Publicado: vie, Nov 23rd, 2018

Cuentos de otoño de Farramuntana: Los bichos raros [ II ]

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A Narices no se le podría haber puesto un mote diferente. Era pequeño, delgado, paliducho, y en mitad de la cara tenía un apéndice como el de un hotentote. Las aletas de este le llegaban hasta las orejas. Contemplado de lejos era el vivo retrato del famoso soneto de Quevedo. Cada vez que inspiraba, parecía como si se hinchase todo su cuerpo, tal era la cantidad de aire que metía en el pequeño organismo en el que habitaba. Entonces parecía crecer. Para luego desinflarse en la espiración, de la que todos huían, porque alguna vez habían visto volar hasta el peluquín de Luis, el barbero, como resultado de aquellos bufidos. —Bueno, esperpéntico tal vez, pero no hay para tanto. —Espera, espera, que esto es solo el comienzo. El propietario de aquella trompa gobernaba una panadería. Casi todo el tiempo se le veía vestido de típico tahonero, con ropa blanca y cubierto de harina, lo que, añadido a la palidez de su piel, le hacía parecer un fantasma. Los domingos iba a misa, vestido de escrupuloso negro, como si estuviese de luto perpetuo. En esas ocasiones, se podía apreciar una nebulosa de polvo blanco en sus hombros. No podía ser harina, por lo que no quedaba más remedio que identificarlo como caspa. La misma que seguramente ingería medio pueblo, integrada en las barras de pan. Narices oficiaba también la logística para aprovisionar al obrador con el polvo de trigo. Aparcaba la furgoneta frente al horno, para lo cual tenía que conducir un buen trecho en contra dirección. Más de una vez se había encontrado con el coche de algún vecino de frente, evitándose el accidente gracias a los reflejos de ambos conductores, pero resultando ineludible una fuerte discusión. —Vale, un poco guarro y pasota con las señales. Hay muchas personas así. —De acuerdo, pero lo de conducir contra dirección era solo un indicio de su rareza más extrema. En muchísimas cosas funcionaba de manera opuesta a los demás. Por ejemplo, cuando estaba contento solía llorar. Eso no era demasiado llamativo. Lo que sí sorprendía a todos era verle reír en medio de cualquier desgracia. Su mujer, una hembra de tronío, explicaba a las amigas más allegadas el extraño comportamiento del panadero en la alcoba. La muy inocente esperaba con ello discreción, pero lo cierto es que todo el mundo conocía el asunto. Al parecer, Narices solo se excitaba cuando su mujer estaba tapada con un grueso abrigo, sombrero y la cara cubierta por un pañuelo. Vestida de esa guisa, provocaba en él un deseo incontenible, para saciar el cual, la pobre esposa había dejado un orificio en la tela del gabán. Por el contrario, la desnudez de su cuerpo serrano tenía como resultado una impotencia insoslayable. Otras pinceladas de su extravagancia eran: hablar de vez en cuando al revés, iniciar la comida con los postres, hacer footing corriendo de espaldas y leer libros empezando por el final. —Me has convencido, el tío era un excéntrico de tomo y lomo. ¿A qué se debía en este caso? No me dirás que también trabajaba como espía. —Qué va. Circulaban dos explicaciones sobre ello. La del médico y la del sicólogo. Según el galeno, la singularidad de Narices venía del atípico tamaño de lo que le daba nombre. Con esas fosas enormes y un cuerpo casi raquítico, la cantidad de oxígeno en su organismo era más del doble de la necesaria. Vivía en una constante hiperventilación que le inducía, en primer lugar, un envejecimiento prematuro, y también, de manera continua, algo parecido al descontrol de los estados de pánico. Ambos efectos en combinación, generaban un comportamiento senil que incluía todas las citadas paranoias. El Doctor propuso instalar unos reductores de flujo en aquellas tremendas entradas de aire, para limitar la ventilación a lo normal. El otro experto, argentino como no podía ser de otra manera, simplificaba la cuestión con una lógica sencilla: el panadero hacía todas aquellas cosas para desviar la atención de lo que verdaderamente le traumatizaba. Es decir, cometía locuras para que, fijándose en ellas, la gente no les diese importancia a sus anormales narices. Preconizaba una simple operación de estética para curarle de todos los males. —¿Cuál de las dos aplicó el rarito? —Ninguna. Cuando le explicaron ambas opciones, dio la misma respuesta: “yo no necesito cambiar nada. Que se operen los demás, que son los que hacen todo al revés”.

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- Diseñador gráfico del Semanario MÁS.

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