Publicado: vie, Ene 4th, 2019

Cuentos de otoño de Farramuntana: Los bichos raros [ yVII ]

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—Hay muchas personas obsesionadas con la comida sana, el recuento de calorías y el ejercicio a ultranza, pero ninguno como Ultranature. —Seguro que hablas de algún pirado de las dietas raras. —Mucho más que eso. Medía cerca de dos metros y pesaba menos de ochenta kilos. Más que fibra era resorte metálico, porque a su figura extremadamente estilizada le acompañaba un comportamiento nervioso y sincopado. Era como un personaje de un cuadro de El Greco, al que le aplicasen continuamente imaginarios electroshocks wireless. Había creado una filosofía de lo sano, modelo Frankenstein. Tomaba de aquí y de allá ideas, las moldeaba a su gusto y las mezclaba para componer la rutina que, según él, le aseguraría una longevidad Guiness. De los yoguis adoptó el concepto de consumo de sus fluidos íntimos. Ni una sola gota de orina, y menos aún de semen, se escapaban del reciclado. Pero refinó el hábito con una práctica adicional: la reabsorción de sustancias esenciales que se escapan con las heces. Dicho así suena incluso elegante, pero se trataba simplemente de untar sus muñecas y tobillos con los propios excrementos, dejándolos actuar durante la noche. Esta tanda de costumbres tenía inconvenientes obvios. No solo en lo relativo a limpieza, dado que tenía que lavar las sabanas a diario, sino además en el capítulo de relaciones personales. Su novia, por ejemplo, se negaba rotundamente a besarle y a pasar una noche en la cama con él. —No me digas más. El caso está justificado con la introducción. —Pues aún queda sustancia. En cuanto a la alimentación, consumía casi exclusivamente los restos que los restaurantes chinos tiraban a la basura. Les atribuía virtudes desconocidas, que, según su versión, provenían de la sabiduría milenaria oriental y del extremo reciclado de las materias, similar al que él realizaba con sus líquidos y sólidos naturales. Si en alguna oportunidad tenía que comer otra cosa, por estar invitado o de viaje, pedía que lo cocinasen hasta el aburrimiento. Las carnes y pescado en modalidad suela de zapato, y las verduras hervidas largamente, para lograr destruir completamente su sabor. Creía que las personas desprendían toxinas de efecto irreversible, que se concentraban sobre todo en las extremidades, con una capacidad de contagio ilimitada. En consecuencia, no daba la mano a nadie, lo que producía escenas tensas cada vez que se le presentaba un nuevo conocido. Otro rasgo chocante era que llevaba siempre consigo un trozo seco de placenta, que olía en las ocasiones en que se sentía deprimido. Obviamente, no era la que le había alimentado durante su propia gestación, pero ejercía el efecto psicológico esperado. —El perfume de ese amuleto debía ser de órdago. —Capaz de desalojar un campo de futbol lleno, en cuestión de segundos. Para redondear el perfil, era adicto a las carreras de montañas de ultra distancia. Es decir, a aquellas cuyo recorrido excedía de los cuarenta y dos kilómetros de una maratón convencional. Se apuntaba prácticamente a todas las que se celebraban en la provincia. No obstante, era incapaz de acabar ninguna. Solía rajarse antes de la mitad de cada prueba. A pesar de ello preconizaba cuan saludable era dicha práctica, en combinación con todas sus otras locuras. Uffff, colofón redondo a la colección. ¿Comprendes ahora porqué tuve que marchar de allí? El interlocutor del emigrado salió de la habitación en la que habían estado hablando los dos durante un par de horas. En el exterior, le esperaban dos personas vestidas con batas blancas. —¿Conclusiones? —Tiene una imaginación portentosa. Si se dedicase a escribir lo que se le ocurre, podría ganarse bien la vida. Pero lo cierto es que está como una cabra. —Danos un diagnostico detallado. —Es muy complejo. Quizá el más sofisticado caso de perturbación que he visto hasta ahora. Después escribiré el report y os lo pasaré. Ahora he de ordenar las notas que he tomado, porque creo que su dolencia es una especie de mezcla de las que él relata como de otras personas. —¿Qué recomiendas hacer con él? —Yo diría que lo más adecuado es, de momento, seguirle la corriente. Está convencido de que esto es un hotel en que pasa sus vacaciones. Más tarde ya veremos. El Doctor Farramuntana cerró su carpeta, dijo hasta luego a sus colegas y marchó en dirección a su despacho. Por el camino volvió a abrirla y releyó alguno de los pasajes que el interno le había relatado. Aquello era realmente bueno, merecía ser publicado. Definitivamente tenía que hacer todo lo posible por mantener ingresado a ese hombre, magnífica fuente de historias. Horas más tarde recogió algo de trabajo pendiente para llevarse a casa, se cambió de ropa y se dirigió al parking, en donde le esperaba su Seat 127, que a pesar de haber cumplido los cuarenta se mantenía en plena forma. Ajustó las gomas que sujetaban el capó para evitar que se abriese, no por la velocidad del vehículo, sino por el fuerte viento que soplaba ese día. Luego echó mano de las llaves, que estaban agrupadas en una argolla de la que pendía una bonita medalla antigua con una inscripción que rezaba: Manicomio de los Hermanos de San Juan de Dios.

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- Diseñador gráfico del Semanario MÁS.

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