Publicado: vie, Abr 12th, 2019

No es una enfermedad

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Por mucho que se empeñe la Santa Iglesia, la homosexualidad no es una enfermedad y, por lo tanto, ni tiene tratamiento, ni terapias ni, por supuesto, cura alguna. Es una condición libre del ser humano que, desde su propia libertad, elige a quién amar y con quién desea mantener relaciones sexuales. Tampoco es una enfermedad ser transexual, bisexual o intersexual. La pasada semana, eldiario.es publicó que el obispado de Alcalá venía celebrando cursos ilegales y clandestinos para ‘curar’ la homosexualidad, cursos que impartía una supuesta terapeuta, sin colegiar, a un periodista de este medio que se hacía pasar por un joven confuso con su orientación sexual. El objeto de esos cursos era ‘reconducir’ la sexualidad de los alumnos, como si la naturaleza del ser humano pudiese modificarse al gusto de quienes no comparten que pueda haber otras tendencias sexuales alejadas de las ‘clásicas’, una práctica que, por cierto, está penado por la ley de Protección LGTBI. Afirma el clero que ‘lo natural’ es la relación entre un hombre y una mujer y que las demás opciones no pueden contemplarse y, por lo tanto, -según algunos de sus miembros-, tienen que ser tratadas para su curación, una aberración intelectual que choca de lleno con un estudio que afirma que cerca de 100.000 niños han sido víctimas de pederastia por parte de curas y religiosos en todo el mundo. El propio Papa Francisco, en alguna ocasión, ha aceptado que este tipo de prácticas han sido encubiertas por la propia Iglesia para preservar la supuesta fragilidad emocional de quienes han provocado estos hechos con de los que, por supuesto, no se ha mostrado partidario. Igual sería más productivo que la Iglesia tratase de curar la pederastia en lugar de obsesionarse con quien deciden mantener relaciones los adultos de manera libre. Respecto al asunto de la homosexualidad, y a pesar de mostrar una mente más abierta que algunos obispos, aceptando la condición sexual del ser humano desde su libre elección, el Papa afirmó en la entrevista realizada por el periodista Jordi Évole que “cuando una familia ve cosas raras en alguno de sus hijos, consulten a un profesional”, animando a estas familias a acudir al psicólogo como si el psicólogo pudiese modificar la condición sexual de una persona. Simone de Beauvoir dijo que “lo ideal sería ser capaz de amar a una mujer, un hombre, a cualquier ser humano, sin sentir miedo, inhibición u obligación”. Estas palabras se sostienen sobre la lacra que aún en el siglo XXI sigue azotando a las personas que tienen una condición distinta a la heteroxesualidad. En la actualidad, la homosexualidad está considerada como ilegal en más de 70 países e, incluso, en algunos de ellos castigada con la pena de muerte. Hace casi 30 años que la Organización Mundial de la Salud retiró la homosexualidad de su lista de enfermedades mentales y, sin embargo, aún existen numerosos supuestos profesionales y clínicas que enarbolan el heterosexualismo y discriminan a las personas LGTBI, contra las que, incluso, se siguen cometiendo actos violentos y atrocidades. Cierto que se ha avanzado en derechos y en abrir la mente. Rodríguez Zapatero legalizó el matrimonio entre personas del mismo sexo en 2005, aunque gente como Santiago Abascal, líder de Vox, hoy día, sigue sosteniendo que el matrimonio solo es aceptable entre un hombre y una mujer, una firmación que solo cabe en una mente ‘enferma’.

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