Publicado: mié, Dic 5th, 2018

Cuentos de otoño de Farramuntana: Los bichos raros [ IV ]

Comparte
Tags

El Despavorido, se llamaba en realidad Fausto y era licenciado en Ciencias Exactas por la Central de Barcelona. Estudió en la antigua Facultad en el corazón de la capital. Su vida se limitaba entonces a las matemáticas, las ensaimadas que comía en el famoso Forn Mistral, cercano a la Universidad, frankfurts — novedad en aquella época — y leche, como bebida exclusiva. Parece que en ese periodo se enamoró de una compañera de clase, llamada Némesis, a la que conoció cuando ambos estudiaban el segundo curso de la carrera, él por primera vez y ella ya en la tercera intentona. Hablo del curso, no de los amoríos. Luego las circunstancias, y la diferente velocidad progresando en la culminación de su aprendizaje, les separaron. Muchos pensaban que fue en ese tiempo cuando la mente de Fausto se había desequilibrado. La intensidad de los análisis teóricos que realizaba que le llevaban a un estado de abstracción absoluta, mezclada con el desengaño amoroso, podrían haber sido el cóctel que le trasformó en un inadaptado en una sociedad que él rechazaba. —Hasta aquí, un majara bastante estándar. —Pero mira que eres impaciente. Estos eran tan solo los prolegómenos. En el pueblo vivía en una casa perteneciente a su familia, los Bellculé Capdedovila. Su hermano, alto cargo en la Generalitat y único pariente vivo, le había cuasi abandonado allí aunque asegurando una supervisión frecuente de una pareja de Mossos d´Esquadra, que le echaban una ojeada dos veces por semana. El asunto más grave era que, cuando paseaba por las calles, profería de repente, y sin razón aparente unos gritos terribles que alertaban sobre un pretendido ataque de delincuentes imaginarios. Decía a voces “Socorro, que me quieren raptar” y cosas similares, de forma que se le escuchaba en centenas de metros a la redonda, y a los que le oían se les ponían los pelos de punta. Como puede imaginarse acudían siempre varias personas a socorrerle, que comprobaban rápidamente que no pasaba nada de lo que el loco anunciaba. Al tratar de calmarle provocaban nuevos alaridos, ahora aún más potentes, en los que el perturbado volvía a dar aviso del intento de agresión. Cuando llegaban otros nuevos salvadores, tomaban a los primeros por culpables y se montaba una pelea injustificada, aunque cruenta. Aprovechando la refriega, Fausto se marchaba y dejaba a los confusos samaritanos allí, para que luego buscasen con dificultad una explicación del absurdo suceso. Poco a poco todos fueron conociendo la tendencia del Despavorido, y ya nadie acudía al oír sus angustiados requerimientos. —Lo de Pedro y el lobo, en versión moderna. —Parecido, pero la duda en este caso es sobre la verdadera intención de Fausto. A partir de ese momento, se le veía siempre con un maletín, del que no se conocía el contenido, aunque circulaban numerosas opiniones al respecto. La gente volvió a acercarse al escandaloso vecino y le saludaban con cariño, aunque a distancia. Él respondía invariablemente a los “Bon día, com va tot?” con un repertorio que tenía su escalón más bajo en un simple “cabrón”, y pasando por “me cago en tos tus muertos”, alcanzaba el summum en “mascapollas y lameculos, eres más puta que tu madre”, que dedicaba a las señoras de mayor edad, poniéndolas al borde del derrame cerebral. El único colectivo con el que se llevaba bien eran los niños. Se supone que porque les veía incapaces de hacerle daño. Con ellos tenía una complicidad total y les explicaba el detalle de sus males. —Me persiguen por tener un hermano en el Gobierno. Quieren secuestrarme para pedir rescate, pero yo tengo una bomba en este maletín, que haré explotar si alguien se mete conmigo. Entonces, Buuuuummmmm los que me ataquen a tomar por saco. —Pero así te morirás tú también ¿no? — le preguntaban los críos. —Me da igual. Para lo que hay que ver. También intentan drogarme con la comida que me ofrecen, pero yo no soy tonto y no caigo. La acepto para despistar, pero luego la tiro en la primera papelera que encuentro. Como desconfiaba de todo y de todos, Despavorido solía robar las chuches a los niños que le escuchaban. Ese era el único alimento que consideraba fiable. —Vaya personaje. Manía persecutoria elevada al cubo. —O quizá se trataba de otra cosa, porque cuando le ofrecían mudarse a otro pueblo se negaba siempre. —¿Y eso por qué? —Decía que estaba esperando a Némesis.

Sobre el Autor

avatar

- Diseñador gráfico del Semanario MÁS.

Deja un comentario

XHTML: Puedes usar estos tags HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>

BANNER