Publicado: vie, Nov 22nd, 2019

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[ CUENTOS DE OTOÑO DE FARRAMUNTANA.
RELATO A CUATRO MANOS,
CON JOSÉ LUIS HOMEDAPEDRA LOZANO ]

No se podría decir que caí en la tentación, porque me sumergí voluntariamente en ella, y de lleno. La culpa la tenían aquellos cristalitos de mica, que me guiñaban múltiples ojos negros y me invitaban de manera ineludible.
Tan solo necesitaba que el vigilante del museo mirase para otro lado, y eso tenía que suceder tarde o temprano.
Al fin, una parejita que cuchicheaba en el fondo de la sala se acercó demasiado a una pieza menor de las que componían la exposición. El celador de reliquias levantó inmediatamente una ceja y se dirigió hacia ellos, dispuesto a obsequiarles con una reprimenda de esas que quitan las ganas de volver a un lugar semejante. No se daba cuenta de que estaba labrando su propio desempleo… o quizá era eso lo que pretendía.
Pero el caso es que entonces pude tocar la piedra. Sentí la descarga. Nada traumático. Ningún parecido con una sacudida eléctrica.
Fue simplemente una oleada de información, seguramente almacenada en los espejitos mates de cuarzo que dominaban la composición de aquella roca. Excitados por el campo magnético que provocaba mi ansiedad, vibraron con una frecuencia mágica, y enviaron toda la historia de su existencia a las neuronas del atrevido incursor. Recibí aquel regalo a través de la piel de la palma de mi mano izquierda.

Nació hace trescientos millones de años, hija del fuego y la tierra, y se quedó hibernando
bajo la superficie. Hace veinte millones de años, al desperezarse la corteza del planeta, el movimiento la sacó al exterior y disfrutó por vez primera del baño en los gases nobles del aire. El Radón, familiar para ella, la acariciaba y creaba un perfecto equilibrio en sus fronteras. De esa manera, se deslizaban los siglos por su presencia casi inmutable.
Seis mil años atrás, apenas un suspiro en la escala de su vida, Ekai la convirtió en harri. Primero redondeó su figura, a base de golpes en los costados, que descubrieron una piel nueva. Luego la levantó.
Tuvo que adaptarse a una nueva vida difícil: por primera vez pasó de la posición horizontal a estar erguida, y la estabilidad absoluta de la que gozaba antes se esfumó en un instante. Aprendió a vivir con una continua sensación de vértigo, pero el mayor cambio fue que su existencia adquirió un significado nuevo.
Debajo de ella reposaban los huesos del padre de Ekai…

ESTELA. LA GÉNESIS DE UN GUERRERO DE PIEDRA

Algunas personas, afectadas por un tipo especial de ceguera, solo pueden ver lo que tienen delante de sus ojos en cada momento. Utilizan exclusivamente la observación como medida. Ellos piensan que las piedras son eternas.
Luego estamos aquellos que, afortunadamente, vemos más allá de la evidencia, porque entendemos nuestra futilidad. En esta vida, y de esta visión compartida y heredada, imagino que surgieron el arte, la música y la religión. Pero vayamos por partes.
Era invierno en esta tierra que hoy se llama gallega, cuando los pasos errantes de un hombre se acercaron al río Támega. En un lugar específico y deshabitado vio algo llamativo, que no pertenecía al lugar o no debería estar allí: una gran roca en medio de una finca recién arada.
¿Qué sería aquello? La curiosidad y una fuerza inexplicable llevaron los pies de aquel hombre, una vez más, para arrastrarle junto a la piedra. Cuando estuvo a unos pocos metros de él dejó de caminar, porque vio que los rayos del sol poniente definían en la superficie de la piedra unos surcos y círculos extraños. El hombre se dio cuenta de que eran petroglifos y la emoción que sintió fue enorme.
Se acercó a la piedra sin siquiera atreverse a tocarla. en su visión interior le parecía y le recordaba a una lápida, una tumba olvidada, una figura humana pétrea. Ese momento marcaría para siempre su vida…

LA PIEDRA ALTA

Ekai sabía de la existencia de las piedras sagradas de Meda, y decidió ir a buscar una de ellas para honrar la memoria de su padre. Habló con sus vecinos y con el jefe de la aldea, se reunió con los Durvidae, y todos escucharon sus palabras por ser él hijo de quién era.
Tenía que hacer las cosas de manera oportuna y sin prisas. Cuando estuvo preparado cruzó el río con sus zancos y subió a Meda, donde una vez había estado buscando madroños.
Sabía exactamente dónde tenía que ir: uno de los rincones de la montaña en el que se hallaban las piedras que él estaba ansioso por encontrar.
Esa ladera era muy fértil. La tierra oscura y roja contenía oro y plata, y luego, a veces, aparecían pepitas entre las piedras en el río. También allí encontraban estaño los herreros, que convertían después en espadas y otros objetos.
Todos aquellos preciosos metales servían para comerciar con las personas que venían de lejos, algunas de las mismas tierras de donde había venido su padre.
Pasó varios días en la montaña. el Durveda le había dicho que primero tenía que olvidar el pueblo, acostumbrarse a la forma de las piedras y dormir sobre ellas. Ver salir y ponerse a un sol que intenta atrapar a la luna llena. Aguardar al momento en que no consiguen verse las caras, y uno muere y la otra nace brillante y plena.
Y así fue como Ekai encontró la piedra que estaba buscando.
Tenía grabados en una de sus caras varios círculos, la mitad de ellos rotos, y una estrella.
Esa noche durmió a su lado y al día siguiente regresó a la aldea para comenzar los preparativos. Para la luna de la próxima cosecha tenía que estar todo listo. Pero antes debía viajar antes hasta el mar para purificarse y hacer unas ofrendas.
(Continuará. Ekai nunca regresó. Sus pasos lo llevaron lejos de esta tierra, pero esa es otra historia)

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