Publicado: Vie, Nov 8th, 2019

Benicassim V

Herbolario
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El enorme puerto de Mahón le dio la bienvenida a la hora de comer. Soplaba una bendita
tramontana ligera que refrescaba el ambiente. Pasó por La Mejor en la plaza del Carmen para comprar una agulla de sobrasada y dos crispells de conserva. Otro recuerdo de la infancia revivido, en aquella tienda que ya existía cuando su padre era un chaval. Luego un granizado de limón, el mejor del mundo, en El Turronero, y más agua. Mientras masticaba el pan teñido de rojo le
asaltó la certeza sobre la necesidad de entrenar el sacrificio en los tiempos que corrían. No por fines caritativos sino más bien egoístas, para conseguir ser más fuerte.
Saliendo del bar se encontró con un hombre de unos setenta años que le resultó familiar, aunque no acertaba a recordar porqué. Se fijó en su aspecto con más precisión y descubrió finalmente la causa. Vestía una camisa igual a la que utilizaba su padre, solo los domingos, casi treinta años atrás. Le emocionó reencontrarse una vez más con el espíritu espartano de las gentes de Menorca.
Había aprendido durante los últimos años una lección clara que era válida para todos los mundos. Hay que medir a las personas por los resultados, no por el valor que puedan atesorar o ellos crean tener.
No servía de nada un Doctorado en el que las conclusiones fuesen negativas. Al final a nadie le importaba que se estudiase lo que no se puede hacer. Pero el mundo estaba lleno de desastrófilos, individuos que pasaban su tiempo previniendo a los demás, pero manteniéndose en una absoluta inmovilidad. Parásitos cobardes. La cura para esas personas: un Máster impartido por el héroe de la camisa vieja. Coincidiendo con estos pensamientos miró hacia la bahía y vio la isla del Lazareto. De su antiguo propósito de albergar a leprosos quedaba solo una parte: ahora había en ella una residencia para uso exclusivo de los funcionarios del Ministerio de Sanidad, en unas condiciones tan ventajosas que resultaban ofensivas.

En fin, de una enfermedad infecciosa se había pasado a otra peor. Sin entretenerse más continuó su camino hacia la segunda albufera de la isla: Es Grau. De allí al elegante faro de Favaritx y en un último esfuerzo llegó a Fornells cuando ya anochecía. Se encontraba a solo una hora del punto de partida, pero dejaría el reencuentro para el día siguiente. Esa noche tocaba un homenaje merecido, porque lo cortés no quitaba lo valiente.
En el más famoso local del pueblo pidió una caldereta de langosta y una botella de Syrah de la tierra. Dio cuenta de todo con parsimonia y deleitando sus sentidos con el recuerdo de las que comía en su casa veinte años atrás. Para Cal-los era el único capricho que se podían permitir y sabía prepararla como nadie en todo el archipiélago. Tras dejar cazuela y plato tan limpios como antes de ser utilizados, volvió a bajar hacia Ses Salines, por donde pasaba el Camí y se quedó a dormir en un pequeño hostal. Ocho horas más de descanso de alta calidad.
Después de desayunar con los dueños del establecimiento y antes de que se despertasen los muchos ingleses que se alojaban allí, se dirigió al Macar Gran. Como imaginaba, el yate ya no estaba frente a la playa. El capitán había seguido escrupulosamente sus órdenes y había levado ancla la noche anterior. Subió de nuevo a su antigua casa y se sentó en el mismo lugar en el que había decidido hacer el Camí.
Hizo balance de la experiencia: en lo material había gastado doscientos noventa y tres euros. En lo espiritual era mucho más rico que cuando inició el recorrido dos días antes. El viaje le había enviado multitud de mensajes en diferentes botellas, que afortunadamente Karlo había podido descifrar.
Confirmó entonces la decisión que había ido definiendo durante la travesía: volvería a empezar, esta vez partiendo verdaderamente de cero. Sin préstamo de venta de la barca, sin ayuda, solo utilizando sus brazos y su cerebro. Dejaría la mitad de su fortuna a su padre y donaría la otra mitad al patronato de lucha contra la lepra en la India.

Calculaba que en dos o tres años ya sabría si su verdadero destino era acabar sus días como pescador o bien si la capacidad de acumular dinero era una maldición inevitable. En cualquier caso, ahora sabía cómo buscar la auténtica felicidad.

Tien21 marzo

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