Publicado: vie, Nov 15th, 2019

Los jardines de Sally Cutting

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ESPECIAL PASARON POR AQUÍ (RICARDO LORENZO)

La última vez que vi a Sally Cutting fue el 7 de junio de 2019, en el Salón de Actos del Centro Sociocultural Cecilio Fernández Bustos, en la presentación del libro que hicimos juntos:»Aranjuez, Aranjuez.
Por Aquí pasaron» (Yagruma Ediciones). Esa tarde-noche Sally llegó con Nano Gruber – su compañero de toda la vidacon la sonrisa de siempre y un brazo en cabestrillo: hacía poco que la habían operado de un problema en la mano izquierda, la mano con la que dibujaba, pero estaba contenta ya que la intervención fue un éxito; pensaba que muy pronto volvería a tener el lápiz en la mano y así lo dijo durante la presentación: «muy pronto volveré a dibujar en los jardines».
La primera vez que vi a Sally y a Nano fue en Buenos Aires. Me los presentó Héctor Anabitarte, en un cine de la calle Corrientes, el 9 de diciembre de 1976, en el estreno de «Alicia en el país de las maravillas», de Eduardo Plá, adaptación argentina de la obra de Lewis Carroll, en la que ambos participaban como actores – Nano hacía de Sombrerero Loco y Sally era la Liebre de marzo-.. El filme fue un delirio en toda regla, un tripi libertario que la crítica destrozó, pero que hoy se ha transformado en un filme de culto. Desde entonces, desde aquel terrible 1976, año del golpe militar de Videla, Sally y Nano han estado en mi vida y en la de Héctor, en Argentina y en España Con esa intervención en «Alicia» Sally puso final a su carrera de actriz -yo le decía que se parecía a Charlotte Rampling y a ella le gustaba que se lo dijera- y se dedicó a realizar lo que más amaba: dibujar, ilustrar álbumes, desde sus casas en Brieva y Basardilla -en Segovia- y en su último piso en Madrid, en Malasaña. Desde aquí trabajaba para editoriales de Europa y América: publicó sus libros en Alemania, Argentina, Colombia, Eslovenia, España, Finlandia, Francia, Grecia, Italia, Rusia y Venezuela: «Cautivada desde pequeña por los cuentos, he tenido la inmensa fortuna de poder pasar la vida dibujándolos», escribió para la solapa de nuestro libro.

A partir de 2001, año en que nos radicamos con Héctor en Aranjuez, las visitas de Sally y Nano han sido habituales: comíamos empanadas en el Don Carlos para recordar Bs. As. caminábamos por los jardines, o Federico Hernández nos acercaba en su coche a la Pavera, al cortijo de San Isidro, a los campos de amapolas… Y, siempre rematábamos el paseo en El Rana Verde: Sally pedía su te rojo como buena inglesa -también tomaba mate con deleite que no pudo contagiar a Nano ni al hijo de ambos, Nicolás, nacido en Argentina- , sacaba su libreta y se ponía a dibujar. Sally siempre estaba dibujando y amaba dibujar jardines como los que visitamos juntos, los de Aranjuez, claro, pero también el de Santa Clotilde en LLoret de Mar, los de Marimurta en Blanes, los De Inca, en Torremolinos, El Capricho, en Madrid.

En Aranjuez dejó su impronta ilustrando dos libros publicados en Yagruma Ediciones: «La metamorfosis. Algún relato y otros recuerdos» -el libro póstumo de la poeta y periodista Pilar S-Infante publicado en 2017- y «Aranjuez, Aranjuez. Por aquí pasaron». .. Sally nos dejó el 6 de septiembre pasado estando yo en Buenos Aires. Me lo comunicó Nano en un email: «Sally ha muerto hoy a la una del mediodía». Una muerte imprevista como consecuencia de un tumor cerebral, un desenlace muy rápido difícil de aceptar. «Hay golpes en la vida/ yo no sé», decía Vallejo. No pude despedirme de ella y he estado más de dos meses sin poder escribir estas líneas para decirle adios.
Hace un par de días Nano Gruber me entregó el manuscrito de su última novela -«tal vez soñar»- que comenzó a escribir hace más de un año. La novela transcurre en varias épocas, en la España de la Guerra Civil, en la Inglaterra en guerra y en postguerra. La protagonista se llama llama Sally, una niña desaparecida en el bosque de las hadas que cuenta su vida soñada y tiene muchísimos puntos en común con la Alicia de Lewis Carroll. Uno de los capítulos de ‘Tal vez soñar’ -el 59- alude al Aranjuez dibujado por Sally Cutting Escribe Fernando Gruber, Nano, y quien narra es Sally, la niña perdida: Yo pasé por allí. Una ciudad mágica que empieza con una A termina con la Z.
Sí, yo también pasé por allí. Había unos árboles majestuosos. Y me impresionó su corteza llena de dibujos que mas parecían cachemir o paisley que cubierta del crecimiento.
Los verdes de las hojas eran miles, verdes distintos, verdes llenos de luz y verdes cargados de tétricas sombras, verdes amarillos y azulados, verdes mar y verdes luna. Y había un río. Un río enorme, que venía desde lejos en busca del océano. Y asomándose sobre sus aguas había una preciosa garita de piedra, triste, romántica, con sus seis aberturas rasgadas, sin vigilante que la ocupase, bajo la nostálgica mirada del poeta.
Unos escalones, flanqueados por sendos jarrones de piedra, o así lo parecían, coronados por frutas varias, daban paso a una avenida, custodiada a ambos lados por formaciones cuidadosamente organizadas de árboles inmóviles vigilantes en posición de firmes.
También vi una cúpula de un palacio en el que a lo largo de los años vivieron reyes y reinas, príncipes y princesas, artistas, cantantes, músicos y pintores, jardineros y científicos, filósofos, pensadores, saltimbanquis, bufones, marinos, extranjeros, unos morenos, otros rubios y muchos con peluca, a los que yo no conocí, pero que supe que al igual que yo habían pasado por allí.
Vi a dos niños absortos, jugando inmóviles al escondite, alrededor de un florero que, cómo ellos, eran de piedra. Más tarde, me encontré con muchos otros floreros, colocados con la ayuda de distintos stands, rellenando los vacíos visuales que el encaje formado por la fronda era incapaz de completar. La fuentecilla. La joven melancólica observando a un sestero gordinflón. El puente de piedra sobre el canal. La niña de piedra y el gordo dios griego.
Había también un niño qué a diferencia de casi todos los demás personajes habitantes de aquella selva, era de bronce verde en vez de piedra. Al pobre se le había clavado una espina en el pie, por andar descalzo, que trataba de quitarse pero que, al parecer, debía ser algo muy difícil pues llevaba muchos años, según me dijeron, esforzándose en la tarea.
Había muchas clases de árboles,
muchas. Y también había una casa en ruinas donde había vivido un escritor que fue muy viejo. Y vi un árbol dentro de una casa.
Yo, cómo muchos, muchísimos otros, una vez pasé por aquella ciudad palacio que empieza con la A y termina con la Z.

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