Otoñal, al igual que Jardín de Aranjuez  y muchas otras obras del artista con el mismo tema, tiene una disposición rigurosamente simétrica. La paleta, de características reducidas, está dominada por los colores tierra. En cuanto a la luz, viene de la izquierda pero desde el fondo de la composición, perdiéndose por lo bajo en la enramada, solo incidiendo con algo de fuerza sobre algunos troncos y frondas de la calle de plátanos. Esta suave luz crepuscular, que por su procedencia, intensidad y contraste desdibuja levemente los objetos de los primeros planos, sumada al follaje tratado como manchas de color, evita una dura descripción realista de carácter más académico”. rusinol-cuadro


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