Publicado: vie, Mar 1st, 2019

Farramuntana: Texto de Rusiñol

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Texto de Santiago Rusiñol publicado en L’Esquetlla de la Torratxa. 12 de junio de 1914 El ancestro de un bar de alterne, en el Aranjuez de 1914. Aunque Rusiñol habla de un local situado en un callejón poco visto, el caso es que el citado café estaba situado en la calle Stuart, y era el heredero del antiguo “Gurugú”, ya desaparecido, que había sido lugar oficial de libertinaje a finales del siglo XIX. En estos pueblos de Castilla, de los que vamos hablando en el Glosario, porque no falte ningún elemento de los que tienen vistas a Europa, y para que tengan ustedes una muestra de lo que es la civilización con todos sus engranajes, hay un lugar de recreo, que es el “café de camareras”. Este café de camareras, aunque venga de Europa, porque es un café chic, privado, o por su independencia, o para dar misterio a la casa, suele estar en un callejón poco visto y tapado con unas grandes cortinas. El que es atraído para entrar encuentra, de repente, unas cuantas mesas un poco manchadas de aguardiente, unos bancos alrededor de la sala como sitiales de tartana, o bancos de salas de espera; ve tres o cuatro luces eléctricas que nunca se acaban de encender bien o nunca se acaban de apagar lo suficiente; una estufa que se ha apagado por un siempre amén, y una mesa con toda la vajilla que se necesita en estas casas. En cuanto llega un parroquiano, la camarera, que está al acecho, le mira, con un gesto de cansancio, como queriendo decir: “Ya tenemos aquí a otro”, y el parroquiano la mira a ella pensando: “Esta…es de aquellas”. Aquellas …, o sea estas, para ser mujeres de diversión, no tienen pinta de divertirse. Suelen ser jóvenes; pero tan mustias, que parece que estén allí como en un convento de bebida. Seguramente deben ser morenas; pero como pasa con esas casas de Sitges que las encalan tan a menudo, nadie es capaz de saber qué color hay detrás de la costra. Quizá tienen buenos sentimientos, pero andan tan escarmentadas que no los sacan nunca a la parte de fuera, y si conviene hasta son austeras; pero como su oficio es hacer beber y beber ellas, y hacer pagar el gasto, les ha quedado una ronquera que no se la pueden sacar de la garganta. La camarera, pues, en cuanto ve entrar a un cliente, le toma la medida de pies a cabeza, calcula, poco más o menos, el gasto que podrá hacer, el vino que podrá beber, y, acercándose a él le dice: “¿Qué quieres tomar, hermoso?” El hermoso, que suele ser un joven huraño, espeso, piernidelgado y cortado a hachazos, como un final de viga, permanece callado, mira a aquella camarera, cierra los ojos, frunce la nariz y piensa: “¡Ya sé yo lo que quisiera!”. -Vamos, ¿qué quieres? -le dice ella- ¿Aguardiente? ¿Una copa de ron? Y él sigue callado. Calla, pero con los ojos encendidos lo mismo que dos brasas le hace señal de que se siente. Ya sabes que no -le dice ella – Bebe; bebe lo que quieras; pero el sentarnos nos está prohibido. El reglamento. Y es verdad, el reglamento no lo permite. El reglamento de estas casas de desenfreno de estos pueblos de Castilla no permite nada. No hay ningún convento que tenga más orden que el de estos sitios de desorden. En estos cafés de amor tienen prohibido hasta el sentarse junto al enamorado. Como las tienen por sospechosas, les prohíben todo, hasta el mirar. El alcalde las tiene señaladas; el alguacil no las pierde de vista; El municipal las vigila; las mujeres del pueblo les hacen guardia, no pueden sentarse; no pueden salir; no pueden huir, no pueden quedarse; y aquel café que da tanto miedo a la gente de virtud, por un contraste maravilloso es la casa de más virtud del pueblo, y, si la intención no es buena, los hechos son los más correctos que pueda haber en ninguna casa honesta. El joven bebe, mira, vuelve a beber, vuelve a mirar, no encuentra palabras, quisiera raptar a la camarera, aunque no fuera más que por media hora; siente por un momento la rebelión en contra de la esclavitud; mira alrededor por si le pueden ver saltar para darle un beso; pero, cuando comprende que no es nadie para luchar contra los reglamentos, dice alguna palabra obscena que nadie escucha; busca en todos los bolsillos, paga lo que puede o lo que debe, da la mano a la camarera, le tuerce un dedo, remolonea un rato, se va a la puerta, vuelve a mirar dentro, se estrecha los pantalones con la faja y cierra de golpe haciendo temblar las vidrieras. La camarera, dentro, sirve a otro, que llega tan mudo como el primero y con las mismas intenciones, y a otro, y otro, y todos van pasando, con los mismos deseos y las mismas abstinencias. Aquel rincón, sea como sea, es la única visión de vicio que hay en estos pueblos de Castilla. Estas casas en que sólo se peca de pensamiento son una pequeña ilusión de haber conocido el pecado. El que ha estado allí una sola vez ya se puede casar, ya la ha corrido, ya sabe qué es el mundo, ya tiene experiencia, ya ha hecho la juventud, ya es un hombre. Cuando sea viejo y le hablen de aquellos años de juventud, dirá a sus nietos: -En nuestros tiempos nos divertíamos mucho más que ahora. Aquello eran juergas .. Aquello era desenfreno …

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- Diseñador gráfico del Semanario MÁS.

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