Publicado: vie, Nov 2nd, 2018

Cuentos de otoño de Farramuntana: Tapa [ yII ]

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Influenciado por la lectura reciente, me decidí a intentar ahondar, aunque solo fuese ligeramente, en las relaciones con los pobladores de la isla. En la pequeña playa que había detrás de los pilotis, conocí a un artesano que ejecutaba artísticos tatuajes a los turistas que se atrevían con la experiencia. Estuve tentado por esa opción durante un tiempo y me dediqué a estudiar los motivos que ofertaba Manu, al que yo llamaba de broma Manuel. —Mi nombre significa “hombre de los pájaros”. ¿Qué quiere decir Manuel? —“Dios está con nosotros”. No es lo mismo, pero no me negarás que las palabras se parecen. Háblame de tus tatuajes. ¿Qué simbolizan? —Depende de cuál lleves en la piel. Algunos son descriptivos. Explican quién es tu familia o a que clase social o religión perteneces. Son como llevar grabado el pasaporte. Otros sirven de protección, que así llevas contigo permanentemente. En cada caso hay opciones distintas que puedes elegir según prefieras por su belleza o tamaño. Con el paso de los días Manu comprendió que no me iba a tatuar, y se conformaba con mis invitaciones a cerveza, a cambio de charla. —Hace miles de años, había cinco lunas en el cielo sobre las aguas. Cada una de ellas parecía la cara de una mujer, y aquellos que las miraban enloquecían de amor. El Dios Ta’aroa, supremo creador, las hizo caer al mar y así se formaron estas islas, que aún hoy siguen ejerciendo su influjo sobre todos los que las visitan. De manera que, prepárate, en cuanto te vayas ya estarás deseando volver, y yo te estaré esperando aquí a ver si al final puedo dibujar una bonita tortuga en tu tobillo. —No es ese el símbolo que más me atrae. Y créeme que, si no me acabo de decidir, no es por aprensión o miedo al dolorcillo que ocasiona tu trabajo. Es que prefiero mantener mi piel tal y como es, sin modificar nada, dejando que sea otro artista: el tiempo, el que la haga evolucionar. —De acuerdo. Pero tenemos una última posibilidad para que los dos quedemos satisfechos. Me explicó entonces que podía tatuar mi mano de manera virtual. Sacó de su mochila una pieza rectangular de algo que parecía un papel grueso, y me explicó que era corteza de árbol. Con ese material elaboraban los dibujos tradicionales que denominaban “tapa”. Luego me pidió que pusiera la mano extendida sobre ella y dibujó el contorno de la misma, siguiéndolo con delicadeza. Algo parecido a lo que hacían los hombres primitivos y hacen aún los niños. —Ahora tengo tu mano y puedo dibujar en ella sin que tu piel sufra. Mañana tendrás el resultado. Al día siguiente Manu no apareció y me preocupé. Era como si una parte de mí, aunque solo fuese un reflejo, estuviese en manos ajenas y ello hacía que me sintiese indefenso, desprotegido. Decididamente algo en el aire me estaba contagiando con los instintos más primarios. Llegaba incluso a mirar mi mano izquierda regularmente con temor a descubrir, de repente, un grabado en ella. La última mañana de mi estancia vi por fin al artista llegar a la playa con su habitual aire tranquilo. —Me he entretenido más de lo normal, pero es que he necesitado asistencia de Kaula, la profeta. Ella ha sido la que ha adivinado todo tu futuro y me ha ido indicando como dibujarlo en tu mano. En esta pieza — dijo mientras me entregaba el tapa — está escrito lo que ya has vivido y lo que vivirás. Si sabes interpretarlo, te servirá de mucha ayuda. No permitió que le pagase por su trabajo. Me dijo que las cervezas bebidas juntos eran compensación suficiente, y que ya nos volveríamos a ver. Él no se movería de la isla y estaba convencido de que yo la visitaría de nuevo tarde o temprano. Para entonces podríamos comprobar si los tatuajes de mi mano de papel habían sido exactos. Ni siquiera miré el dibujo. Tocaba retornar a la vida normal. El largo viaje de vuelta iba a ser mucho más penoso que el de ida, al añadirse a la fatiga una mezcla de tristeza y melancolía recién adquiridas. En el aeropuerto nos obsequiaron con otro collar, esta vez hecho de pequeñas conchas. Cada una de aquellas cajitas llevaba dentro el perfume dulce y especiado del océano. Así, con cada inhalación mientras se llevaba puesto, la mente se llenaba de recuerdos de lo vivido. Una especie de sortilegio al estilo del agua de la fuente de Canaletas: quien la prueba no puede evitar volver allí. Ya en casa, abrí el pequeño paquete y contemplé la mano. Paso largos momentos probando a interpretar las hermosas líneas que la adornan. Y todavía hoy sigo planeando el regreso.

Sobre el Autor

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- Diseñador gráfico del Semanario MÁS.

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