Publicado: jue, Mar 14th, 2019

Cuentos de invierno de Farramuntana: Normadeando 1

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Las cosas de marketing. Algunos pueblos se hacen famosos por motivos triviales, y otros, que abarrotan sus calles con tesoros de la historia, pasan desapercibidos. Casi siempre por una razón sencilla: hay que salir de la autovía y recorrer unos kilómetros para acercarse a ellos. Y las prisas de estos tiempos no suelen conceder permiso para hacer ese tipo de cosas. Es el caso de Arévalo, rica tierra de judíos y moneda de cambio, empeñada por monarcas varias veces. Tumba de Isabel, que desde ella legó el germen de la locura a su nieta Juana; hogar de la pequeña Isabel hija, que luego se haría tan grande; sede de la breve corte de su hermano Alfonso. Aquí está también el alma mater de Ignacio, padre de todos los jesuitas. En este lugar se dio por bueno el acuerdo con el que España y Portugal se repartían el mundo con una simple línea. Te rebelaste contra el César Carlos, que quería compensar contigo las promesas incumplidas de su abuelo, y desde ese momento lograste la paz. Es ella la que agita desde hace siglos los infinitos campos de trigo que te rodean. Rompió tu altiva serenidad tan solo el triste, inesperado encuentro de dos trenes, que dejó un centenar de espíritus vagando por tus calles. Llevan fragmentos de madera de vagón de tercera clavados en el alma. Intentan guiarse siguiendo los múltiples campanarios de la ciudad, como si fueran waypoints de un gps de piedra. Hoy todavía siguen preguntando a los transeúntes, sin éxito, si por ahí van bien a Hendaya y a la Coruña, y las cigüeñas, que lo ven todo desde las alturas, crotoran e imitan una risa burlona y cruel. Desde siempre les han llamado ninfas, pero yo prefiero decir mujeres del agua. Sé que las hay en todos los lugares en los que está presente el tercer elemento, y que se ordenan por categorías. Las más nobles habitan en océanos y han tomado el nombre de sirenas. Las que gozan de mayor libertad, que viven en los ríos, presumen de poder decidir su destino. Las humildes se hallan en balsas e incluso en cualquier charco, y llegan a disfrazarse de larvas para pasar desapercibidas. Pero son todas poderosas. Pienso en ello mientras contemplo, como si fuera Stendhal, el lago de Sanabria. De repente, veo aparecer burbujas en la superficie del cristal. Provocan unas pequeñas olas que se expanden en círculos concéntricos. Luego una cabeza adornada con cabellos de color rojo emerge del núcleo de las ondas. Le sigue un cuerpo húmedo, bronceado de una manera extraña, del que las gotas de agua escapan viscosas. Aunque parezca mentira, la hembra se sienta en la superficie del líquido, como si hubiese una piedra debajo de sus nalgas, y se pone a cantar. Los gorgoritos que emite me recuerdan a Joan Baez mezclada con el chocar de los picos de las cigüeñas de Arévalo. Entiendo la letra, pero no sé de que habla. Simplemente me subyuga. Al cabo de un rato vuelve a sumergirse en el reflejo de sí misma. Aparte de la ingravidez, otro motivo evidente descarta que se trate de una bañista: la desnudez asociada a la temperatura de este febrero del norte del país. Y, además, ahora que caigo… ¿dónde está la orquesta que ha puesto música a esa canción, eco incansable, que todavía suena en mis oídos? No, no es la edad media, es la plaza de abastos de un pueblecito junto a la ría de Pontevedra. Entro en ese mundo y mi ojo clínico, que es el derecho, se fija inmediatamente en una viejecita que está pesando algo, con forma de paralelepípedo, en una balanza que tiene más años que ella misma. Me acerco y veo que se trata de pan de millo. Lo que queda de la pieza original reposa en un cesto enorme, y lo está vendiendo por trozos. El aspecto de la tremenda hogaza dice a voces “cómeme”. La vendedora intuye que estoy salivando y me lo da a probar. Me quedo sin palabras, pero con una sonrisa que va más allá de las orejas. Le pregunto cuánto pesa el pan entero. “Dezasete quilos”, me suelta. Mi gesto muda al asombro absoluto. Quiero saber más: —¿Cuánto tiempo se puede guardar? —Unha semana. Cuberto cun pano na neveira — me detalla. Y yo vuelvo a la carga: —¿Cuánto cuesta un trozo como este? —Canto, canto, canto…a xente só pensa na cantidade e non na calidade. Como, cando, onde, con que, son as preguntas importantes. Tiene más razón que santa Mariña de augas santas, así que dejo de preguntar y le compro un pedazo de quilo e medio. —Teña en conta que a auga está en todas partes — suelta de repente. Es una revelación que, de momento, no comprendo. La guardo en la memoria para ese momento en que alguna evidencia me descifrará su significado. Ella me guiña el ojo y ese guiño me llega, como una corriente eléctrica, hasta el tuétano. Sus ojos me suenan, aunque no recuerdo donde los he visto. Más tarde, paseando por las calles del barrio de pescadores, me sorprende la certeza: esas pupilas eran las de la ninfa de Sanabria. El lugar parece una maqueta perfecta de sí mismo. Callejuelas estrechas y retorcidas, con casas blancas que invitan a entrar y compartir un cocido con los dueños. Hórreos de piedra a la vera del océano. Gatos gordos, felices y tranquilos, a los que la dieta de buen pescado abundante les enlustra el pelo. En una de las ruas encuentro al fin el símbolo: una rama de laurel colgada en la fachada de la vivienda. Es un furancho conocido, refugio para los que buscamos lo enxebre más que lo gourmet. —Uxío, sírveme una jarra de ese albariño, cor como ouro, que tienes. —Aquí tes. ¿Poño garavanzos para acompañar? —No. Hazme dos huevos fritos, que traigo pan de Marín y quiero probarlo. Al cabo de instante y medio, el celta vuelve con un par de estrellas amarillas de halo blanco en un plato. Rompo un pedazo de denso millo y mojo en la yema. En la boca, la combinación del sólido puro, la emulsión y el líquido dorado, originan un paladar único —yodo y miel — que me recuerda al sabor de la boca de la ninfa…a la que aún no he besado. Es el instante preciso en el que al fin entiendo que “el agua está en todas partes”. Por el río Arevalillo, el lago de Sanabria y la ría de Pontevedra, se trasladó la sirena, siempre buscando el encuentro conmigo. Y escondida, microscópica, en el agua de este pan, ha conseguido al final entrar dentro de mí.

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- Diseñador gráfico del Semanario MÁS.

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