Publicado: vie, Mar 22nd, 2019

Cuentos de Farramuntana: Normadeando 2

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Puede que en este pueblo morasen hace siglos muchas almas. El tamaño de la iglesia así lo indica. Y el nombre señorial, Aldehuela del conde, sugiere un señor servido por innumerables vasallos. Pero el caso es que hoy, en invierno, somos solo treinta viejos los que transitamos por sus cuatro calles. Sin embargo, aquí soy feliz. La sensación que tengo entre estos paisanos es la del patito feo que se ha convertido en cisne. Felicidad plácida, orgullo sereno, descanso al fin. Nuestro lugar de encuentro no es ya el enorme templo de muros de piedra. Se ha trasladado a un rincón más recogido, cálido y discreto: el teleclub. Hacia él me dirijo, y de la fauna y flora que lo puebla quiero hablaros hoy. Antes, cierro la puerta con el sistema de seguridad más sofisticado (un destornillador atravesado entre dos argollas), para asegurarme de que no entren bichos ajenos en casa. —Buenas tardes Gaudencia, ponme un cortadito y a Demetrio lo mismo que esté tomando. Observo sin disimulo a la regenta del local, la hembra más joven del lugar, aunque ya tenga un cinco encabezando la edad, y me sorprende una vez más su mirada. Evidencia una inteligencia lujosa para este paraje. Y no es solo apariencia. —Salud, Graciano — me responde —. Hoy tienes cara de Darwin. ¿Largo de leche, como siempre? Y me guiña el ojo, la muy lagartona. Pero daos cuenta de que me ha calado desde el primer instante: sabe que vengo a investigar las especies. —Poco café y bien despachado de vaca fría — respondo, haciendo oídos sordos a su evaluación. El tercer tertuliano, aún en silencio, nos mira con gesto de no entender nada y no importarle lo más mínimo. Parece estar en otro mundo. Sus mejillas son de un color bermellón, como si fuese el más intenso de los tímidos, lo que proviene de la ingesta acumulada de alcohol durante gran parte de los sesenta y tres años que no aparenta. Pero está consumiendo cerveza sin. —Deme, ¿qué pasa? ¿no te apetece un Ribera? — le pregunto, ejerciendo de Mefistófeles. La propuesta hubiese sido aceptada en el pasado sin dilación. Eran tiempos en los que este individuo tomaba, y no es broma, tres litros de vino al día. Y, a pesar de ello, sus análisis de sangre mostraban unas transaminasas fetén y con ello un hígado indestructible. —Ni hablar, que estoy jubilado — dice para rechazar mi oferta. Y es que, efectivamente, como saben ya todos en el pueblo, ha dejado el alcohol. De cero a cien en un instante. Todo porque el médico le dijo una frase que hizo más efecto que los miles de consejos y recomendaciones previas: —Demetrio, ahora que te vas a jubilar te conviene dejar de beber. Bueno, eso si quieres disfrutar del retiro…pero si te apetece morirte pronto, tú verás. El abracadabra llegó al punto de la mente en que se toman las decisiones y obró el milagro. A partir de ese momento el gran consumidor dejó de serlo. Quitó incluso el candado al armario en el que guardaba las botellas en casa, ese que tuvo que poner antaño para que su padre, de tal astilla tal palo, no le sisase las reservas. —¿Has cobrado ya del Estado la primera paga? —Lo estoy deseando, pero hasta el día veinticinco no toca. Para él será una bendición recibir un salario constante e infalible, acostumbrado a vivir de chapuzas esporádicas y de las ventas de lo que cazaba furtivamente. Entra ahora Chuchi, el marido de la barwoman. Llega, como de costumbre, con la ropa de faena manchada de mil sustancias indeterminables. —Aquí no vengas vestido así, tío guarro — le digo. —Buenos días a todos…menos a uno — responde. Se va completando el microclima humano de las tertulias de los viernes. Sesiones de tinto e inconsciencia que nos hacen bien a todos. Gaudencia ejerce de sacerdotisa en ellas, como si fuese una sicoanalista argentina exiliada en esta remota esquina del mundo. Al fin y al cabo, es la única que no bebe etanol. Bueno, ahora la acompaña Demetrio, pero él no es capaz de desempeñar un rol tan exquisito. El recién llegado, como es costumbre, invita a una ronda a todos los presentes. Al fin y al cabo, incita con ello al consumo que redunda en beneficio de su familia. —¿Ya has cerrado bien la puerta de tu casa? — me interroga — no vaya a entrar la raposa. Se refiere a Visitación, una viejecita cleptómana que se mete en las casas y rapiña lo que encuentra, protegida por la inocencia de su edad. También suele llamar por teléfono desde los locutorios ajenos, y cuando los propietarios la pillan con las manos en la masa, responde “he venido a ver tu casa, que aún no me la has enseñado”. Luego, Chuchi, al que nadie llama Jesús, decide meterse con la víctima propiciatoria, el alcohólico no tan anónimo. —¿Sabes la última de Demetrio? — me pregunta a mí, como si el implicado no estuviese presente. —¿Lo de que solo bebe cerveza cero-cero? —No, hombre. Eso es más viejo que la tos. Me refiero a lo que le hizo ayer a Rufina. —Ni idea. Cuenta, cuenta. —Pues va y se la encuentra por la calle mayor, la para y le dice: “hay que ver, mujer, que mal te veo. Te estás estropeando mucho”. —¡Pero si son de la misma edad, y ella está bastante mejor! Debe ser la lucidez de la abstinencia. De todas maneras, de diplomático no le van a ofrecer trabajo. Hablando de rey de Roma…entran en el local la pareja de vascos importados, Saturnino y Rufina. Frecuentan la Aldehuela desde que eran jóvenes. Antes venían solo de vacaciones, y a base de costumbre, decidieron comprar casa. Al jubilarse, extendieron la estancia a la mitad del año, pero la mujer se queja ahora de la poca concurrencia. —Cada día hay menos gente por aquí — sentencia a modo de saludo —. Y no digamos ya mujeres. Este es un pueblo de hombres ancianos. A ver con quien puede una tener un buen diálogo. Se refiere más bien a un monólogo escuchado, porque ella habla y mucho. Mira por encima del hombro a Demetrio, aún dolida por su sinceridad. Él simplemente la ignora. Los recién llegados construyen las frases de manera diferente a los demás vecinos. Tratan de evidenciar con ello que vienen de la capital, aunque el efecto que consiguen es nulo. Satur apenas abre boca, y cuando lo hace es para soltar alguna afirmación que nos extraña a todos: —Esto no pasaría si los moros hubiesen ganado la reconquista. Con los árabes estaríamos mucho mejor y no habría despoblación. Me muerdo la lengua para no soltarle lo que merecería. Poco a poco, la conversación irá subiendo de tono. En algún momento parecerá incluso que vamos a llegar a las manos, pero todo quedará en agua de borrajas, gracias a la salomónica intervención de Gaudencia, que está siempre al quite. Al final, dentro de un par de horas nos retiraremos todos a casa. La terapia se habrá completado y nuestras almas estarán limpias de nuevo, descansarán sin ensuciar las sábanas, y amanecerán listas para embarrarse con la porquería del mundo al día siguiente.

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- Diseñador gráfico del Semanario MÁS.

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