Publicado: vie, Feb 8th, 2019

Cuentos de invierno de Farramuntana: Fantasmas Plateados [ I ]

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El reciclado y aprovechamiento de las cosas hasta su completa extenuación estaba ya más que inventado en los años sesenta. Las familias generaban únicamente basura orgánica y en cantidades muy limitadas. Todo lo demás se guardaba a la espera de su reutilización. Los periódicos, por ejemplo, gozaban de muchas vidas antes de morir del todo en algún fuego. Por ello se almacenaban preciosamente en un cajón. Frusia fue a buscar una hoja de diario a ese depósito, para envolver el bocadillo del desayuno del día siguiente. Ni que decir tiene que el papel volvería a casa una vez consumido el almuerzo. Si no se había manchado de grasa, serviría para otro viaje y así sucesivamente hasta rendir su último servicio como ayuda para prender la lumbre en la cocina económica. Echó mano del ejemplar que estaba al fondo del cajón, que debía ser el más antiguo, y por tanto con menor interés para su relectura. No obstante, se quedó mirando las noticias que apa- recían en aquel ABC del verano del 51, que ya tenía trece años. En la quinta página, un reportaje con dos grandes fotografías detallaba el desplazamiento del Jefe del Estado a Aranjuez, durante el cual visitó varios centros industriales. ¡Vaya si se acordaba de aquel día! Franco se había paseado por el pueblo con una ingente comitiva compuesta de siete ministros, varios Subsecretarios y directores generales, Obispo, Gobernador, jefes del Sindicato, su recientemente adquirido yerno, y finalmente el Alcalde de la Real Villa, Don Carlos Richer, al que en aquella ocasión le tocaba transpirar mucho más que lo que provocaba el clima. Pasaron por la Penicilina, en la que Frusia todavía no trabajaba. Pero oyó explicar a sus compañeros, años más tarde, que a ningún operario se le permitió la proximidad con el séquito. En lugar de los trabajadores habituales, las autoridades encontraron a los jefes de cada sección en los puestos de operación manual. Todos los obreros permanecieron mientras tanto agrupados al fondo de la nave, en fila junto a una pared, custodiados por un cordón de policías de paisano. Su amigo Mario, que trabajaba en MAFE, le contó una escena muy parecida que se había producido en la visita a la nueva fábrica de producción de Manufacturas Fotográficas. Fueron a recibir al Caudillo a la puerta de la factoría un trio de composición precisamente calculada por los estrategas del régimen, ninguno de ellos nativo de Aranjuez. Un vasco, un catalán y un andaluz. Un burgués financiero y dos nobles. El primero, el presidente del Consejo de Administración, Tomás de Bordegaray, que tenía la simpatía del visitante asegurada, por haber sido combatiente voluntario en el Tercio de Requetés de Cristo Rey durante la Guerra Civil. Poseedor de la cruz roja del mérito militar, la cruz de guerra, la medalla de la campaña y la gran cruz del mérito civil, que lucía durante el evento. Banquero, creador de empresas y consejero de varias compañías claves en el país. Los dos complementos y vocales del consejo, guiño a la monarquía, eran el Vizconde de Boix, de alcurnia antigua de origen francés y descendiente de caballeros templarios, y el sevillano Pablo de Atienza, Marqués de Salvatierra y Paradas. Mario le detalló también a Frusia lo que aquellos gerifaltes le habían explicado a Franco: que la fábrica tenía capacidad para producir cada año treinta mil kilómetros de película virgen sobre soporte pretendidamente ininflamable. Lo cierto es que el acetato de celulosa era claramente más seguro que el antiguo a base de nitrato, pero no ajeno a los riesgos del fuego. Material para dar tres vueltas a España, añadieron, advertidos previamente de que este tipo de comparaciones eran apreciadas por el que les escuchaba. Existía la posibilidad de doblar dicha capacidad en un futuro próximo. También se fabricaba película radiográfica, papel fotográfico en todos los formatos, microfilms y film magnetofónico. Aquella enumeración, que transmitía la impresión de avance tecnológico, se remataba con la guinda: con el producto de MAFE se evitaban importaciones por valor de veinticinco millones de dólares, equivalentes a la mitad del consumo de película en España, y se generaban a la vez exportaciones por valor de tres millones. El conjunto mejoraba francamente la pobre balanza de divisas del país. Al acabar el recorrido, y como no podía ser de otro modo, Franco firmó en la primera página del libro de visitas. Su dedica- toria y rúbrica llenaron la plana, a la que nadie más podría tener acceso. Frusia recordó que en el mismo solar en el que ahora se producía película habían estado, inaugurados en el treinta y dos, los Estudios de Cinema Español. El plan original era construir lo que hubiese podido ser el Hollywood ibérico y la mayoría de ribereños soñaba en aquel tiempo con las posibilidades que ello representaba para el pueblo. El presidente de dicha sociedad era el Conde de Vallellano, que fue alcalde de Madrid con Primo y amigo personal del Rey. El mismo que sería nombrado ministro de obras públicas justo un mes después de la visita de Franco a Aranjuez, lo que evidenció que su predecesor no había cumplido con las expectativas. Pero la quiebra de aquella sociedad, dos años más tarde, reconvirtió el proyecto en el más modesto denominado Estudios de Aranjuez, en los que se rodaron algunas producciones famosas, pero que nunca llegaron a alcanzar el nivel esperado. En el cuarenta y cuatro se produjo la última película en el pueblo, con una jovencísima Sara Montiel que entonces contaba solo dieciséis años. Ya en el cincuenta y uno, sin tregua para el desánimo como relataba el artículo rescatado del cajón, se construyó la fábrica de película aprovechando parte de las instalaciones de los estudios, en una zona cercana a donde después estarían las casas de los enanos. Dicha empresa, que proporcionaba trabajo a numerosas personas en el pueblo, era ahora parte del patronato que subvencionaba al Colegio de los Somascos, en el que estudiaba Farraguas. En el campo de deportes anexo a sus instalaciones se celebraban incluso las pioneras olimpiadas deportivas para estudiantes. Frusia rememoró también la inauguración de la calle Joaquín Rodrigo, patrocinada por MAFE en el otoño de hacía ya casi cinco años. Toda la familia había asistido al evento. María estaba especialmente ilusionada por poder ver de cerca al compositor de aquel concierto del que tanto le hablaba su padre. El mismo Tomás de Bordegaray que recibió al Jefe del Estado, escoltaba en ese momento junto con el alcalde, Manuel Sarcia, al insigne músico que daba nombre a la calle. Ante el micrófono, el maestro Rodrigo explicó cómo la obra nació sin nombre, tras una proposición del Marqués de Bolarque en San Sebastián para que escribiese un concierto de guitarra. Fue más tarde, paseando un día por los jardines del Real Sitio y hablando de historia con su mujer, la turca hija de sefarditas, Victoria Kamhi, cuando lo asoció con Aranjuez. Faltó en aquel acto la interpretación de algún fragmento del concierto. Ello le hubiese hecho más popular entre los ribereños, que en su mayoría lo desconocían.

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- Diseñador gráfico del Semanario MÁS.

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