Publicado: vie, Jun 14th, 2019

Cuentos de primavera de Farramuntana: Cabañeros

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La llamaron Sagrario. Su padre decía que el nombre la definía cuando bajaba los párpados y escondía su mayor secreto. Porque sus ojos eran mucho más que una hipnótica caja sin fondo. En realidad, tenía la capacidad de trasformar almas con una simple mirada. Sin proponérselo. Sin apenas ser consciente de ello. Y nadie sabía de dónde habían salido esas pupilas, que nunca se habían visto entre sus ancestros, ni en toda la región. Era la hija única de Manuel, un carbonero viudo, que la llevaba siempre consigo en las campañas de producción. No podía dejarla con nadie. La muchacha, vestida como un chico, tiznaba su piel de manera irreversible con el humo de las hogueras y la pegajosa resina de las jaras. Y el tinte oscuro del cuerpo le daba todavía más poder a aquel azul insondable. Una mañana, el padre volvió a la cabaña en la que Sagrario mantenía el fuego y custodiaba las provisiones. La encontró sentada junto a la puerta, acompañada de un lobo enorme. El animal tenía el hocico a pocos centímetros de la niña, que le miraba fijamente, sin miedo alguno. A Manuel, agarrotado tras de una carrasca, le avergonzó su propio temor a ser detectado por el olfato del carnívoro. Pasaron unos segundos que le parecieron interminables, y, de repente, la fiera dio media vuelta y se alejó de la presa con el rabo entre las piernas. Desde aquel día, Sagrario se ganó el título de hechicera. Su fama corrió de boca en boca por toda la comarca. Los que se atrevían a probar la experiencia contaban que, contemplarla de frente, exponiéndose por completo a la intensidad de su embrujo, provocaba una mezcla de dolor y paz profunda… º º º Estaba barriendo la calle con una escoba de mano, sin mango, hecha de ramas largas y finas de brezo. Sus manos, pequeñas pero fuertes, imprimían un vaivén enérgico al sencillo instrumento. Eliminaba una suciedad que solo ella era capaz de ver, porque los alrededores de la puerta de su casa estaban tan limpios como el interior de una vivienda. Era el resultado de un ejercicio similar, ejecutado a diario, sin falta ni excusa, durante los últimos sesenta años. Yo había parado en aquel pueblo, cautivado por el escaparte de la panadería local, para comprar algunas de las irresistibles cosas que en él estaban expuestas. Volvía al coche cuando la vi. Me admiraron la disciplina y la educación, tan escasas en estos tiempos, y no pude resistir la tentación de acercarme hasta ella para preguntarle sobre aquel útil antiguo, y pedirle que posase para una fotografía. Salió de su hacendoso ensimismamiento, levantó la cabeza y me miró. El contacto de sus ojos con los míos desconectó inmediatamente todas las terminaciones nerviosas de mi cuerpo. Recordé que mi hija les explicaba a sus amigas que tenía un padre que imponía respeto con una simple mirada. Pero el negro de mis ojos de lobo estaba indefenso frente al azul extraño que la mujer conservaba, sin trazas de arco senil, a pesar de que ya debía haber sobrepasado los noventa. Era como mirar al cielo uno de esos días de luminosidad extrema, cuando el añil es único, e imaginar el paso de unas nubes inexistentes, mientras el espíritu se lame las heridas y limpia todas sus penas. Era como bañarse en las aguas de una cala escondida, solitaria y exclusiva, y sentir que el frío del cristal cian renueva el cuerpo y recupera la serenidad ya olvidada. Era como si aquella persona continuase limpiando, ahora ya dentro de mi, con una escoba etérea de mágicas fibras. Mis labios, en modalidad de piloto automático, le preguntaron como se llamaba. Ella respondió “Sagrario”, con una sonrisa que tuvo la virtud de desconectarme de sus ojos y devolverme al mundo real. Llegó por detrás un coche, que aparcó junto a nosotros. El acompañante del conductor descendió del mismo, y me saludó con un franco “buenos días”. Luego se acercó a la mujer y la besó. Entendí que acababa de conocer a alguien que debía estar inmunizado contra aquella mirada gracias a la vacuna de los años. Se presentó: Huberto. Su padre le puso el nombre del patrono de los cazadores, para honrar a la profesión que se ejercía en la familia desde incontables generaciones. Era muy hablador, y no necesité tirar de la hebra para que me contase historias, de esas que luego os cuento yo a vosotros. Me dijo que de joven oyó hablar de la cabañera medio bruja, que ahuyentaba a los lobos con solo mirarlos, y supo que habían nacido para estar juntos. Explicó como ganó la aprobación de Manuel, a cambio de pieles y suministro de carne de ciervo durante un año. Y me relató el primer encuentro con Sagrario. —Ahora ya me ha encogido el tiempo, pero por aquel entonces yo le sacaba dos cuartas a la que tenía que ser mi mujer. Recuerdo que era un día en que soplaba una marea molesta, y ella estaba sentada, esperándome, en un banquito de madera de fresno. Así, encogida, me pareció tan poquita cosa, que me pregunté si no me había equivocado en mi elección. Mientras hablaba, miré de reojo a la protagonista del relato, que parecía aún más pequeña, enfundada en una bata de fieltro azul. —Luego ella me miró para atraparme por sorpresa, como hace con todo el mundo. Usted ya debe saber de qué le hablo, ¿verdad? Con más velocidad que el ciervo a la carrera y con mayor intensidad que arremete el cochino herido. Hasta el viento se paró de repente. El caso es que me sentí de inmediato como eso que dice el dicho: “el mejor cazador puede ser cazado”. Y ya ve, así hasta hoy.

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- Diseñador gráfico del Semanario MÁS.

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