Publicado: vie, Oct 18th, 2019

Qué sucios somos

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Por Héctor Anabitarte

A la vuelta de casa hay una farmacia, y en la puerta, no en un costadito, por el medio, por donde forzosamente tienen que pasar los clientes, una gran cagada de perro, se trata de un perro grande. El dueño, si ha decidido no recogerla, puede orientar a la mascota al lado de un árbol, pero no, se trata de un acto de ostentación, se caga en esta ciudad, odia esta ciudad. En algunos lugares, todos los días, las mismas cacas, y en cuanto las meadas, más de la mitad de todas las paredes de la ciudad, están bautizadas una y otra vez, teñidas de negro, y esto no es todo, se está poniendo de moda dejar las bolsas con los restos orgánicos al lado del contenedor. Algunas personas se niegan a abrirlos para tirar la basura, temen infectarse no se sabe de qué, y se trata de contenedores nuevos, que están en servicios desde hace sólo unos cuantos meses. El Ayuntamiento tendrá que distribuir guantes de plástico como los que se usan, necesariamente, en los ambulatorios y en el hospital. Temor a infectarse por utilizar un contenedor y conviviendo al mismo tiempo con tantas clases de basuras en las calles… Resulta contradictorio.
Y en cuanto al llamado punto limpio, suele haber simultáneamente, en la práctica, media docena de ‘puntos limpios’ al lado de los contenedores. Toda la ciudad, a veces, parece el escenario de un ‘botellón’, panorama después de una guerra. Latas, botellas, vasos de plástico papeles y como llega el otoño muchos pañuelos de papel. Y colillas, multitud de colillas, si por cada colilla se tiraran pétalos de flores atraeríamos muchos turistas. Las colillas son muy contaminantes, años de contaminación, envenenan aguas, envenenan peces que después comemos -tiramos las colillas al suelo cuando hay ceniceros de bolsillo que se venden en los estancos-. Y hablando de comer, un vecino me comenta que las cacas que no se recogen con los días se hacen polvo y ese polvo lo respiramos. Está científicamente comprobado que la contaminación… mata. No vale asegurar que tanta suciedad sea culpa del Ayuntamiento. Me consta los esfuerzos -y cabreos- del responsable de la higiene del gobierno anterior, José María Cermeño, e imagino los del actual -recién empieza, lo tiene tan difícil-. Me comenta un trabajador de la limpieza que empieza a las ocho su tarea y se va a tomar un café a las diez. Cuando vuelve al lugar donde interrumpió la faena lo encuentra todo sucio nuevamente. Qué sucio somos. Parece no importar los millones que cuesta mantener la ciudad más o menos decente. Sale caro ser sucio. Y que a nadie se le ocurra llamarles la atención a estas personas: invariablemente, se ofenden, pueden responder «¿y a usted qué le importa?».

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