Publicado: vie, Nov 1st, 2019

Una anomalía democrática

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El pasado jueves, 24 de octubre, España escribió una nueva página en su historia cuando a las 10,30 de la mañana comenzó la exhumación del dictador Francisco Franco, que yacía en Cuelgamuros -denominado posteriormente como ‘El Valle de los Caídos’- desde que fue enterrado hace 44 años para trasladar sus restos al cementario de El Pardo-Mingorrubio.
Esta decisión, llevada a cabo por el actual Gobierno en funciones del Partido Socialista, no contó en su día con el voto en contra de ningún grupo parlamentario en el Congreso de los Diputados; solo el Partido
Popular se abstuvo.
Este país se debía a sí mismo el tomar esta decisión tras un largo periodo democrático en el que ningún gobierno constitucionalista había tomado las riendas en serio para cerrar este asunto. España, hasta el pasado jueves, era el único país en la Unión Europea que aún mantenía un templo en el que se reconocía y homenajeaba la figura de un dictador que acabó con la vida de cientos de miles de españoles durante una dictadura que duró más de cuarenta años.
Esta decisión, en la que han insistido durante tanto tiempo las organizaciones de la Memoria Histórica y las familias de los represaliados, era muy necesaria para que, de una vez por todas, se instaure la democracia de manera definitiva en el territorio español, a pesar de que aún quedan -y queda los nostálgicos que, incluso, sin haber vivido la etapa de la dictadura adulan y enaltecen la figura de un genocida al que la justicia, a diferencia de otros dictadores en el mundo, nunca se atrevió a juzgar por tantos crímenes cometidos.
Lo que sucedió el pasado jueves es tan importante que cualquier demócrata, vote al partido que vote, debería estar de enhorabuena ya que no es compatible la democracia con la defensa a ultranza de una dictadura, sea del signo político que sea. Ni la fascista de Franco, Hitler o Mussolini, ni la comunista de Stalin deberían haber tenido nunca cabida en la historia de la humanidad, pero la tuvieron y por eso es tan transcendetal que un país haya dejado de homenajear la figura de quien ha sido uno de los personajes más desafortunados -por no calificarlo de otra forma- de la historia de España.
En Alemania, por ejemplo, es impensable que se celebre cualquier homenaje o se reserve un lugar de adulación a Adolf Hitler. La gran mayoría de alemanes, sean progresistas o conservadores, reniegan de
la figura de quien llevó a cabo el Holocausto. España, hasta ahora, ha mantenido abierta y sangrando una herida que con la exhumación del dictador puede empezar a cerrarse, a pesar de que aún queda mucho por hacer, sobre todo alrededor de las fosas comunes en la que yacen miles de muertos a los que sus familias aún no han podido ni identificar ni dar un entierro justo. Ese debe ser el siguiente paso.
Otro de los pasos que ha de dar la justicia es investigar a la familia Franco para saber si el patrimonio del que dispone ha llegado de manera natural o se debe a supuestas adquisiciones que el dictador llevó a cabo aprovechando su figura totalitaria. Si el patrimonio el legítimo, nada que decir. Si no lo es, deberían devolverlo a sus propietarios, por ilegítima.

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