Publicado: vie, May 10th, 2019

Cuentos de primavera de Farramuntana: Nomadeando [3] – Bucles. Parte 2

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Ya en la tierra de Boabdil. La sierra nevada hace honor a su nombre y parece de alabastro. Comida japonesa en un local ambientado como si estuviese en Tokyo. A la derecha de los palillos, una toallita milagrosa, de esas comprimidas que los poco entendidos toman por pastilla para la tos. Frente a mí, un par de muchachas. La más alta, con el pelo de color violáceo, sabe perfectamente que el tori yakimeshi es arroz con pollo. Apunto para esta noche: “discutir con la constelación de Orion sobre la evolución de las cosas”. Pero entonces me fijo en las cejas de la experta en comida asiática: son idénticas a las de Federico. Va a resultar que el Cinturón tiene razón. º º º Dicen las malas lenguas que en Graná das una patá en el suelo y brotan diez poetas. Pero cuando uno es del ramo no es necesario maltratar a la tierra que nos sustenta. Como si fueses un perro trufero, los detectas por el aroma a versos. He aquí, sin ir más lejos, a Victoria Ponce, que, además de ofrecer sus libros, se atreve con la improvisación de un poema just in time a partir de una palabra cualesquiera que sugiera el poemado. Cuando la he visto con la máquina de escribir me ha llegado la imagen al alma, porque era ya un poema por sí misma. Estaba creando música para un par de señoritas asiáticas, que no entendían ni papa de español. Entonces me ha pedido que ayudase con la traducción al inglés, y me he sentido por un momento el Sancho Panza de una Quijota espiritual. Me llevo “El balcón y el árbol”. Lo abro por una página al azar y leo: “No duele lo que arde. El ciprés respira”. Se confirma una vez más la ley de las coincidencias. Santiago Riusiñol y sus cipreses me han traído hasta aquí, y ahora me guiñan un ojo desde estas letras. º º º Granada es una mujer de hermosura turbadora, que cada día recibe a miles de nuevos amantes. Todos son inmediatamente atrapados por una sustancia desconocida que ella tiene en el aire. Pero, desgraciadamente, su embrujo da vértigo. Como cenicientos de mil orígenes, los que llegan y se enamoran también se acaban marchando. Ya nunca podrán olvidar a esa hembra, pero se alejan de ella. Y Granada se queda triste y sola, una noche después de otra, esperando siempre al viajero al que podrá retener en los brazos. La melancolía rezuma por sus poros, y mezclada con jazmines compone el bebedizo que enamorará al día siguiente a nuevos, variopintos Odiseos. º º º Conozco de siempre mis involuntarias capacidades camaleónicas. Es llegar a un lugar y a las pocas horas se me ha pegado el acento. Como hace un día que estoy en Granada, ya no pido para desayunar la “media tostá con hamóng y tomate” sino que digo “media catalana cuando puedas” (que significa “ya mismo”, en lenguahe malafoyá). Luego lo compenso con un “ejk’etoy enmallao, reina mora”. Devorado el sólido, llega el té verde que te quiero verde, y en el asucariyo pone esto: “el día que comprendí que lo único que me voy a llevar es lo que viva, empecé a vivir lo que me quiero llevar”. Me doy por aludido y dejo buena propina. Como ya tengo una manera de hablar aceptable, estoy listo para ir a la ciudad de los califas. Y allí me planto en un plis-plas. Si la Alhambra es la oblea consagrada, la mezquita es, como mínimo el cáliz. He visto ya unas cuantas veces este mar de columnas de infinitas simetrías, mestizas con capillas cristianas, y cada vez, como si fuera la primera, me dejan obnubilado (flipado, para que nos entendamos). Tanto, que hasta me veo reflejado en el suelo desprendiendo una amalgama de colores extraños. En ese estado me voy hasta la puerta de Felipe el segundo, y subo a la azotea para ver el puente romano. Me tengo que frotar los ojos, porque la visión está en blanco y negro. La gente que se acerca al arco va vestida con lo que hoy llamaríamos harapos. Algunos llevan las riendas de un burro con alforjas de esparto. Doy la vuelta a la cabeza y del otro lado, junto a la catedral, está el mismo follaero de gente turista, japoneses la mayoría, en perfecto technicolor. Parece que después de tanto hablar ayer del túnel del tiempo, aquí en esta cancela hay uno también. Me voy al restaurante, en la parte interior de la ciudad, para asegurar el tiro. La mesa que han reservado para mí tiene un bonito cartel en una pizarrita clavada en maceta, con mi nombre. Eso me reconforta y olvido el episodio del puente. Viene a tomar nota de lo que quiero Paz Vega en persona. ¿Cómo podrán pagarla con lo que entra de caja en el local? º º º El gigante tiene dos corazones. Uno pequeñito, situado en la garganta, que es el que genera sus emociones, y otro enorme, en el centro del pecho, que bombea la sangre a todos los rincones del coloso. Este último posee veinte válvulas de impulsión y una sola para la admisión, aunque muy grande. Como tiene que enviar calor a un casi infinito laberinto de venas, apenas es capaz de mantener una temperatura de veinte grados. En consecuencia, el Goliat siempre tiene calor. Cuando llega la primavera, escapa del lugar en el que teje con olivos colchas verdes de macramé, y se dirige al norte en busca de las nieves perpetuas. De camino, hace noche en este valle tranquilo, pero excesivamente cálido para él. Por eso, cada año, ejecuta la misma maniobra para engañar a su cerebro, que también es humano, y como tal pequeño: teje otra colcha para las montañas, en este caso con nudos de color blanco. Así imagina que se trata de copos y olvida el bochorno. Los lazos se quedan prendidos en los árboles de la región, y por una extraña y mágica transformación, se convierten más tarde en bolitas de sangre carmesí de gigante. Se pueden comer pero manchan mucho, mucho.

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- Diseñador gráfico del Semanario MÁS.

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