Publicado: vie, May 3rd, 2019

CUENTOS DE PRIMAVERA DE FARRAMUNTANA: Nomadeando [3] – Bucles. Parte 1

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Alguien debió trazar estas rectas con tiralíneas. Hoy las perdices son las dueñas absolutas de su monotonía, y las cruzan como Pedro por su casa. Por mi parte, avanzo por ellas con el presentimiento, irracional pero delicioso, de que voy a encontrarme con Alonso a la vuelta de la primera curva. El hombre sigue luchando contra molinos, pero los de ahora destilan electrones. Sus palas, cien veces más grandes y veloces que las de antaño, amenazan con llevarle al cielo de un solo golpe. Es tierra de una parte de mis ancestros. Me siento a la vez en casa y extranjero. No es novedad, porque ese sentimiento me acompaña en muchos otros lugares. º º º La estación de este sitio que El Bernardo de Balbuena llamó valle de peñas, estaba disfrazada de venta manchega. Era azul y blanca a partes casi iguales. El azul, de esos que despiertan los celos en el cielo y hacen manar la añoranza en el agua. Y Él venía a ver a su amigo Gregorio. Cargado de juventud insolente pero tímida, y de ondas en el brillo del pelo aceitado. Le daba un poco de envidia, celos cariñosos, que Gregorio fuese un poco de todo: dibujante, pintor, poeta, fotógrafo, loco…Pero al menos en poesía podía darle sopas con ondas. A pesar de que algunos de sus versos se le clavaban en la mente, como espinas en la corona de un cristo nuevo: “…embriagando el rocío de esencias”. Debería haberlo escrito Él antes. Los versos estaban ahí en el limbo de las ideas, esperando a que un poeta los cogiese, como el niño que agarra la cuerda de un globo, y los hiciese suyos. ¡Debería haberlo escrito Él antes! Y también el otro: “…como dos almas perlas”. Tenía que repetirse, a modo de conjuro, uno de los propios para volver a convencerse: “y el óxido sembró cristal y níquel…a las cinco de la tarde”, de que Él era peor dibujante pero mejor poeta. º º º La palabra “Venta” es suficiente para fascinarme. Evoca otros tiempos, en los que la vida cotidiana era aventura. Esos en los que pocos turistas, como siempre provenientes del norte, arriesgaban vidas al venir aquí, para luego sentirlas más intensamente de vuelta a sus aburridos hogares. Si, además, la posada está situada en el corazón de Despeñaperros, ya tenemos la miel por encima de las hojuelas. El mesonero tira de lápiz y una cuartilla con anotaciones enigmáticas para verificar que no encuentra mi nombre. Aunque la reserva se haga de manera electrónica, con confirmación virtual, no hay garantía. Pero da igual, hoy no está prevista la llegada de ningún Quijano con acólitos y hay sitio de sobra. La ciento siete y no se hable más. No lo pienso dos veces, dejo la maleta en la habitación, me visto de faena y voy a respirar soledad por estas montañas. Es tierra de lobos y bandoleros. A ver con quién me encuentro. La primavera ha llenado de aromas el desfiladero. Unas orquídeas de color azul me obligan a dar saltos imprevistos para preservarlas. Sorprendentemente, su color es el mismo que el de las paredes de la estación de Valdepeñas. Sopla un viento leve, que dispersa los rayos del sol y los refresca. El parque entero parece estar a mi sola disposición. Apenas algunos insectos rompen la exclusividad…Unas colmenas abandonadas, reflejo del paso caprichoso del hombre…El letrero junto a una cueva, que quizá haya alojado a una docena de diferentes culturas…sigo avanzando sin rumbo ni intención, mecido por las olas del azar. Sin darme cuenta, consumo una hora y otra. Se esconde el lucero más cercano y el frío cae sobre la sierra de golpe. Vuelvo al hotel y descubro con placer que la calefacción está puesta. Ducha. La nariz se apoya en el frio cristal. Me quedo embobado mirando las lomas por las que he pasado. También desde la ventana se ven bailar, por las curvas de asfalto, faros de los muchos camiones que han reemplazado a las antiguas diligencias. Mueven mercancías entre la tierra de castillos y la de castañuelas. Procesión de luciérnagas. La cena en la venta no difiere mucho de la que hubiera sido en tiempos del Tempranillo que compartía botín con los pobres: jamón, pan, aceitunas y vino. Luego, un paseo digestivo por Santa Elena me enseña las luces tibias de las casas bajas. En algunas, los visillos están entreabiertos y puedo robar un poco de intimidad y alguna imagen. La foto de la nieta, el cuadro del ciervo, otra virgen. Alnitak, desde el oscuro techo me guiña un ojo. Parece decir: “¿crees que las cosas han cambiado mucho en los últimos dos siglos? Si mirases todo con mis ojos te darías cuenta de que es, fundamentalmente, lo mismo”. º º º Desde la esplendorosa autovía miro del reojo derecho a la antigua senda, que corre con gran esfuerzo, paralela a mi movimiento. Se han marchitado las casas de sus riberas y ya solo quedan esqueletos encalados. Los tejados, secos, han dejado caer los pétalos de barro al suelo, en donde yacen ahora, partidos por la pena y el olvido. Al otro lado, percibo que un gigante, aficionado al ganchillo, le ha tejido esta noche una colcha de verde macramé a las montañas. Cada nudo es un olivo. Y dentro de cada árbol, otro tejido infinito, hecho de lágrimas duras de oro viscoso. La naturaleza suele presentarse como una muñeca rusa, a la que algunos le han puesto el mal nombre de fractal.

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- Diseñador gráfico del Semanario MÁS.

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