Publicado: jue, Oct 11th, 2018

Cuentos de Otoño de Farramuntana: Lapis Navis [ III ]

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Al hombre perverso se le conoce en un solo día (Sófocles) —¡Malditos sean! — bramaba Gonzalo, mientras golpeaba con el puño el muro de piedra —. ¿No fuisteis capaces de ver nada? Algo con lo que podamos identificarles. La hija lloraba desconsoladamente mientras negaba con la cabeza. —Mi agresor era un hombre grueso y torpe —explicó Constanza serenamente —. Le costaba respirar y el aliento era agrio y maloliente. El marido estaba limpiando la sangre de sus nudillos, cuando, al oír dicha frase, levantó bruscamente la cabeza y dijo: —Iñigo. La pestilencia de sus entrañas tiene fama entre los señores de la región. Las fauces le huelen como un pozo negro. Pero no podría haber llegado hasta vuestra habitación sin la ayuda de alguien desde dentro. —Si no fuese por lo que ha pasado, jamás te diría esto, pero hay solo una persona que nos odie tanto como para hacerlo: tu hijo Guzmán. Gonzalo abrió la boca para iniciar una respuesta, pero las palabras quedaron frenadas por pensamientos tan sombríos como obvios. La mujer tenía razón. Aquel era el único varón que podía perpetuar su estirpe, pero ello no le daba derecho a atentar contra lo que su padre más amaba. Había llegado el momento del escarmiento. Las huestes de Monreal se plantaron frente al castillo de la Roca. Munio, Iñigo y sus dos hijos les miraban desde las almenas del norte. —¡Munio! — gritó Gonzalo, que lideraba el ejército —. Entrégame a tu hijo y a tus nietos y volveré a mis tierras. No es necesario que se derrame más sangre. —¿Qué ocurre? ¿Qué habéis hecho? ¿Por qué me piden que os entregue? — preguntó el señor de Turriaurelia a sus acompañantes —. ¿Y qué sangre es esa que ya se ha derramado? —No le hagas caso, cualquier cosa que diga es mentira — respondió Iñigoo —. Todo esto es una excusa para adueñarse de nuestro castillo. —¡Munio! — insistió el de Centelles — Tienes una hora para darme a los criminales que robaron la honra a mi mujer y a mi hija. A continuación, clavó con fuerza su pica, que llevaba un bulto clavado en la punta. Los sitiados dirigieron la vista hacia ese punto y distinguieron en él la cabeza decapitada de Guzmán. —Vamos a pagar todos por vuestros pecados — se lamentó Munio —, pero un señor no entrega a sus familiares, aunque hayan cometido el peor de los delitos. Preparad la defensa del castillo. Cuando todo acabe, si es que sobrevivimos, ya ajustaremos cuentas. El asedio duró tan solo un par de días. Gonzalo, espoleado por el odio, perdió la paciencia y ordenó un ataque masivo por el único punto de acceso. Sus tropas fueron derrotadas y tuvo que replegarse, renegando y pensando en la próxima oportunidad. Una década más tarde los malhechores seguían libres y sin castigo. Munio, ya anciano, continuaba al frente de Turriaurelia y su hijo se amargaba esperando la muerte del padre. De reojo, Iñigo se daba cuenta de que sus vástagos le miraban a él de una forma que delataba pensamientos similares. Un día de invierno Munio se despertó con fuerte fiebre, acompañada de delirios en los que hablaba de los crímenes cometidos por sus parientes. Iñigo hizo que le aislasen y puso a sus dos hijos a vigilar al enfermo. —Padre, el abuelo va de mal en peor — explicó Guillén —. Hoy se ha pasado la mañana entre escalofríos, dando gritos sin sentido. —Al fin va a morir el viejo cabrón, se acabó la espera. —No lo sé, es muy fuerte. Otros seguramente ya estarían en el infierno. También le han salido unas manchas oscuras en el cuello. —¡Es la muerte negra! — exclamó Iñigo —. No vuelvas a entrar en su habitación. Tenemos que matarle rápido y quemar el cadáver, o acabaremos todos igual que él. En las dos semanas siguientes los sucesos se precipitaron. El antiguo señor fue asesinado e incinerado e Iñigo culpó del contagio a un judío, llegado de Mallorca, del que dijo que había envenenado la cisterna. El pobre Joseph no tenía nada que ver con los hechos que se le atribuían, pero fue ejecutado sin juicio y sus bienes pasaron a las arcas del castillo. Poco después la enfermedad se expandió por la fortaleza. Guillén y Beltrán, que habían estado expuestos a la tos de su abuelo durante los días en que le vigilaban, fueron de los primeros en descubrir el carbunco en ingles y axilas. Murieron en corto plazo. Iñigo se sentía ahora seguro de que nadie le disputaría el título. Pero se estaba quedando sin vasallos. Los soldados ya no quemaban los despojos de los apestados, y solo se limitaban a lanzarlos fuera de los muros. Los días de fuerte viento, llegaba a la roca una pestilencia densa de muerte desde los prados que rodeaban a la nave.

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- Diseñador gráfico del Semanario MÁS.

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