
La lección histórica del Premio Nobel: “Aranjuez, los años andando, fue mesa maestral de la Orden de Santiago y solaz de la nobleza de tiempos de los Reyes Católicos y Felipe II, los Austrias, que ya venían aburridos de origen, se siguieron aburriendo por estos parajes, y los Borbones, que gracias a Dios siempre amaron la vida, declararon a Aranjuez ciudad abierta y plantaron los árboles del Jardín del Príncipe, el amoroso gineceo en el que ensayaron sus artes los más afamados garañones de su tiempo: Goya y el torero Costilleres, que se repartían el favor ducal de una vagina desbocada, y Godoy que picaba aún más alto. Los Chinescos y la Fuente de Apolo, entre otros muchos decorados de este Aranjuez civil y bien trazado, pueden dar testimonio de la verdad de cuanto ahora les digo”.
‘La Historia y Aranjuez van de la mano’ (titulábamos la semana pasada en estas páginas) y decíamos que esta ciudad es un mirador de excepción para asomarse al pasado en clave nacional e internacional.
En clave nacional, tendríamos que remontarnos al año 221 a.C, cuando Aníbal y sus elefantes protagonizaron muy cerca del Cortijo de San Isidro (en Valdeguerras y Valdeguerrilla) la “Batalla del Tagus” de la que escribieron el griego Polibio y el látino Livio, como bien recuerda Josefina Freire, cronista oficial, en ‘Huellas de nuestros primeros antepasados. Batalla del Tajo’, artículo incluido en el programa de fiestas último). Tendríamos que hablar también de los árabes que la habitaron (según algunos le dieron nombre) y asimismo mencionar a las ordenes militares que los expulsaron y se quedaron aquí administrando este territorio hasta que, finalmente, Carlos V, les quitó dicho privilegio (eran una verdadera amenaza para su autoridad dado el enorme poder acumulado por aquellos religiosos-guerreros).
El hijo de Carlos V (1500-1558), Felipe II (1527-1598), será quien dará el título de Real Sitio a Aranjuez. El Monasterio de El Escorial ha ligado su nombre al de aquél que fuera llamado ‘Martillo de Herejes’, el hombre más poderoso de la tierra. Sin embargo Aranjuez, no El Escorial, constituyó el primer amor de Felipe II. Aquí, de muy niño, pasó una ‘viruela boba’ (varicela), peligrosa enfermedad entonces, y por estos sotos, desde muy crío, con una pequeña ballesta, se inició en la caza. Siempre estuvo fascinado por este paisaje y en las cartas que escribiera a sus hijas, ya muy mayor, recuerda el canto de los mirlos de Aranjuez. Otro dato importante que une a Felipe II con la mejora progresiva y continua del paisaje: crea por consejo del eramista Dr. Laguna, el primer jardín Botánico de España, planea una puntera explotación agrícola y transforma a Aranjuez en su refugio particular, un lugar equidistante del Toledo obispal y del Madrid cortesano. A diferencia de su padre, que era un andarín inquieto como una lagartija, Felipe II fue un monarca sedentario, burócrata y trabajador obsesivo. En la biografía que Geoffrey Parker escribiera sobre él, leo: Se ha hecho célebre su pequeño estudio en El Escorial, pero el rey estaba dispuesto a trabajar en cualquier sitio y a cualquier hora. Rara vez se desplazaba sin sus papeles y si hacía buen tiempo los llevaba al campo y los consultaba en la carroza que le transportaba. A veces negoció a bordo de barcos: navegando por el Tajo en Aranjuez, Felipe II llevaba en su barca un bufete en que iba firmando y despachando negocios que le traía Juan Ruiz de Velasco, su ayudante de Cámara, mientras las damas de la corte danzaban y una orquesta de negros tocaba la guitarra». Felipe III, tan ocupado en trasladar la capital del Reino de Madrid a Valladolid (eso sí que fue corrupción a lo grande: a su lado los chicos de la Gürtel-Púnica resultan unos patéticos aprendices) pasó bastante de Aranjuez (aunque existen un par de cuadros de autor anónimo en los que se le ve posando en el jardín de la Isla), pero no así su hijo, Felipe IV, que en estos parajes dio rienda suelta a su pasión cazadora y a su gusto por la juerga y los excesos orgiásticos que le facilitaba el conde duque de Olivares desde la más tierna adolescencia. Aranjuez durante su reinado fue escenario de fiestas increíbles. El ejemplo más sonado; la recepción que aquí se le brindó a Carlos I de Inglaterra cuando era solo príncipe de Gales, (mucho antes de ser rey y perder la cabeza bajo el hacha de Cromwell), un joven que pretendía casarse con la infanta María, hermana de Felipe IV. La boda que de haberse llevado a cabo hubiese cambiado totalmente la historia europea fue frustrada por la Iglesia católica que se cerró en banda ante la posibilidad de que el ‘hereje’ inglés pasara a ser miembro de la familia de Sus majestades Católicas. Todo salió muy caro y terminó fatal. Lo dijo Luis de Góngora en crítico, satírico soneto, que aún resuena: “Parió la reina, el luterano vino/ con trescientos herejes y herejías/ gastamos un millón en quince días/ a darle joyas, hospedaje y vino”.
El pobre Carlos II también se retrató en estos parajes y poco más. El desdichado y último de los Austrias paseó su lastimera figura por los jardines y los salones de palacio meditando sobre a quién entregar las riendas del Reino. Finalmente se decidió por la candidatura francesa y Felipe V se transformó en el primero de los Borbones españoles que Aranjuez viera pasar.








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