Publicado: vie, Dic 21st, 2018

Los bichos raros [ VI ]

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El siguiente tenía un currículum impresionante, siempre y cuando no se entrase en los detalles. Había trabajado con varios arquitectos famosos. Frank Gehry para el Guggenheim en Bilbao, Calatrava en la ciudad de las artes y ciencias en Valencia, y Jean Nouvel en la torre Agbar de Barcelona. En las tres obras había prestado sus servicios como paleta. Una larga coleta, peinada originalmente hacia adelante, le daba el aspecto de artista que él pretendía transmitir cuando explicaba dichas obras, en las que no detallaba cuál había sido su contribución. Ahora se dedicaba a import/export, o traducido a la jerga popular, al tráfico de drogas. Las mercancías que distribuía no eran las normales en tal negocio, como tampoco lo eran sus clientes. —Gente que necesita drogas. Depres, patitos feos… —Nada de eso. Los nueve de los que ya te he hablado. A Quinoré le conseguía Helio en pequeñas bombonas, con un sofisticado sistema de alimentación activado por un mando a distancia que el espía llevaba en el bolsillo, y un tubo invisible conectado a la comisura del labio, tras pasar por detrás de la oreja disfrazado de auricular. El gadget permitía a Serafín simular la voz de falsete, sin tener que forzar las cuerdas vocales. Terbutalina sin receta, medicamento potente para la obstrucción crónica pulmonar, era la sustancia con la que trapicheaba con Narices. El panadero tenía la continua sensación de que le faltaba aire, a pesar de sus imponentes capacidades de admisión. Por ello se administraba el producto ventilador una docena de veces al día. Es muy probable que ello contribuyese más aún a su compulsiva manera de hacer las cosas. Greñas, como todo torero clásico, demandaba cocaína, pero el de la Coleta no tenía acceso a dicho narcótico. Además, como conocía los posibles antecedentes perversos de su comprador, tampoco se la hubiese suministrado. Aunque no por ello estaba dispuesto a perder la oportunidad de negocio. En su lugar le daba una mezcla de dos hipotensores, diurético y un inhibidor IECA, que al relajar los vasos y aumentar la frecuencia de las meadas, originaban una pérdida total de apetito sexual en el matador. Amén de una sensación de mareo por bajar su tensión a valores inhumanos. El consumidor acabó acostumbrándose a tales efectos, y apreciaba esa especie de colocón, combinado con la ausencia de impulso sexual, que le dejaba en un estado de paz absoluta. —Vaya tío ingenioso. ¿cómo llevaba a cabo esos bisneses? —Su centro de operaciones estaba en el exterior de un bar, en el que pasaba la mayoría de horas del día. Siempre con cerveza, un cigarrito, y el móvil en la mano para coordinar transacciones. Los clientes llegaban al fumadero, hablaban con él y se producía el intercambio de productos y dinero de manera bastante discreta. Al fin y al cabo, nada de lo que vendía era realmente ilegal. Para los tontos utilizaba el mismo producto. En teoría les suministraba modafinilo, una especie de viagra mental, capaz de mejorar el rendimiento intelectual a base de sobreexcitación. La realidad es que les pasaba una mezcla de azúcar glass y bicarbonato, que generaba en ellos un estupendo efecto placebo. A cada uno de los dos le decía que al otro le daba algo inútil, y con ello aumentaba el placer de ambos. Así también decía, aunque de forma indirecta, la verdad. Con el Despavorido la cosa era de cajón. Los polvos para preparar batidos, que contenían en principio un mix explosivo de Aminoacidos, L-carnitina, Proteína de Whey, BCAA, Creatina y Glutamina, eran el sueño del gritón, que al tomarlos esperaba triplicar su masa muscular. De esa forma podría defenderse de los innumerables agresores que habitaban en el pueblo, emulando a su ídolo Schwarzenegger. Tras consumir el delicioso preparado, pasaba horas mirándose al espejo, tratando de descubrir el crecimiento de los bíceps, e imaginando el momento en que se los mostraría a Némesis. Lo cierto es que el de la Coleta le vendía una mezcla de refrescos Tang de fresa, sandía y piña, reenvasada en sobres escritos a mano con la fórmula magistral teórica. Paquetes que él decía venían de la antigua Alemania del este. Clito era demasiado inteligente como para engañarla. Además, el de la Coleta la amaba en secreto. Esperaba con ansiedad el día en que ella levantase la barrera de límite de edad para sus clientes, y mientras tanto soñaba con disfrazarse de viejo para colarse en el grupo selecto de afortunados. A ella le suministraba el auténtico Gilenya, medicamento revolucionario capaz de inducir amnesia selectiva, que tenía que comprar en Andorra. No ganaba nada con la transacción, pero no le importaba. Quizá así, en algún momento, su musa olvidaría al borracho que compartía inmerecidamente su vida, y el de la Coleta podría ocupar su lugar. La retiraría inmediatamente de aquel degradante negocio. Él aportaría el dinero necesario para ambos con sus cambalaches y ella podría dedicarse únicamente a las artes y la filosofía, aparte de a quererle a él en exclusiva. A Ultranature, del que hablaremos a continuación, le conseguía, simplemente, las bolsas de basura de los doce restaurantes chinos de la comarca. Se las vendía por peso, independientemente del contenido.

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- Diseñador gráfico del Semanario MÁS.

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