Publicado: vie, Sep 27th, 2019

‘La canción del olvido’

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[ Publicado en l’Esquella de la Torratxa el 5 de julio de 1918 POR SANTIAGO RUSIÑOL. TRADUCIDO POR FARRAMUNTANA ]

La zarzuela del mismo nombre se estrenó en Madrid en marzo de 1918. Para Julio, como describe Rusiñol en su glosa, las partes más pegadizas de su música ya se habían hecho tan populares que podríamos hablar de un fenómeno que hoy se denomina “viral”. Y, precisamente, el Glosador lo explica así, como si de una enfermedad se tratase. Habla de una transmisión por vía sonora y del contagio a través de las partes más internas del oído; todo, como siempre, aderezado con gran sentido del humor. º º º Al Glosador, cuando está en un país, le gusta seguir las costumbres del lugar. Para compenetrarse con un pueblo no hay como entregarse a lo que pasa, y recibir todas las consecuencias. El que suscribe vio que, en Aranjuez, lugar en el que lleva una temporada, como en tantas otras poblaciones de nuestra ponderada España, representaban esa maldad enigmática y sinalagmática, a la que llaman “Canción del olvido”, que tanto ha dado que discutir a los más eminentes científicos. Y se dijo a sí mismo: tengamos la “canción”. Y como con buena voluntad no hay enfermedad que no se atrape, al cabo de pocos días de ejercicio, ay ¿qué tengo?, ay ¿que tengo?… ya la tenía. Los primeros síntomas los notó como los nota todo el mundo en el mismo caso: al oír tocar “soldado de Nápoles” de la simpática partitura del no menos simpático maestro Serrano, autor con una popularidad que se ha vuelto epidémica. Un órgano sencillo de manubrio, de esos que llevan los tubos como manojos de salchichas, la tocaba por estas calles. Quien no hace mal no piensa, el Glosador la estaba escuchando cuando en un estado de beatitud, a las tres tomas del tal “soldado”, sintió como una pestilencia de microbio musical que le iba entrando por los sentidos. O una especie de picor, digamos de solfa bacteriana, que le iba perforando las dos cajas auriculares que solemos llevar dentro de las orejas. La clave de sol empezaba a obrar. Las fusas y semifusas se iban liando bajo la piel y se apoderaban de los nervios, igual que si fueran pentagramas…y se acabó. Ya estábamos heridos. Al cabo de un momento, ya con algo de fiebre, llegó una pobre que cantaba las coplas de “Marinela” de la tal “Canción del olvido”. Era una de esas mendigas que como no tienen voz, se dedican a cantar. A una pobre con buena voz es natural que no la escuche nadie. Como no hiere a los oídos, se distraen y da igual que canten o no. Pero esta de la “Marinela” soltaba unos gemidos tan penetrantes, que al tomar la segunda toma la fiebre ya había subido dos o tres grados y unas décimas. Nos fuimos a la cama. Cerramos las puertas. Quisimos aislarnos de la terrible “canción”, pero era imposible. En el piso de abajo había una pianola, que al tener corazón mecánico no se cansaba, y venga a tocar “el soldado”. Todas las pianolas que pasaban (Aranjuez está muy perjudicado en este asunto) tocaban “el soldado”, el cabo y el sargento. Los acordeones lo gemían, los violines lo rascaban, y en la cocina, la criada lo gritaba con unos alaridos que uno tenía que ser muy cerebral para no enternecerse y comparecer. El microbio de aquel “olvido” que no han podido encontrar las lupas de tanto caza-átomos que se ha dedicado a perseguirlo, nos había penetrado en el caracol del oído. Y si los sabios de microscopio, en lugar de buscarlo en la sangre lo hubieran investigado en las entrañas de dicho caracol, a estas alturas ya conoceríamos la evolución de esta especie de bestia, que tanto ha hecho escribir a los médicos y quejarse a los enfermos. Porque este caracol de la oreja es un cubil de enfermedades, más de lo que piensan los sabios y tiene curiosidades curiosísimas. El caracol, puestos a escuchar y cargado de resignación, lo mismo aguanta diez o doce horas de Parsifal que cuatro días de “ven y ven”. La naturaleza le ha armado con una membrana de paciencia que lleva del goce al sueño, y del sueño a la anestesia. Y se han dado casos comprobados, de personas que han escuchado en estado hipnótico la trilogía de Wagner, desde la discusión de Votan con Sigfrido y familia, hasta el galope de las Walkirias. Pero, hijos míos, si tanto se le ataca como ha ocurrido con el “olvido”, el caracol dice: “no estoy para más canciones”. Y llega la fiebre, y viene la tos y el abandono, y lo que es peor: con el abandono viene el médico. Y si combatir una enfermedad ya es una cosa bastante difícil, combatir a la vez contra la dolencia y el galeno es casi algo sobrehumano. De todas maneras, le perdonamos todo al distinguido maestro Serrano. Nos ha hecho pasar tan buen rato escuchando su “canción”, que no importa un poco de fiebre. La música suele tener este defecto. Si no gusta, malo, y si gusta demasiado, es una epidemia.

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