Publicado: vie, Nov 16th, 2018

Cuentos de otoño de Farramuntana: Los bichos raros [ I ]

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—Tuve que irme de aquel pueblo porque había demasiada gente extraña en él. Como no podía tratarse de una coincidencia, acabé pensando que eso formaba parte de algún plan cuyo fin se me escapaba. —En todas partes cuecen habas, hombre. No serían tantos ni tan raros. —¿Qué no? Que recuerde ahora mismo —enumeró mientras desplegaba de uno en uno los dedos en sus dos manos — el espía Quinoré, Narices, el Torero Greñas, Tonto útil uno y dos, el Despavorido, Clito y su Macarrón borracho, Ultranature, El de la Coleta…ya van diez y no son todos, y eso en un pueblo de solo mil habitantes. —Es cierto que son muchos. Háblame de sus rarezas. El exiliado empezó entonces a describir los rasgos y las peculiaridades de cada uno de los personajes que había citado. Quinoré, el primero de la lista, era un verdadero maestro del disfraz. Había llegado al pueblo hacía cinco años, y todos se habían fijado inmediatamente en sus muy característicos rasgos. La cabeza rala, poblada solamente con unos ridículos y escasos pelos largos en forma de mechón único en la frente. Gafas de culo de vaso, tras de las cuales apenas se distinguían sus ojos. Andares de escocido, voz de pito, y la compañía perpetua de un gato de raza indescifrable, atado con correa como si fuese perro. Para rematar, una mariconera de polipiel de color vulva de hormiga, ajada, típica de los años setenta, ligada a su muñeca. Según sus propias explicaciones, había trabajado de joven como actor de películas cochinas. Ganaba mucho dinero con ello y lo gastaba con alegría, en otros vicios, naturalmente. Pero a una edad temprana, se le desarrolló una miopía progresiva galopante. Llegó un momento en que veía tan mal, que no acertaba a meterla. La frustración le produjo una impotencia sicológica y se acabó el negocio. Ahora se conformaba con una pensión no contributiva, de la que gastaba una mitad en la alimentación de su minino, al que llamaba Lucifer, y la otra en la suya propia y dispendios varios. El detalle del oficio previo provocaba la risa cómplice de los hombres del pueblo y escandalizaba a las señoras, la mayoría de las cuales, al menos en su círculo de relaciones, eran octogenarias. —Ya sé que con esta voz no doy el tipo macho, pero me doblaban — contestaba a los que le preguntaban al respecto —. El pito doble ya lo tenía yo, y no en el dominó precisamente, jajajaja. En lo que importa sí funcionaba de maravilla. Hasta que perdí la vista, eso sí. Su pretendido auténtico nombre era Serafín, y provenía de Cádiz, pero todos le llamaban Quinoré. La simplificación cachonda de la frase que se usa en Cataluña para preguntar la hora, tenía su origen en el enorme reloj que colgaba de la pared en su comedor. Similar a los que hay en las fachadas de las farmacias. Si uno pasaba por la calle del Enigma, al llegar al número setenta y uno, una ventana con cortinas semiabiertas dejaba ver unos dígitos luminosos y muy brillantes que destacaban en la oscuridad del cuarto. Y así era como Serafín daba servicio de hora gratis a todos los paseantes. La gente se preguntaba cómo hacía para pasar con doscientos euros al mes. Es cierto que nunca encendía la luz, también que jamás se le veía en bares, y el caso es que tampoco nadie se había encontrado con él en una tienda. La versión más aceptada era que no consumía electricidad (excepto para el reloj), ni agua, ni gas, y que la casa era de algún familiar. Se daba por hecho que comía solo bocadillos, aunque no se conocía la procedencia, que los consumía en el bosque, y que se lavaba en el río. Evidentemente, las necesidades las hacía en medio de la naturaleza. Hasta ahí el disfraz. —Un día, ya de noche, yo estaba tumbado mirando las estrellas desde un terraplén en el borde del parque Feo, cuando oí que alguien se acercaba y se sentaba en un banco vecino de mi posición — explicó el que había escapado del pueblo —. Al cabo de unos segundos, esa persona habló con una voz ronca y profunda y dijo “caselzrisan colin tu London, dis is uattaimisit” —Eyyyy, yo no sé mucho inglés, pero eso de uattaimisit me suena a Quinoré. —Exactamente. Yo aún no lo había pillado, porque me quedé muy quieto para no delatar mi presencia, y desde donde estaba no podía ver la cara del que hablaba. Lo que si pude apreciar, fue a su gato, que a base de estirar de la correa elástica, llegó hasta mi nariz y me la bañó con una corta pero pestilente meada. Lucifer marcando territorio. —¿Pues no decías que el hombre tenía voz de pito? —Todo cuento, como descubrí a continuación. Intrigado por la incongruencia de las voces, acudió nuevamente al terraplén la noche siguiente, acompañado esta vez de un sobrino que entendía bien la lengua británica. El antiguo actor porno no apareció, pero ellos no desfallecieron. Repitieron la jugada durante veintisiete días, hasta que un viernes, cuatro semanas más tarde, Quinoré volvió al banco. De una sesión de diez minutos de teléfono, dedujeron que el andaluz era en realidad inglés, que su auténtica voz no era aflautada, que utilizaba un nombre en clave “uattaimisit” que demostraba que conocía su apodo local; y, en consecuencia, que se trataba de algún tipo de espía. Probablemente del MI6. Continuaron con sus labores de contraespionaje, y llegaron a la conclusión de que estaba en aquel pueblecito, porque el servicio de inteligencia lo había elegido como piloto representativo de los movimientos independentistas locales. A ellos le servía como simulador de movimientos de facciones similares en Irlanda. Por lo demás, Serafín no era tan deforme como aparentaba. En una ocasión vieron a través de los cristales de su ventana, (sirviéndose de unos gemelos infrarrojos), cómo al desvestirse se desprendía de unas prótesis deformantes. El cuerpo del agente era musculoso y sin gota de grasa. Resultaba fácil deducir que su agilidad era muy superior a la media, y que debía ser experto en artes marciales. Imaginaron también que la casa, que permanecía siempre a oscuras, debía estar repleta de chingaderas ultra-tecnológicas. Según opinión del sobrino poliglota, las gafas de gruesos cristales eran en realidad contenedoras de una disolución de cianuro, que Quinoré tomaría en caso de ser atrapado in fraganti. Ni que decir tiene que asumieron que su cara pública era una máscara, que ocultaba unas facciones mucho más atractivas. —Sorprendente. Pero los demás bichos raros no pueden tener una historia parecida. Esto es excepcional, un espía de su majestad la Reina, en una comarca recóndita del país. —Parecida no. En algunos casos más chocante todavía.

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- Diseñador gráfico del Semanario MÁS.

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