Publicado: vie, Feb 22nd, 2019

Cuentos de invierno de Farramuntana: Frusia

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El timbre de la puerta, que sona(Fragmento de “Manchegos en el Real Sitio”. Protagonizado por mi padre, que hoy cumpliría noventa y cinco años, y que fue siempre el mejor embajador de nuestro pueblo, porque como él decía, “aunque nacido en la mancha, soy acérrimo ribereño”). En ese tiempo, mientras su hermano mayor seguía en la farmacia, Frusia asistía a las clases de Don Andrés en su colegio de la calle Infantas. Allí aprendió el paquete básico de lectura y escritura, así como la aritmética esencial. El maestro le enseñó a utilizar una letra elegante, de trazo firme y decidido, ligera- mente inclinada a la derecha. Le inculcó también un enorme interés por los libros, algunos de los cuales le prestaba con regularidad, para que luego el muchacho los devorase durante las noches. —¿A que no sabéis quién fue el primer español? — preguntó un día el maestro. Le respondió un silencio sepulcral, no solo por el respeto que los alumnos le tenían, sino por la dificultad de la pregunta. —Pues según este libro — dijo mientras daba unas palmadas en el lomo de un grueso volumen — fue Tubal, hijo de Japhet y nieto de Noé. ¿Alguien me puede decir como se explica eso? —Yo tengo una idea — respondió Frusia, levantando temerosamente la mano. —¡Adelante con los faroles, Rodríguez! El muchacho se puso entonces de pie y con las piernas temblorosas, dio su explicación al tema. —Pues, si como nos explicó el otro día, después del diluvio solo se salvaron Noé y sus parientes, aquí tuvo que venir un familiar suyo por fuerza. —¡Muy bien! Siéntate, siéntate. Efectivamente, eso es lo que explica el Padre Mariana en este tomo. También dice que el historiador judío Flavio Josefo lo corrobora. Tendría mucha lógica que después de aquella catástrofe los supervivientes se distribuyesen por el mundo, y aquí se dice que a Japhet le tocó Europa, y a su quinto hijo, Tubal, lo que hoy es España. Pero la verdad es que no hay manera de comprobarlo, porque de esto hace muchíiiisimos años. Bueno, ahora un rato de recreo y después continuaremos con la historia. Salieron los chavales a un pequeño patio y se organizaron de forma natural por grupos. En uno de ellos, el que llevaba la voz cantante le dijo a Frusia: —Oye tú, el de la Estación, ponte aquí para taparme el sol, que me molesta. —Yo no soy nada de la Estación. Vivo en la Embreadora, y además me llamo Eufrosiano. —Uyyyy qué gallito nos ha salido el señorito. Y vaya nombre más raro. ¿A que te llevas un sopapo? —Bueno, si eres tan chulo, seguro que eres capaz de hacer lo mismo que yo, ¿verdad? —Pues claro. Venga, a ver qué es eso, que luego ya te calentaré. El manchego se sentó en el suelo y sujetó una de sus pantorrillas con las dos manos, luego, de forma pausada, fue levantando la pierna y moviéndola hacia atrás, hasta ponerse el pie apoyado en la nuca. La dejó allí y dijo a su oponente: —Ahora te toca a ti. Puedo hacerlo con las dos piernas, pero creo que una bastará. Al ver la facilidad con la que Frusia había ejecutado aquel movimiento, el aludido intentó repetirlo. Sin embargo, la pierna no quería llegar ni a la mitad de camino. Enfadado por la evidente derrota, el muchacho dio un fuerte tirón para probar a elevarla, de resultas de lo cual se oyó un sonoro crujido, inmediatamente acompañado por la cara de dolor del implicado. Unos segundos después lloraba como una magdalena. —Parece que no has sabido — le dijo Frusia, mientras se acercaba al doliente inválido —. Ahora que no eres capaz ni de moverte, ¿quién va a canear a quién? El resto de alumnos coreaba “Dale, dale, dale”, cuando el vencedor tendió la mano a su enemigo y le ayudó a levantarse. Una vez enterado el maestro, mandó llamar a los padres de aquel chaval, que se llamaba José Luis, para que lo llevasen a curar. Después continuó con la clase. —En este otro libro se explican cosas más recientes, que pasaron hace un poco más de cien años, aquí mismo en Aranjuez, en tiempos de la ocupación francesa. Los alumnos, excitados por la reciente pelea, prestaron suma atención a las palabras del instructor, del que esperaban oír las historias de batallas que tanto les gustaban. —Veréis, el rey Carlos, que era débil y temeroso, estaba decidido a marcharse de España para evitar problemas con Napoleón. Su hijo Felipe, ambicioso y despiadado, confabuló para que la gente creyese que a los reyes se los llevaban a la fuerza los gabachos, con ayuda del ministro Godoy. Entonces, una turba compuesta por lacayos, cocheros, palafreneros, forasteros traídos de Madrid, trajineros de la Mancha, cuatro vecinos y algún soldado, se amotinó aquí en nuestro pueblo. Todos ellos obedeciendo las ordenes de un tal “Tío Pedro”, que en realidad era el revoltoso conde de Montijo, Toda la clase seguía con interés la historia, deseando llegar al punto en que se produciría la anhelada guerra. —De resultas de tanto alboroto, el rey, jiñado de miedo, abdicó en su hijo, para que este calmase a la muchedumbre, lo cual hizo sin el más mínimo problema. Después, acabamos echando a los franceses y nos quedamos con un monarca que era aún peor que el anterior, sin las modernidades que nos traía Francia, y encima por decisión propia. En las caras de los oyentes se apreciaba un gesto colectivo de decepción, al no haberse producido el punto álgido que todos esperaban. —Os explico esto para que entendáis que a veces, cuando creemos tener razón, nos la están dictando otros, que van a sacar tajada de nuestros actos. Y que la única manera de evitar eso es leer, leer y leer, para tener la cultura y conocimiento necesarios y juzgar por nosotros mismos. Para eso estáis aquí y esa es mi responsabilidad.

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- Diseñador gráfico del Semanario MÁS.

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