Publicado: vie, Feb 15th, 2019

CUENTOS DE INVIERNO DE FARRAMUNTANA: Fantasmas Plateados [ yII ]

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El timbre de la puerta, que sonaba de manera insistente, le desconectó de aquellos pensamientos. Abrió rápidamente y se encontró con el vecino de abajo que le preguntaba con visible ansiedad: —¿Cómo está tu hijo? ¿Le han salido manchas negras? Frusia, bastante desconcertado por las preguntas, respondió, aunque no comprendía gran cosa, que daba por sentado que Farraguas estaba bien y sin manchas, puesto que en aquel momento se encontraba en la Embreadora con su madre, abuelos y primos. —Qué suerte habéis tenido entonces —respondió el vecino —Mira como está el mío. Asomó apenas tímidamente la cabeza el crío, estirado por el brazo por su padre, mientras se esforzaba por permanecer escondido tras del progenitor. Sus regordetes mofletes eran de color gris negruzco, dandole un aspecto extraño, similar al que tenía el dibujo de la raza aceitunada en las enciclopedias Álvarez. —Y no se quita, no es suciedad —añadió el preocupado padre —. Parece que hay más niños igual, por eso te preguntaba. Voy a llevarle al hospital, por si es alguna epidemia. —No parece nada grave, al menos por el estado general de tu hijo. De todas formas, voy contigo y así me entero, por si acaso hay que prevenir algo. Cuando llegaron a la puerta del Carlos III encontraron allí a un gran grupo de padres con hijos igualmente tiznados. Rodea- ban a un médico que había salido a recibir al primer afectado y que luego se vio desbordado por una avalancha de casos similares. —Por favor, cálmense —estaba diciendo el galeno —Los niños están bien, no hay fiebre ni síntomas preocupantes. Esto parece más bien algo que han tocado. En realidad se asemeja muchísimo a las manchas que quedan cuando se queman las verrugas, pero a lo grande. Se produjo entonces un gran alboroto mientras todos los agobiados padres les hacían preguntas desordenadamente a los afectados. El doctor impuso de nuevo silencio y eligió a uno de los chavales para el interrogatorio oficial. —¿Cómo te llamas muchacho? —a lo que el aludido respondió: Pedro —. Bien, pues ahora me vas a explicar, sin olvidarte de nada, todo lo que has hecho esta tarde. Tras de una corta sesión de preguntas y respuestas, se conoció finalmente la explicación del suceso: El Hoyo, un enorme agujero en la explanada central frente a las casas de los enanos, se utilizaba de manera más o menos oficial como vertedero de escombros, lo que no dejaba de ser un procedimiento indirecto para acabar de rellenarlo. Aquella ma- ñana de inicio de primavera del sesenta y cuatro, un camión con desperdicios procedentes de obras en MAFE descargó en el gran socavón, sin darse cuenta el conductor de que junto con aquellos desechos de derribo iban unos sacos que habían sido reutilizados para almacenar los cascotes. Tales sacos habían contenido anteriormente nitrato de plata, materia prima principal para la elaboración de película sensible. Por la tarde bajaron a jugar los numerosos chavales que poblaban el barrio. Al ver aquellas grandes bolsas, no tardaron en encontrarles aplicación para la diversión, y tras vaciarlas y realizar en ellas agujeros para ojos, boca y nariz, se las pusieron como túnica que les cubría desde la cabeza a los pies. Se cumplió una vez más la Ley de Murphy, puesto que el primer ideólogo de aquel juego había visto con sus padres, pocos días antes en el cine del pueblo, la película “Suspense”. En ella, Deborah Kerr era institutriz de dos huérfanos dominados por los antiguos criados, ya muertos, en una mansión solitaria. De manera que el tema de los fantasmas estaba de moda aquella semana y el hoyo se llenó de espectros de pequeña estatura que se asustaban los unos a los otros con los consabidos “uhhhhh”. Después de varias horas de distracción, los restos del nitrato activados por la luz y el sudor ya habían producido la oxidación de la piel, mientras se convertían en plata metálica. Cada cual volvió a su casa, y en ellas, las madres de varias docenas de niños se llevaron un susto morrocotudo al ver a sus hijos con las aparatosas manchas negras en manos, brazos, piernas y cara. De ahí a la visita al hospital había pasado solo un santiamén. —No deben preocuparse —concluyó el médico —esta negrura durará solo dos o tres semanas. La ha producido un compuesto que también se usa en medicina para cauterizar y como antiséptico, pero que de todas formas es peligroso. La suerte es que han estado expuestos a muy poca cantidad. Traigan a los niños mañana y les daremos un producto que les ayudará a aliviar las posibles molestias. Lo siento pero en este momento no dispongo de cantidad suficiente para todos. Pasadas veinticuatro horas, la comitiva volvió al hospital. Allí fueron pasando en fila todos los manchados por una sala en la que, con una pequeña brocha, les aplicaron polietilenglicol. —Este líquido cura las quemaduras químicas, que es como podríamos calificar lo que os ha pasado. No os tenéis que tocar las manchas hasta que se seque del todo. De aquí a un par de semanas ya tendréis piel nueva. Y así acabó aquel suceso, que, sin embargo pudo tener consecuencias mucho mayores, de tipo financiero, que los ribereños no llegaron a conocer. En aquella época se generaron numerosas fusiones en la industria fotoquímica. Agfa se unió a la belga Gevaert y absorbió completamente a Perutz. Como consecuencia de dicho proceso, debía integrar también definitivamente a MAFE. Todo ello se producía precisamente en el sesenta y cuatro, el año de “los fantasmas”. En medio del proceso de adquisición, el Director General de MAFE era otro vasco, Fernando de Gortázar, que parecía perpetuar la tendencia que había iniciado Bordegaray. Licenciado en Derecho, era experto en tratar temas espinosos. Por ello no perdió la calma cuando le comunicaron el incidente del hoyo. Las consignas que dio desde Madrid fueron claras: resolver rápidamente el asunto, de forma que ningún afectado pudiese quejarse más de un día. Evitar a toda costa la publicación de los hechos. Nadie en Alemania debía enterarse de aquello. Conocía bien a los futuros propietarios y sabía que eran muy susceptibles a los temas de seguridad y salud. Una mala impresión, por pequeña que fuera, podía llevar al traste la operación en curso. Y sin el capital germano la fábrica no tendría porvenir. El verano de ese mismo año, MAFE sufrió un pavoroso incendio que destruyó toda la sección de colada y algunas dependencias anexas. Por aquel entonces Aranjuez no contaba con parque de bomberos y fueron los de Torrejón los encargados de sofocar el fuego. Los trabajadores de la fábrica les esperaron con angustia durante algo más de una hora, mientras el acetato de celulosa utilizado para la fabricación del soporte seguía quemando. Muchos años más tarde, ya en el segundo milenio, la irreversible evolución hacia lo digital llevaría a MAFE al cierre definitivo.

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- Diseñador gráfico del Semanario MÁS.

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