Publicado: vie, Sep 6th, 2019

Cuentos de verano de Farramuntana: Arcano [ I ]

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Estamos de paso…hemos venido a observar, aprender, crecer, amar y volver a casa (Dicho Aborigen) El pueblecito se desparramaba a lo largo de la carretera, en la parte más septentrional de un valle rodeado de altas montañas. Otras poblaciones lo miraban desde las laderas, y uno tenía la sensación de llegar en avión cuando viajaba hacia él. Acariciado por el río, lo componían un centenar de casas de estilos diversos. En invierno estaba habitado por los nativos, y en verano sufría una moderada invasión de familias de vacaciones, personas que no apreciaban el sofisticado placer de las aglomeraciones en las playas. Era la época en la que Adelais (que en realidad se llamaba María) conseguía allí los ingresos que le permitían vivir sin trabajar el resto de la temporada. Había llegado a ese rincón cinco años antes, en un viejo Opel corsa de color amarillo Jamaica, acompañando a su pareja de aquel momento: un joven monotemático aficionado al parapente, llamado Pablo, para el que no existía otra actividad interesante que justificase la existencia. María era uno más entre los numerosos utensilios que le permitían volar, y aseguraba la logística y se ocupaba de los detalles mundanos, incluida su esporádica necesidad de sexo. Convivía con ella, pero apenas era consciente. De hecho, era incapaz de ver o escuchar a nadie. Solo simulaba que lo hacía. La mujer era feliz cuando contemplaba como él volaba. Obtenía un gozo por contagio. También sentía un placer especial al verle aterrizar. Era como si volviese siempre a ella, desde ese cielo que se lo arrebataba continuamente. La gravedad era su aliada. Y así, a base de pequeñas compensaciones iba pasando el tiempo junto a una persona que estaba sola por convicción y que la sumía en la más absoluta soledad como consecuencia. Pero un día se encontró la carta en el suelo de la calle Ral, cerca del Hotel Plaza. Era un nueve de copas. La recogió y oyó a la vez, como en una secuencia perfectamente montada, una voz que le decía: —Ni te imaginas la suerte que acabas de tener. ¡Además, la carta estaba boca arriba! Te esperaba precisamente a ti. Miró hacia los labios que habían construido esa frase y los encontró rodeados de una mujer de aspecto peculiar. Ella, acostumbrada a la estética variopinta de los adictos al vuelo, creía que ninguna persona podría parecerle estrafalaria, pero aquella desconocida rompía todos los moldes. Era una gitana albina, con la cabeza rapada, que vestía algo indefinible de color azul brillante, muy probablemente diseñado en Italia, cuyo precio debía estar compuesto de cuatro dígitos. Sus ojos rojos la miraban fijamente mientras proseguía con la explicación. —Para mí es una de las cartas más afortunadas de la baraja. Los gitanos la llamamos la carta de los deseos. Para resumirlo en pocas palabras: es señal y garantía de cumplimiento de tus sueños, sean los que sean, y de satisfacción absoluta en los nuevos proyectos que emprendas. ¿Cuáles eran esos sueños? Descubrió de repente que no los tenía, que Pablo los acaparaba todos y además los alcanzaba a diario. Ella, sin embargo, vivía en un océano de resignación que la mantenía siempre despierta y aburrida. Pero podía empezar a soñar a partir de ese preciso instante… Lo primero que se le ocurrió era obvio: abandonar a su pareja. Con eso empezaba a llenar el capítulo de sueños. En cuanto a los proyectos, miró a su interlocutora y a la carta y se hizo la luz en su imaginación. La gitana sonrió entonces y se despidió con un hasta la próxima. Pablo surcaba el cielo de los Pirineos cuando ella se llevó los modestos ahorros que tenían y le dejó a cambio una escueta nota. “Ahora me toca volar a mí”. Después se acabó lo de dormir en el coche. Alquiló un local en los bajos de un edificio de apartamentos, en la misma calle en la que había encontrado la carta, y compró una baraja en el viejo bazar del pueblo. En la puerta colgó un cartel que anunciaba “Adelais Consejera”. En solo una semana corrió la voz entre las veraneantes y su consulta se llenó de clientas. Descubrió que tenía un don para improvisar sus predicciones y adaptarlas a lo que el aspecto de la persona que tenía delante le sugería. Utilizaba el mazo normal, no el habitual de Tarot, y explicaba que la cartomancia era el verdadero origen de la adivinación. En algunos casos, especialmente cuando se había entonado previamente con un par de copas de single malt, contaba que era heredera del único superviviente de aquellos cátaros que descubrieron el arte que ella practicaba. Hasta se atrevía a comparar sus augurios con el consolamentum. Otras veces recordaba a quien la llevó hasta el lugar actual, y prefería decir que era gitana. De vez en cuando, el nueve de copas aparecía en la mesa. Entonces se le iluminaba el rostro y enunciaba lo que ella llamaba los “vectores” de la carta: Plenitud/Realización/Placer/Satisfacción. Luego describía con detalle lo que aquel rectángulo de cartón acababa de traer a la vida de quien la estaba escuchando: —¿Recuerdas, en un pasado lejano, que había un tiempo en que la felicidad era algo habitual? Cierra los ojos y piensa en aquella edad en la que siempre estabas contenta. Pues bien, esta carta es un anuncio poderoso y afortunado. Habla de deseos cumplidos, y asegura tu gozo. Volverás a sentirte bien, satisfecha en todo momento, alegre. Te lleva de vuelta a aquellos momentos que pensabas que ya habías perdido para siempre. En el cajón derecho de la mesa que utilizaba para echar las cartas reposaba el nueve de copas que ella encontró. De vez en cuando lo miraba un largo rato, y sentía una nueva energía que le transmitía aquel pedazo de papel…hasta que una mañana descubrió que su amuleto ya no estaba allí. Le invadió una intensa agitación. Pensó que quizá alguna de aquellas brujas amargadas, a las que ella adivinaba el futuro, se la había robado. Tenía que descubrir quien había sido la ladrona. Y se dio cuenta de que la sensación de felicidad se había esfumado junto con la carta. Su teléfono móvil emitió un ruidito que ya casi había olvidado. Era el canto de un mirlo, que anunciaba un mensaje. Miró la pantalla que brillaba entre sus dedos temblorosos y vio que el WhatsApp venía de Pablo. Le pedía que volviese con él.

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