Publicado: vie, Mar 8th, 2019

Cuentos de invierno de Farramuntana: Pasión (Dedicado a Esperanza Oliveró)

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El alma tiene ilusiones, como el pájaro alas. Eso es lo que la sostiene (Victor Hugo). Hace ya un año la vida me regaló el derecho a pasar de los noventa, y todavía hoy sueño, de vez en cuando, con la antigua, queridísima quimera que nació cuando solo contaba seis. Cinco de julio de mil novecientos treinta y cuatro. Día feliz en mis recuerdos. Mi padre me llevó a la plaza de toros de Vich, y era la fiesta mayor, San Miguel de los santos. Durante el viaje en tren, me contó que aquel místico extático era capaz de elevarse del suelo y quedarse flotando con los brazos en cruz. Pero su milagro más famoso fue un intercambio de corazones con el mismo Jesús. —¿Te imaginas — me dijo — lo que se debe sentir teniendo el corazón de Jesucristo dentro del cuerpo? Quizá esa historia preparó mi mente para lo que sucedería después. El vagón se paró frente a la puerta de salida de la estación. El coso quedaba justo al lado. Por el camino, mi padre me contaba más detalles. —La plaza es casi nueva. Se construyó hace menos de veinte años, de una manera bastante pintoresca. —¿Qué quieres decir? —Pues resulta que aquí antes solo se hacían correbous, pero un día, en una partida de cartas en que jugaban varios industriales de la zona, uno de ellos dijo: “Deberíamos tener plaza en Osona, y así no habría que trasladarse a la capital para ver corridas”. Otro le respondió: “Excelente idea, pero ¿quién paga la construcción?”. Y entonces, el que había hablado primero propuso que el que perdiera la partida corriese con los gastos. Y dicho y hecho, jugaron y Esteve Joaquín Costa, que era el de la propuesta, perdió y cumplió con la palabra dada. La gente hacía cola en las diferentes entradas. Nos dirigimos a la de barrera, en donde, según me contó mi padre, veríamos la faena desde muy cerquita. —Vamos a ver a un torero que es pariente lejano nuestro. Se llama José Boixader Españó. —¿Español? —No. Españó, como si lo dijeses en andaluz. Al parecer le llamaban “El niño de la brocha” porque su profesión anterior era la de pintor. Seis años después de su debut ya era el torero catalán más importante de la época. Destacaba en un mundo aparentemente reservado a los nacidos en el sur. —¿Sabes? Le he visto torear varias veces. Recuerdo que en Barcelona tuvo un accidente con el estoque, hiriéndose en una pierna. Y el año pasado, nada más y nada menos que en Las Ventas, en Madrid. Entramos en el recinto. La algarabía, los colores variopintos, las caras de felicidad en los rostros que nos rodeaban, me subyugaron desde el primer momento. Nunca había visto un edificio circular. Jamás había estado en un lugar con tanta gente. Me enamoré de la plaza. Al cabo de poco rato, sonaron clarines y tambores y salieron por una puerta todos los que iban a participar en la corrida: toreros, cuadrillas, picadores, mulillas…un ejército festivo. Yo acribillaba a mi padre con mis preguntas. ¿Para qué son los caballos? ¿Quién es ese señor del palco que ha sacado un pañuelo? ¿Cuál es el niño de la brocha? —El que va delante, en el centro. Le miré con atención. Tenía una boca grande, de labios carnosos, la nariz era recta y los ojos muy oscuros. El traje de color oro y verde. Me enamoré del torero. —Papá…quiero casarme con él. ¿Podré, aunque seamos familia? Creo que todavía hoy, en el cielo, debe estar riendo de mi ocurrencia. Me dijo que sí, que no era impedimento, pero que convendría preguntarle su opinión. Los clarines interrumpieron nuestra conversación, se abrió otra puerta y salió el primer toro. Fuerza, impulso, bella inconsciencia. Ahora le puedo poner adjetivos a lo que sentí, pero en aquel momento, simplemente, me enamoré de los toros. Después, El niño y el astado, negro zaíno, iniciaron su danza. Al principio, el animal quería dominar el baile, pero poco a poco, pase a pase, mi admirado matador le fue acompasando hasta lograr que pareciese que estaban de acuerdo. Cumplido el ritual, llegó el momento en que solo uno de los dos podría sobrevivir, y el que yo consideraba ya mi novio, le dio una muerte digna, certera y rápida al noble animal. La escena se repitió seis veces, enganchándome de por vida a aquel espectáculo. Recuerdo que, por la noche y para rematar la faena, comimos rabo de toro. Sentí algo parecido a lo que había oído sobre el intercambio de corazones. Me sentí toro, me sentí torero…y decidí que quería serlo yo también. Ese mismo año, y durante muchos que le siguieron, le pedí a los Reyes que me trajesen el equipo que había visto en una tienda de juguetes. Montera, capote, muleta y banderillas. Los Magos hicieron oídos sordos a mi petición. Todavía no sé porqué. Me consolaba ejerciendo de novillera en casa, toreando a nuestro perro Kent. Mi hermano le había puesto ese nombre porque era blanco, como los acantilados del condado inglés que se llama igual. El animal era dócil, diría que incluso comprensivo, y permitía mi capricho estoicamente. Le faltaba trapío para aquel juego, pero era el único sucedáneo que tenía a mi alcance. Luego continué con la afición, y ya de mayor solía ir a la Monumental con una sobrina. En aquellos tiempos, José se había convertido en empresario, y regentaba las plazas de Girona, Vic, Olot y Figueres, por lo que tenía ocasiones de verle sin desplazarme demasiado lejos. Mi preferido era Manolete, pero quedaba fuera de mi alcance. Otro sueño. Sin embargo, llegué a establecer amistad con Chamaco, que también había sido pintor. Entonces me preguntaba si había alguna extraña conexión entre los dos oficios. En esa época se iniciaron los sueños repetitivos en los que cumplía mi ilusión. Me veía en ellos toreando toros de verdad, en una plaza enorme, llena de espectadores. Pero la alegría no era nunca completa. Mientras ejecutaba la faena, miraba al tendido y escudriñaba, una por una, las caras buscando un rostro conocido. Sin éxito, porque todas eran extrañas. Me inundaba entonces una gran congoja. Al fin había conseguido realizar mi anhelo, pero nadie de mi entorno conocido podía verlo. ¿De qué servía entonces? Me consolaba pensado que al menos quedaban los carteles, colgados por todas las calles y a la entrada de la plaza, y que cuando alguno de mis familiares o amigos los viesen, sabrían que había llegado a ser torera. Pero al acercarme contemplarlos, veía con tristeza que no estaba en ellos mi nombre de pila, ni otro de guerra que recordase a mí. Tan solo una firma, la mía, ilegible, que únicamente yo podía reconocer. ¿Significaba eso que el mío era un amor imposible? No sé lo que deducirían Freud, Jung o Skinner de esta historia, pero, la verdad, me da igual. La pasión sigue intacta dentro de mí.

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- Diseñador gráfico del Semanario MÁS.

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