Publicado: vie, Feb 1st, 2019

Cuentos de invierno de Farramuntana: ‘Cambio’

Comparte
Tags

Nadie se queja de tener lo que no se merece (Jane Austen) Estoy en el hemisferio opuesto al de mi nacimiento. ¿Por o para qué? chi lo sa, quizá huyendo de una parte masoquista de mí mismo, o puede que solo como excusa para escribir este texto. El termómetro del exterior, situado en la sombra para evitar distorsión, ha estado marcando treinta y muchos grados durante las últimas tres horas. Envía su señal a la pequeña “estación meteorológica” del comedor, que compara ese bochorno con el del interior de la vivienda. Hay varios grados menos dentro, pero aparentan ser más gruesos. Afortunadamente, como la humedad está por debajo del cincuenta por ciento, el asunto todavía es soportable. De repente los dígitos empiezan a bajar. En apenas media hora pierden los treinta y luego llegan a unos alucinantes veinticinco grados. Uno no acaba de creérselo, pero la luz grisácea lo corrobora. Es momento de abrir las ventanas para dejar entrar al viento que empuja a la tempestad desde el lejano mar. Una bandera en el campanario, completamente tersa, es la mejor manga para ver desde dónde sopla Eolo. Suenan truenos lejanos. Pocas cosas son tan deliciosas como una tormenta en verano. Adoro el tiempo cambiante, y creo que en esta ocasión la mayoría de los vecinos coinciden conmigo. En general, a los seres humanos no les gustan los cambios. Y sin embargo no hay oportunidades lejos de ellos, son la esencia de nuestra evolución. Pero así somos, animales que han perdido irremediablemente el instinto. El cielo está precioso. Hay todavía un pedazo de azul, salpicado de nubes blancas, que está siendo invadido gradualmente por la oscuridad de los nimbostratos. En una zona al Este se observa algo parecido a un borrón, como si un gigante hubiese pasado los dedos por el paisaje. Es la lluvia que viene. El ruido de las gotas cayendo sobre los tejados se va acercando. Al principio es solo un murmullo, después se transforma en una canción de cuna que me transporta a la infancia. ¡Lo que daría ahora por volver al tiempo de las botas katiuskas! Cierro los ojos y respiro profundamente esta humedad inesperada, mientras disfruto de la sensación sencilla pero incomparable. Ya estamos por debajo de veinticuatro grados. ¿Y si la temperatura continuase bajando? ¿Qué ocurriría si nevase, por ejemplo? Yo os lo diré: la gente protestaría. Por mi parte tengo que agradecer una vez más, y nunca serán suficientes, lo que me enseñó mi padre: la Elegancia de no ser un quejica. Él era un hombre sencillo, modesto, trabajador espartano, luchador callado, que jamás echaba a los demás la culpa de cualquier cosa que fuese capaz de cambiar por sí mismo. Hasta el final de sus días…o, mejor dicho, hasta el último segundo de su vida, que pasó peleando en silencio y con entereza contra la enfermedad que se lo llevó, siempre mantuvo y trató de contagiar ese estilo. ¡Qué lástima que no le diese tiempo a impartir un Master gratuito al respecto! Convendría que se apuntase al mismo la mayoría de la sociedad actual. Aunque nadie lo haría voluntariamente, para qué nos vamos a engañar. Con lo cómodo que es quejarse, y lo consoladora que es la lástima. Frusia (que tal era el nombre de mi progenitor) coincidió de alguna forma con el filósofo Reinhold Niebuhr, que resumió la misma forma de entender la vida en una plegaria: Señor, concédeme serenidad para aceptar todo aquello que no puedo cambiar, fortaleza para cambiar lo que soy capaz de cambiar y sabiduría para entender la diferencia. Viviendo día a día, disfrutando de cada momento…

Sobre el Autor

avatar

- Diseñador gráfico del Semanario MÁS.

Deja un comentario

XHTML: Puedes usar estos tags HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>

BANNER