Publicado: vie, Oct 19th, 2018

Cuentos de otoño de Farramuntana: Lapis Navis [ yIV ]

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Al hombre perverso se le conoce en un solo día (Sófocles)

—San Martín llega para todos los cerdos — dijo Gonzalo a su lugarteniente, mientras ambos contemplaban el castillo de la Roca vacío. —Es el único lugar de la región en el que se manifestó la peste. Seguramente su aislamiento voluntario fue la causa, y, sin quererlo, nos salvó a los demás. —Justicia divina. Suele tardar, pero no falla. Lo que ambos no sospechaban era que aún quedaba un superviviente entre los muros del castillo. Iñigo les miraba desde una de las aspilleras. Impotente, se contentaba con desearles mentalmente todas las desgracias del mundo, mientras recordaba con placer aquel día en el que había gozado de Constanza. Los hombres de Gonzalo se instalaron en el barco abandonado. Iñigo se refugió entonces en el pozo llamado “de los moros”, al sur del castillo y comunicado con este por un túnel subterráneo. De esta manera podía aprovisionarse subrepticiamente del agua y las provisiones almacenadas dentro de los muros, accediendo a la fortificación durante la noche. Al salir la luz se ocultaba en las ruinas lejanas, donde se dedicaba a soñar con recuperar su antiguo poder. Desde niño había oído contar leyendas sobre el tesoro escondido en el pozo. La mayoría de versiones hablaban de un cordero de oro, pero el fugitivo aspiraba a encontrar algo mucho más valioso. El Santo Grial o la Lignum Crucis serían las llaves para poner de rodillas al mismo Rey. ¿Por qué no iban a estar escondidos allí? El lugar podría haber alojado a los mismos árabes que robaron las reliquias en Tierra Santa. A medida que aumentaba el número de personas que poblaban la zona, tuvo que pasar más horas en los subterráneos de la antigua edificación. Un día, descubrió en la cavidad recóndita a una bella mujer desnuda, sentada en una piedra. Se sobresaltó, pero la curiosidad pudo más que el miedo y se atrevió a preguntar: —¿Quién eres y qué haces aquí? —Me llamo Muia y vivo en esta cueva. Te descubrí el mismo día en que llegaste. Estaba esperándote. —¿Para qué? —Te deseo. Toma mi cuerpo y te daré un heredero que recuperará todo lo que antes poseías. Iñigo no necesitó una nueva invitación. Se abalanzó sobre la mujer y la penetró sin miramientos. La larga abstinencia carnal a la que había estado sometido hizo que el encuentro durase apenas unos segundos. En el mismo momento en que experimentaba un placer que ya creía olvidado, el cuerpo de aquella hembra se transformó en un enjambre de millones de moscas. El terror congeló la sangre dentro de su corazón, e Iñigo sintió como las entrañas se le partían en pedazos. Pero no murió. La agonía se prolongó durante una semana. Las moscas pusieron huevos en todos los rincones de su cuerpo, de los que nacieron las larvas que le devoraron lentamente. Se completó la maldición del obispo y la estirpe de los Turriaurelia se extinguió. Un ruido de voces me despierta. Son unos excursionistas que han llegado al lugar en el que estoy tumbado. Reconozco la voz de Tomás Ruiz. Deben venir desde Aranjuez. Me he quedado dormido en este suelo propicio y he pasado… (miro el reloj) quince minutos soñando con los acontecimientos que ocurrieron aquí hace siete siglos. Recuerdo todos los detalles del sueño. Varios años en la vida de los Turriaurelia. Decididamente el tiempo no transcurre igual en el mundo onírico. La inconsciencia expande los segundos, contrae las distancias y nos convierte en seres todopoderosos. Esta debe ser la verdadera interpretación de la Relatividad. La evocación de los señores de Oreja, me hace pensar en la maldad gratuita y constante. Algo difícil de admitir, pero que sin duda existe. Percibo una desazón intensa, algo así como la presencia física del mal, y dejo de pensar en ello. Vuelvo hacia casa. El cielo se encapota y repentinamente empieza a llover. No importa, esta agua limpiará el aire de los efluvios de muerte que aparecían en mi sueño. Súbitamente, el líquido se transforma en dolorosas piedras. Está granizando. Acelero el paso y adapto la mente al modo espartano. Pasará. El granizo, la humedad, el frío…todo se acabará tarde o temprano, solo necesito esperar mientras ando. Un coche me adelanta por la derecha y se para en medio de la pista. La ventanilla baja y la señora que lo conduce me dice con una sonrisa: “¿Le llevo?”. Subo sin dudarlo y agradezco la invitación. Vuelvo a creer en la humanidad. Ella me cuenta después que se llama Constanza.

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- Diseñador gráfico del Semanario MÁS.

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