Publicado: vie, Dic 14th, 2018

Cuentos de otoño de Farramuntana: Los bichos raros [V]

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No iban a ser todos hombres. Clito era la representante femenina de este raro colectivo. El apelativo venía, en primer lugar, del hecho de haber poseído en sus años jóvenes un Renault Clio tuneado. El coche corría tanto, que se había ganado el derecho a una ele adicional, para simbolizar esa capacidad de irse con facilidad. La segunda razón era que su auténtico nombre era Clotilde, y de Cloti a Clito, el baile de letras era fácil. En tercer lugar, la mujer, para decirlo de una manera simple y rápida, era puta, de manera que el diminutivo le iba que ni al pelo. —No me irás a decir que una prostituta es una persona extraña. —Una de andar por casa, no, pero esta ya verás que sí. La ramera lo era de lujo, pero con matices. Solo aceptaba clientes mayores de setenta y cinco años. Con ello se aseguraba varias cosas. La primera, no caer en la tentación de enamorarse de un usuario. La segunda, trabajar relativamente poco, dada la escasa virilidad de sus parroquianos. Y la tercera, tener una cartera de consumidores cautiva, puesto que era la única que ofrecía semejantes servicios en exclusiva. Habitualmente llevaba el pelo teñido de rojo brillante, y la raya en medio, pintada de color verde esmeralda. Dicha combinación, aparentemente estrambótica, resultaba altamente estética cuando se desnudaba, y ambos tonos armonizaban perfectamente con los de sus ojos, sujetador y tanga. Servía a domicilio, naturalmente, a una decena de ancianos, cuya media de edad era superior a los ochenta. La lista de precios variaba desde los cien euros básicos, por una simple compañía de media hora, después de haberse verificado la imposibilidad de erección, hasta los trescientos por una hora, con penetración exitosa y orgasmo simultáneo conseguido. —Lo de simultáneo debe ser broma, ¿no? —Más o menos, aunque ella conseguía hacerlo verosímil. De sus diez clientes, tres se quedaban en la opción de charla, obscena evidentemente, durante treinta minutos. Otros dos, finalizadores precoces, no llegaban a tocarla siquiera, pero al obtener placer físico, debían pagar la tarifa dos, que era de ciento cincuenta euros. Los siguientes en la escala de hombría eran otro par, que no lograban suficiente firmeza como para consumar un acto normal, pero al menos podían recibir un trabajo manual con final feliz. En este caso abonaban doscientos por sesión. Los tres restantes eran capaces de realizar el asunto hasta sus últimas consecuencias. Clito solía escuchar música en un ipod durante su trabajo, habitualmente operas de Händel. Cuando le tocaba trabajar con cualquier componente del trio privilegiado, procuraba poner arias en el momento en que percibía que el yayo estaba a punto. Entonces ella cantaba los fragmentos que se asemejaban más a los gemidos orgásmicos, y la comedia se completaba. —Parece que se trataba de una mujer culta. —Ni te imaginas. Tenía el título de Doctora en filosofía. Se carteaba regularmente con los más famosos colegas en Europa, especialmente con los alemanes, entre los que prefería a Gabriel, por su visión hiper realista de la vida. —Pero entonces… Todos se preguntaban por qué ejercía de fulana. Y la respuesta estaba en su pareja, el Macarrón borracho. Se habían conocido en un bar, cuando a él le había abandonado su protegida anterior. Tras escuchar su historia, en una época en la que ella era profundamente nihilista, a Clotilde le dio pena y se quedó a vivir con él. De ahí a quedar embarazada de semejante patoso, solo pasó un mes. Macarrón no sabía trabajar en nada más que no fuese el proxenetismo, y, ni corto ni perezoso, le propuso que se prostituyese para él. Le explicó su idea de un nuevo segmento de servicios exclusivos para viejos, lo que podría suponer buenos ingresos y poca exposición real. En esa situación él constaría como patrón y su honor quedaría a salvo. Porque si ella trabajase en cualquier otra actividad, le aplicaría tan solo la triste calificación de mantenido. A ella, extremadamente inteligente pero estúpida en estos temas, no le importó hacer el esfuerzo por amor. Vio además sus encuentros sexuales con los ancianos como una especie de obra de caridad. En consecuencia, no tenía problema alguno en servir a los diez asiduos que el Macarrón buscó para ella, especialmente porque con media hora diaria, solo los días laborables, se embolsaba unos cuatro mil euros libres de impuestos al mes. Los fines de semana los dedicaba a asistir a todas las representaciones en el Liceo, en donde tenía un abono. En cuanto a las numerosas horas ociosas durante los días de trabajo, le servían para proseguir sus estudios filosóficos. Como todas las cosas tienen sus efectos secundarios, al chulo le tocó pagar el precio de dicha comodidad. Pronto empezó a imaginar que la gente se reía de él, no solo como cabrón, sino además como de alguien a quien le ponían los cuernos los ancianos. Para soportar dicha situación, erraba de la mañana a la noche, de bar en bar, tomando de todo y en cantidad. Lógicamente, por las noches era absolutamente incapaz de proporcionar satisfacción a Clito, con lo que quedaba a un nivel inferior al de los clientes senior de la meretriz.

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- Diseñador gráfico del Semanario MÁS.

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