Publicado: vie, May 17th, 2019

Cuentos de primavera de Farramuntana: Fisterra [ I ]

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El faro, mas que ninguno otro, ilumina la nada, porque aquí se acaba el viejo mundo conocido. Su guiño se cuela por la ventana de esta habitación que llaman de los naufragios, y, poderoso, eclipsa de manera intermitente a toda la bóveda celeste. Me recuerda que la muerte, omnipresente, está ahí afuera, golpeando a las rocas con incansable violencia. El fruto de esa obsesión está dibujado en una carta de navegación que he visto en la planta baja del edificio. Los cadáveres de una treintena de barcos forman en ella, frente a la línea de esta costa, como ordenados fantasmas. Algunos, como el inglés “the Captain”, se llevaron a las entrañas de la bestia a más de cuatrocientos inocentes. Pero el mapa solo muestra las víctimas ilustres de los últimos dos siglos. En esta costa se han hundido miles de naves desde el inicio de los tiempos del hombre. Por eso el alma se sobrecoge cuando uno pasa la noche aquí. Porque siente a todos los que se han quedado atrapados en esta tierra, lejos de su hogar. º º º Es la tarde previa. Puestos a cuidar los símbolos, el plan es salir de la costa de la muerte y llegar a Santiago el domingo de resurrección. Hace un tiempo de perros, y la previsión es que siga igual durante dos días. Eso le dará más pasión a la aventura. Diluvia mientras paseo por las cercanías del faro, pero no me importa. Voy a ver as pedras santas. Las parejas estériles venían a buscar la fertilidad aquí. Yacían sobre el granito y lo hacían bailar al son del amor y bajo la lluvia, mientras rezaban al dios del fin del mundo para que les diese vida. Luego la religión oficial se adueñó de los milagros que las rocas conseguían y se los atribuyó a San Guillerme. Sin importarles la procedencia del prodigio, algunos se acercan todavía a este lugar para asegurar un embarazo. Arrecia el llanto del cielo. Sopla un viento que siempre está presente en esta costa, y me lanza el agua contra la cara. A pesar de la chaqueta impermeable, empiezo a estar empapado. El cielo, oscuro, se rasga con los arañazos eléctricos. Ruge el trueno. La fuerza de los elementos despierta al miedo inconsciente, signo de mi inevitable fragilidad. Por un momento, el espíritu del rincón último del universo se adueña de mí. Pienso en los marineros de las innumerables naves que lucharon infructuosamente por la vida frente a estas piedras. Pero siento entonces mis pies, firmes y seguros en tierra, y esa simple consciencia me reconforta. Sigo andando, casi bailando, ahora ya armado con una sonrisa, mientras dejo que el frío y la humedad se extiendan por mi piel. º º º El aragonés se preguntó un día de dónde venía el viento que estrujaba a sus nervios. Quizá viajando a ese lugar en el que nacía el cierzo, y yendo después más allá, se podría librar para siempre de su influjo maléfico. De manera que se puso a andar en dirección al noroeste, sin prisa ni plan concreto. Al cabo de un mes, llegó a un lugar en el que se acababa la tierra, y descubrió que el vendaval procedía del mar. Esa certeza le dio a Jorge la paz que necesitaba. Había gastado todos sus ahorros durante el trayecto. Mirando hacia la inmensidad del océano en un día de sorprendente calma, mientras el sol se hundía al fondo del escenario, decidió volver atrás. Apenas medio kilómetro más tarde, una pista descendía hacia el agua. Bajó caprichosamente por ella y encontró los cubos de hormigón. En total catorce, con doce cubículos cada uno. Se hacía de noche y se quedó a dormir en uno de ellos, arropado por la manta que le había acompañado en sus correrías. A la mañana siguiente, le despertó el convencimiento de que quería quedarse a vivir allí. Con el paso del tiempo se enteró de que habitaba en un cementerio construido al acabarse el milenio por un famoso arquitecto. A los lugareños no les gustaba, y aunque el antiguo camposanto ya estaba lleno, preferían hacerse enterrar en otros pueblos cercanos antes que acabar sus días con una muerte de diseño. “É que protestamos moito”, le explicó Roberto, un taxista que trabajaba por la zona a menudo. “Aquí está o mellor de cada casa. Ata temos un Cristo na igrexa cuxo pelo crece”. En una ocasión pasó por allí Cesar Portela, el autor de la creación incomprendida. Le alegró ver que su obra tenía al menos un habitante, aunque fuese vivo, y le dijo que la esencia de aquella construcción era la misma que la de la palmera solitaria que es capaz de dar respuesta a la grandiosidad del desierto; o la de la vela de un barco, contrapunto a la inmensidad del océano; o la de la ráfaga de perfume que inunda la noche y la convierte en embrujo. El único inconveniente del extraño alojamiento era que carecía de agua y luz. A Jorge, que ya era famoso en la comarca, se le ocurrió que podría pedir en el Ayuntamiento alguna ayuda al respecto. Pero el secretario del alcalde usó toda la retranca de la que disponía, que era mucha, para responderle que eso no era posible. Poco tiempo después, cuando estaba reconsiderando la vuelta a su antiguo hogar, le visitó otra alma solitaria: una suiza que criaba caballos en una pequeña granja cercana. No necesitaron hablar para entender que deseaban estar juntos. Él abandonó su cubo, y como muestra del incendio de sus naves, dejó la manta en un rincón. Se fueron a vivir a la casa de ella. Después desaparecieron y nadie ha vuelto a verlos. º º º Hay quien contaba que el hombre era uno de esos niños que los nazis hicieron combatir durante los últimos días de la guerra. Que tuvo que matar a alguien y que desde entonces huía de sus recuerdos. Y que por eso andaba casi desnudo, para despojarse de todo lo que le uniese con el pasado. Otros hablaban de amoríos no correspondidos. De una escritora gallega que le fascinó tanto como para hacer que se quedase aquí, aunque luego le partiese el corazón. El caso es que vivía en la playa de Camelle, en un chamizo que había convertido en museo, en compañía de sus esculturas, el silencio y un taparrabos. Aborrecía las palabras que se expresaban con la boca. Prefería los símbolos y los actos. A todos los que se acercaban hasta su madriguera, les daba un papel y lápices, para que hiciesen un dibujo que luego él colgaba de las paredes de su caótica galería. Un día, soñó que los fantasmas del pasado volvían a por su corazón. Como una sombra densa y maligna, se arrastraban por el suelo y, trepando por las piernas, subían hacia su pecho. Le despertó un frío real, que no había sentido en años de vagar sin ropa. La luz del amanecer era plomiza. Con los primeros rayos de un sol apagado, vio como los pies se le habían vuelto negros. Se levantó y salió a la playa. Allí estaban las tinieblas de su sueño, extendiéndose por la arena, cubriendo sus esculturas y ensuciándolo todo. A lo lejos, en un mar también oscuro, un enorme barco en el que se leía un nombre absurdo: Prestige. No tardó ni un mes en morirse de pena.

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- Diseñador gráfico del Semanario MÁS.

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