No tengo el dato justo, ni la referencia bibliográfica, pero no me arriesgo demasiado si aseguro que Larra anduvo por Aranjuez, alguna tarde en un brumoso otoño. Un paisaje como éste no podía dejarle indiferente, igual que no dejó indiferente a Espronceda, el otro gran santo y mártir romántico que tuvo aquí su último amor y desde aquí inició una carrera a revienta caballos para asistir como diputado a una sesión del Congreso. Aquella cabalgada lo llevó a la muerte e inspiró un emocionado poema a Vicente Aleixandre.
Mariano José de Larra (Madrid, 1809-id, 1837) es un caso atípico. A pesar de haber escrito una novela histórica («El doncel de don Enrique el Doliente», reeditada por causas extra-literarias: una primera edición del libro fue el regalo de Letizia Ortiz al príncipe Felipe) y una obra teatral, un plagio encubierto de una pieza francesa («Macías»), entró en la historia de la Literatura española por la estrecha puerta del periodismo, de la prensa escrita, del artículo, del aguafuerte estrechamente ligado a la actualidad. Nada menos perdurable que la «actualidad». Nada menos perdurable que el nombre de los periodistas que generación tras generación la cuentan. Ya se sabe: no hay cosa más antigua que el periódico de ayer. Larra, sin embargo, con su nombre o sus seudónimos-heterónimos (Fígaro, El Pobrecito Hablador), sigue vigente: es nuestro contemporáneo. Sobre él y su obra el tiempo no pasa nunca en vano. Su «Vuelva usted mañana» (uno de sus famosos artículos), por ejemplo, podría haber sido escrito hoy mismo.
El otro caso atípico es José Martínez Ruiz (o su seudónimo-heterónimo, Azorín): de su vasta producción (más de ciento cincuenta títulos), prácticamente el ochenta por ciento de la misma había sido publicada previamente en los periódicos. Si bien escribió novelas («La voluntad», «Antonio Azorín») y cuentos («Cavilar y contar»), lo suyo fue, fundamentalmente, la práctica del periodismo. Como periodista lo hizo todo: abarcó el artículo de opinión, de costumbres; el reportaje viajero («La ruta de Don Quijote»); la crítica literaria, de Arte, cinematográfica («El cine y el momento»). Fue cronista parlamentario e incluso corresponsal de guerra enviado por ABC :defensor de la causa aliada, parte hacia París el 8 de mayo de 1918. Tres días más tarde se publica su primera crónica (escrita, lo cuenta en «París bombardeado»: «cerca del Arco de la Estrella, en el cuartito silencioso del Hotel Majestic») en la que asegura que Alemania perderá la guerra ante los EE.UU (será el único periodista español que tendrá acceso a los campamentos norteamericanos en Surennes).
Azorín admiró durante toda su vida a Larra (su otra «fidelidad» la reservó para Cervantes). Por eso no es de extrañar que aquél 23 de noviembre de 1913, en Aranjuez, al recibir el homenaje-desagravio que le tributaban sus colegas-discípulos, correspondiera al mismo con un discurso en el que Fígaro se hace presente en la glorieta del niño de la espina y habla por su boca.
«Queridos amigos: en 1835, viajando Larra por los páramos deshabitados de Extremadura, después de haber recorrido -en la soledad y el desamparo- los viejos, pedregosos, polvorientos caminos de Castilla, preguntaba haciendo un alto en su peregrinación: ´¿Dónde está España?`. Han pasado ochenta años y aún podemos formular esa interrogación melancólica del satírico. ¿Dónde está España? Podemos formular esa interrogación a la vista del espectáculo que nuestro país ofrece». Ciento ochenta años después, agregamos, aún podemos seguir haciéndonos la misma pregunta que se hacía el Santo-Mártir-Suicida Protector del Periodismo, esa extraña vocación que lleva a muchos a ignorar su advertencia : «Escribir en España es llorar» .
Pero volvamos a la pasión azoriniana por Larra y su obra. En 1915, en «La Vanguardia» de Barcelona, Azorín le dedica su columna semanal desde el 27 de abril al 20 de julio. Son trece artículos. Los nueve primeros llevan por título «La España de Larra» y los cuatro últimos «La muerte de Larra: lo que dijo la prensa». En los primeros profundiza y teoriza sobre los distintos temas que abordó Fígaro y en los últimos denuncia la mezquindad, la ruindad, el desagradecimiento, que (prácticamente sin excepciones) demostraron los periódicos de entonces ante la desaparición del mejor periodista de su tiempo (y de todos los tiempos). Algunos medios ni siquiera dieron la noticia. Otros la trataron como si fuera un Suceso más. Y, alguno, incluso, se atrevió a moralizar sobre el asunto diciendo que Larra no tenía derecho a hacer lo que hizo (pegarse un tiro por amor) pues su vida «no le pertenecía», no podía disponer de la misma ya que no era «suya» sino que era propiedad de una instancia suprema, el Creador-Dios. En el último de los artículos Azorín cuenta también un homenaje-desagravio que él (y los Baroja, Pío y Ricardo) le brindaron una tarde de invierno de 1911 en el cementerio de San Nicolás (allí también está enterrado Espronceda). El episodio también es narrado en «La voluntad» (capítulo IX):
«Su muerte es tan conmovedora como su vida. Su muerte es una tragedia y su vida es una paradoja. No busquemos en Larra el hombre unilateral y rectílineo amado de las masas: no es liberal ni reaccionario, ni contemporizador ni intransigente: no es nada y lo es todo. Su obra es tan varia y tan contradictoria como la vida. Y si ser libre es gustar de todo y renegar de todo -en amena inconsecuencia que horroriza a la consecuente burguesía-, Larra es el más libre, espontáneo y destructor espíritu contemporáneo. Por este ansioso mariposeo intelectual, ilógico como el hombre y como el universo ilógico; por este ansioso mariposeo intelectual, simpática protesta contra la rigidez del canon, honrada disciplina del espíritu, es por lo que nosotros lo amamos».










ElGato Cucho
Cambiar la fecha de fallecimiento (1837). Si Larra hubiese vivido 128 años otro gallo hubiese cantado en este país. 😉