Publicado: vie, Abr 12th, 2019

Cuentos de primavera de Farramuntana: Arcdemonio

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Los arcángeles no tenemos voluntad propia. Somos ejecutantes plenipotenciarios al servicio de una voluntad superior, y no nos preguntamos jamás si los designios divinos tienen justificación o no. Obedecemos sin importarnos si nuestros actos son consecuencia de un capricho o de la necesidad esencial. Da igual. Lo nuestro es la comodidad extrema que otorga la disciplina. El caso es que aquella mujer (llamémosla Zena) había tenido una infancia peor que la estándar, una adolescencia infernal y una pre-madurez muy poco afortunada; huelgan los detalles, baste decir que si hubiese publicado sus experiencias en las redes sociales le hubiera llovido, casi diluvio, la compasión en forma de letras. En el cielo se hace balance del ejercicio en curso con una frecuencia que nada tiene que ver con la de las empresas humanas. En el más reciente, el propio Dios se percató de que el ángel de la guarda de Zena había hecho un trabajo deleznable. De la casi infinita población de guardianes personales, aquel fue el único que tuvo una calificación de 1A en el cuadrante de rendimiento. El más vago de todos los que custodiaban las cuatro esquinitas de sus protegidos. Actitud pobre y resultados nulos. Un candidato perfecto para el descenso. Fue enviado directo al Tártaro, donde, sin embargo, no sufrió lo previsto dada su demostrada laxitud. El Supremo hacedor se sintió entonces obligado a intentar corregir el fallo de diseño. Llamó al Director General, Pedro, y le ordenó que mandase a un especialista para remendar el roto sicológico. —Creo que Baruch, vigilante del árbol de la vida, puede ser una buena opción — propuso el otrora pescador. —Ni hablar — respondió con voz atronadora el Boss — para corregir esta chapuza hace falta un arcángel. Ni más ni menos. Además, están ahí en la suite VIP del cielo, aburridos desde hace siglos y ya toca que vuelvan a trabajar. —Señor — se atrevió a sugerir el custodio de las llaves —, este tipo de tarea le correspondería precisamente a Raguel, el que administra justicia. Pero es el único que da el callo en el grupo de élite, no da a abasto con ese tema y no podemos asignarle una misión puntual, cuando apenas puede cumplir la que tiene en curso a nivel global. —Sabes que no me gusta que me lleven la contraria y por eso precisamente aprecio que lo hagas. Entiendo y acepto tus razones, pero estás en el cargo para suministrar soluciones, no para detectar inconvenientes. ¿Qué hacemos? —Hay algunos ángeles que por su magnífica trayectoria están en la posición de inminente promoción a Arcángel… —No tenía ni idea de que existía esa categoría — expresó sorprendido el Altísimo. —Son iniciativas recientes mías, que responden a una demanda creciente del grupo de querubines y serafines, que quisieran ver recompensada su labor con un merecido ascenso. —Bien, bien…aunque tendremos que mejorar la comunicación entre nosotros. No es de recibo que estando juntos toda la eternidad me tenga que enterar de estas cosas en una conversación accidental. —Mea culpa — balbuceó Pedro, cuyas mejillas empalidecieron —. Pues bien, propongo para la tarea citada a Manufar, arcángel interino en este momento. Y voilá, así fue como me enviaron a la tierra a confortar a Zena, con la escasa información que proporciona una charla con Simón. El apelativo de “piedra” le cuadra perfectamente por lo frio y escueto. Me contó la mitad de cuatro cosas y culminó la arenga con un simple “arréglalo”. Me lo tomé como una posibilidad para mi encumbramiento definitivo y bajé volando, nunca mejor dicho, a cumplir con lo ordenado. Fue un juego de niños provocar un encuentro con mi pupila. Me había procurado un aspecto terrenal adecuado, mezcla de ternura y firmeza, que sabía que era garantía de éxito. Adornaba mi apariencia con feromonas de lobo de peluche. Por otra parte, sembraba en terreno abonado por las penurias anteriores, así que solo podía cosechar un éxito extraordinario. Nuestras primeras confluencias se cimentaron en la práctica de aficiones comunes, aderezadas con la especia suprema, el potenciador de sabor inigualable: el sexo. Y del bueno. El mejor para ser más exactos. Dicen los hombres que los ángeles somos asexuados. ¡Vaya bobada! Podemos ser lo que nos dé la divina gana. De manera que provocar orgasmos múltiples es menos costoso para nosotros que hacer pompas de jabón con un canuto. Para resumir, diré que proporcioné unos trienios de paraíso a Zena sin necesidad de tener que pasar por la defunción para obtener el premio. Eso era algo que hacía que ella se sintiese privilegiada, y con cada minuto de excepcionalidad íbamos compensando los anteriores a mi llegada, que habían sido de desgracia. Pero con el tiempo de mi estancia mundana me fui contaminando de algunas imperfecciones mortales. Entre otras muchas equivocaciones, me dio por favorecer a otros humanos, al fin y al cabo, me sobraba tiempo y capacidad. Sin embargo, ella no lo aceptó. Quería mi dedicación exclusiva. Poco a poco me di cuenta de que el brillo de la atracción menguaba en sus ojos. Ahora incluso veía polvo y suciedad entre las plumas de mis alas, a pesar de ser impolutas y tenerlas yo ocultas. Llegó el día en que me dijo: “es mejor que sigamos nuestro camino, cada uno por su lado”. Yo no estaba preparado para afrontar una situación semejante (jamás había abandonado en un combate de almas) y se me ocurrió la peregrina idea de consultar con Pedro. El asunto me valió un destierro temporal en el infierno y, por supuesto, la pérdida de todos los derechos que había acumulado para mi futura promoción. En el Averno, me encontré con el antiguo guardián de Zena, complacido con una vida de penitencia rutinaria. Me contó como su fracaso no había sido del todo debido a la ineptitud, sino también al carácter voluble de la mujer en cuestión. Al cabo de poco, el gerifalte máximo del submundo se dio cuenta de la oportunidad que suponía tenerme en sus dominios, y no vaciló en proponerme un fichaje. —Seres excepcionales como tú son los que necesitamos aquí — me dijo melosamente Satán —. Desde mi propia llegada a este lugar, no habíamos vuelto a tener a un ejemplar de alto rango. Solo pecadores vulgares, que con los milenios acaban promocionando a diablillos de andar por casa. —Sabes que estoy contigo por tiempo limitado — le respondí —. Además, tengo prometido el nivel de arcángel… —Tú y yo nos parecemos mucho — me soltó mientras reía —, ángeles ambiciosos caídos. Parece que ya has aprendido incluso a mentir. Te propongo ser mi arcdiablo especialista en cuestiones de amor. Con tu experiencia reciente lo vas a bordar. Y ya sabes eso de “más vale ser cabeza de sardina…” No lo pensé mucho. Ahora mis alas son negras y paso la mayoría del tiempo en el mundo mortal, trabajando en el asunto de Cupido. Rompo corazones con la misma facilidad que pestañeo. Y en cada ocasión siento en la boca un regusto metálico, agradable, de venganza.

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- Diseñador gráfico del Semanario MÁS.

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